«ARAÑA»: Cuando el pasado es presente

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El cine del director chileno Andrés Wood ha estado siempre atravesado por un pensamiento político activamente militante y eso es justamente lo que hace que su filmografía sea una de las más interesantes del panorama latinoamericano actual, siendo además uno de los directores que ya ha trazado una cierta trayectoria. En su caso, “ARAÑA” es su séptima realización contando ya con títulos que son un referente dentro del género como “Machuca” o “Violeta se fue a los cielos” y en su retrato social,  las historias corales que componen “La Buena Vida”.

Preocupado por poner siempre su mirada en la historia reciente de su país (que oficia, por supuesto, de espejo para muchos otros de los países de América Latina que han sufrido procesos políticos similares) nuevamente en “ARAÑA” vuelve a tomar un tema de actualidad como es el resurgimiento de movimientos de extrema derecha que se pueden ver tanto en los rebrotes neonazis, en el nacionalismo xenófobo, el racismo permanente y los puestos de poder ocupados por gobernantes que apoyan, directa o indirectamente, estas tendencias.

Todo comienza con el robo de una cartera a una mujer por la calle. Alguien que ve el robo desde un auto está decidido a perseguir al ladrón hasta las últimas consecuencias en un acto que, en un primer momento, pareciera estar enmarcado en la clásica “justicia por mano propia”: y lo hace en el sentido más literal de la palabra. Con esta impactante escena inicial, Wood nos presenta a un personaje extremo, con un particular sentido de los límites, de la moral y de la justicia.

Cuando el hecho aparece contado en los noticieros televisivos, la figura de Gerardo, a quien incluso en su momento se había dado por muerto, comienza a teñir como una mancha, la vida actual de sus amigos de aquella época de militancia, quienes comenzarán a sentirse indefensos e incómodos ante esa presencia fantasmática del pasado que se hace indiscutiblemente presente.

Wood trabaja sobre esa idea de un pasado completamente idealizado, sobre esa idea romántica que envuelve a los recuerdos, haciéndoles perder el verdadero valor y el real significado de lo sucedido. Una nostalgia que envuelve a los personajes, consciente o inconscientemente, altera de algún modo las implicancias que tiene en el aquí y ahora, las decisiones que se tomaron a través de estos movimientos políticos en un pasado, que repercute y está tangencialmente vigente en nuestros días

El guion de Guillermo Calderón elige una narración que plantea un permanente ejercicio de ida y vuelta en el tiempo para mostrar a este Gerardo en la actualidad y a partir de este disparador, comenzar a develar su historia de militancia en plena década del ´70 junto con otros dos compañeros, Inés y Justo –hoy marido y mujer, formando parte de la sociedad chilena más acomodada-, con quienes además se traza un típico triángulo amoroso.

A través de estos tres protagonistas, “ARAÑA” aborda la historia de un grupo paramilitar chileno, con tendencia nacionalista –fascista-, inspirado en el que fue “Patria y Libertad” donde los hijos de la alta burguesía, durante el gobierno de la Unión Popular, operaron hasta la toma de La Moneda  por Augusto Pinochet, derrocando al gobierno de Salvador Allende. Una dictadura que quedó instaurada y a partir de la cual se escribió, como en tantos otros países latinoamericanos, una historia de desaparecidos, torturas, genocidio, abusos y hasta las violaciones más aberrantes a los derechos humanos.

Mientras que en algunas ocasiones, el juego temporal permite reforzar la idea central del filme, aquí por el contrario diluye totalmente la fuerza de la historia. Dividida entre pasado y presente, la narración no logra hacer pie en ninguno de los dos momentos.

En el pasado, la historia de militancia se presenta como una explicación de la fractura y ese pequeño desequilibrio que sufre el mundo interno de Inés pero no logra trabajar adecuadamente el triángulo amoroso que plantea como una especie de borrador que no logra desarrollar.

Por otra parte, sobre todo en el personaje de Justo, y por ende en su vínculo con el de Inés, se percibe una cierta distancia, una frialdad en el tratamiento de los personajes que no permite terminar de tomar contacto con sus historias, como si Wood de una forma u otra, preservara al espectador de una trama más compleja y más oscura de la que decide mostrar.

El aire de thriller con el que finalmente se vinculan las dos “mitades” de la película no encuentra el tono de tensión más adecuado, recurriendo a permanentes flashbacks que interrumpen el crecimiento dramático.

Así como Dennis Gansel en “La ola” planteaba una sociedad alemana no muy distinta de aquella que cobijó el surgimiento del nazismo, Andrés Wood en “ARAÑA” deja expresamente planteado que aquel 1972 no está tan lejos y ni tan ajeno a este presente, en donde se encuentran aquellos militantes se encuentran ocultos y entre nosotros, sin haber cambiado sus ideas radicales.

Este mensaje, potente y necesario, es lo que valida este último trabajo de Wood que aun quedándose a mitad de camino en alguna de sus propuesta, tanto en su estilo como en la puesta en escena y sobre todo en las actuaciones, tiene sus puntos más fuertes.

Marcelo Alonso construye un Gerardo intenso y lo rodea de todo ese enigma que se irá develando a través de la historia. Como Inés, Maria Valverde en su juventud y Mercedes Morán en la actualidad (siempre es un placer verla a Morán en pantalla aunque particularmente en este caso la tonada chilena la hace sonar, en ciertas escenas, un poco artificial) aportan el personaje más interesante del trío y  Felipe  Armas es Justo, un personaje al que el guion no le brinda demasiadas posibilidades de desarrollo.

ARAÑA”, aun con sus irregularidades, es un interesante trabajo sobre la memoria, el olvido, la justicia y la realidad social que nos envuelve y sobre la que siempre es necesario estar alerta.

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