Dorian Gray o cuando los clásicos no son recreados con jerarquía…

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Me moría de ganas de ver esta nueva versión del clásico de Oscar Wilde. En general, Oliver Parker siempre se ha portado eficiente a la hora de recrear el espíritu de los clásicos, así como también es cierto que las anteriores versiones de la novela (la única que Wilde escribió, el resto fueron obras de teatro) fueron muy interesantes. De por sí, es un gran libro. Encima, uno de mis actores británicos favoritos protagonizaba (Colin Firth), me preparé para ver una gran película.
Pero… los pronósticos a veces no aciertan. Y creo que jamás me aburrí tanto viendo una película que estuviera basada en un trabajo del gran dramaturgo inglés. Me cuesta entender cómo encararon la adaptación, el enfoque que le dieron, la pobreza del guión utilizado,… Es fuerte ver un gran clásico convertido en algo tan mediocre. Quizás el error haya sido pensar este «Dorian Gray» como una pseudo película erótica, o un drama existencial victoriano… No se. No me queda muy claro. De lo que sí puedo dar cuenta es de que este es un film malo.

No digo pobre ya, sino fallido. Son esos productos que uno debe ver en la sala de edición y decir: «ni para DVD» (bue, ahora «ni para Blu-Ray!). Pero vamos por parte…
Una cosa que recuerdo de la novela original, es que era un relato sobrenatural fuerte, de crítica a la moral de su época pero con un clima ténebre mayúsculo. Nada de eso veremos aquí.
Dorian (Ben Barnes, el Príncipe Caspian – Narnia- en un trabajo adulto) es un joven que llega a Londres a disfrutar de los beneficios de su herencia. Tiene una residencia coqueta, dinero… Pero es un joven de buen corazón, o al menos eso creemos. A poco de llegar se relaciona con dos sujetos que definirán el rumbo de su vida: el pintor Basil (Ben Chaplin) y el excéntrico y cínico Lord Henry Wotton (Colin Firth). Y esa inocencia se irá por la borda… Este trío de amigos vivirá la noche londinense de fines del siglo XIX de la manera más promiscua que se pueda imaginar. Dorian se enamorará de una mujer, pero la fuerte influencia de Lord Henry lo llevará a denigrar su sentimiento y sumergirse en las pasiones más marginales que en esa época se puedan jugar. Basil pintará un retrato suyo y el mismo comenzará a adquirir vida propia para complementar y equilibrar los excesos que la vida de Dorian, de manera que, como ya sabemos, el lienzo cargará con los años que no se acumularán en el cuerpo de su dueño.
Hay mucho diálogo… Más del necesario. Muchísimas escenas eróticas innecesarias y un desconcierto generalizado en el cast que se percibe desde la butaca: se desconoce el sentido que intenta cobrar la adaptación del guión. Dentro de ese camino sin retorno, lo único que se rescata son algunas líneas que trae el personaje de Colin Firth, adiestrando la pobre personalidad de Dorian hacia un camino de sibarita amoral odiado por su belleza y su crueldad. El resto, mejor olvidarlo.
No hay una reconstrucción de época que se destaque especialmente. Es un film con una fotografía muy oscura y no se luce el trabajo de vestuario. La banda de sonido es pobre y las actuaciones (especialmente la de Ben Barnes) son malas, producto de la extrema carencia de ideas del guión. Para colmo, la película dura más de hora y cuarenta y cinco minutos, con lo cual hasta el fanático más extremo de Oscar Wilde abandonaría sin remedio.
Otro producto flojo que se muestra en nuestra cartelera porteña. Preocupante. Esperemos que los distribuidores vayan levantando la puntería a la hora de elegir que traer, «Dorian Gray» es del 2009 y no ameritaba condiciones para su estreno masivo.
Tomar nota, por favor.

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