«50/50»: contra todas las probabilidades

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Me gustaron siempre las grandes historias de Hollywood en las que la gente es mucho más valiente que yo y más inteligente que yo. Tiene un encanto de fantasía eso de que a lo mejor uno llegue a eso. Pero también es un escape porque pensar que todo eso está lejos de tu alcance hace que se te borren los pequeños detalles de la vida cotidiana.

Esta película es el reflejo de lo que podría pasarle a cualquiera, de lo que cualquiera podría ver a su alrededor como un combo de reacciones de risa y llanto sin saber qué hacer o para dónde correr. ¿Qué les pasaría a ustedes si un día se levantan con un cáncer del que la mitad no sale? ¿Cómo se lo dicen a su madre? ¿Cómo se vive con un enfermo? Todo esto pasa por la vida de Adam (Joseph Gordon Levitt) cuando tiene la noticia.

Con licencia por enfermedad no va al trabajo pero tiene que enfrentar la quimio, la posibilidad de la muerte, le tocan médicos fríos y una terapeuta sin experiencia (una adorable Anna Kendrick). La sucesión de cosas tienen un sabor a real también: de repente todos leen cosas para poder sacarlo del pozo, traen perros, se convierten en expertos. Mientras Adam los rechaza porque lo interpreta como lástima, es una forma de amor, es un intento desesperado por ayudar.

Pero vamos viendo otros guiños interesantes como los que aporta Kyle (Seth Rogen) cuando se aprovecha del cáncer de su amigo para levantarse chicas o que aparece el personaje de la terapeuta y los parientes empiezan a justificar lo que creen que Adam ha dicho de ellos.

La película tiene una utilización particular de la música que la hacen un partícipe más. Por más que se usen pocas, tiene un efecto casi videoclip por momentos y una cámara que se mueve lentamente entre los personajes. La secuencia en la que sale de la primera sesión de quimio te arranca carcajadas y lágrimas al mismo tiempo.

Qué decir de Joseph Gordon Levitt. Es brillante lo que ha hecho con este papel. Es tu vecino, el tipo más normal del mundo, con poquísimos gestos y una construcción consistente. Sólo Anna Kendrik le podría hacer más frente en pantalla.

Jonathan Levine es un nuevo director para tener en cuenta en el mundo indie del cine. Ha logrado una atmósfera cercana, un film construido como si estuviéramos espiando la vida de alguien más. No hay elecciones grandilocuentes, sino de seres humanos. Desde que la casa en la que vive el personaje no es despampanante hasta que no hay soluciones mágicas. El resultado es un film tierno, cercano y para no perderse.

 

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