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"Al desierto": el enigma de los caminantes

A Ulises Rosell lo atraen las historias crípticas. En sus anteriores películas ha demostrado una capacidad enorme para atrapar al espectador desde la intimidad de las acciones de los personajes, algo que reitera, con el plus de una tensión in crescendo en “Al Desierto” (2017), que recientemente estuvo en el Festival Internacional de Cine de Mar Del Plata.

Proyecto personalísimo, y en familia, esta propuesta llega en un momento clave, para sumar al debate sobre problemáticas que refuerzan la mirada pública en cuestiones relacionadas a la violencia de género y las posibles vinculaciones entre esta y la misoginia exacerbada.

Una mujer (Valentina Bassi) ve cómo de un momento a otro, su malestar por el sueldo recibido en un casino, se transforma en un derrotero sin salida al aceptar la propuesta laboral de un extraño (Jorge Sesán). Cuando Julia (Bassi) detecta algo extraño en el llegar al lugar en el que supuestamente tendría una entrevista, la historia comienza a desandar los pasos de ambos en el medio del desierto patagónico que les impide resolver el quid de la cuestión sobre su vinculación y el futuro de esa retorcida relación que entablarán.

El sol como guía de las rutinas, de los pasos, uno tras otro para avanzar hacia la nada misma, configuran el escenario ideal para que Rosell arme una road movie policial, con destellos del “Átame” de Pedro Almódovar, pero al aire libre. Bassi y Sesán se complementan a la perfección. Uno con su histrionismo a la minima expresión (que le valió alzarse con el premio de SAGAI en Mar Del Plata) y otra con su minuciosa descripción física de una mujer que comienza a perder el control de la situación y se vuelve algo que ni siquiera ella misma sabe qué es.

Y mientras la dupla camina y camina en el desierto, en el pueblo más cercano detectan la ausencia de Julia, por lo que la trama policial avanzará en paralelo a esa duda sobre aquello que Rosell decide no profundizar, dejando indicios y conjeturas para los espectadores.

“Al Desierto” necesita de un espectador activo, porque es una película que profundiza en sentimientos y en desarrollar la identidad de los protagonistas desde un lugar de no recriminar ni juzgar, sólo mostrar para evitar que cierta moralidad impregne la narración.

La cuidada fotografía, como así también la elección de las tonalidades vinculadas a la tierra, favorecen la aridez que necesita un relato como éste, que logra empatía con los personajes desde el primer momento que los muestra en sus ámbitos. Al avanzar en el “cuento” Rosell conjuga, hábilmente, elementos de género, pero se va despegando de éstos al ir llegando al tramo final, momento en el que ya nadie juzgará las cuestiones morales que habitan en cada uno de los intérpretes.

Película que reflexiona sobre la mirada de los otros y la construcción de éstos, apoyados en prejuicios y lugares comunes, y en cómo, sin saberlo, mentes menos estructuradas posibilitan la descripción de un vínculo único y eterno, a pesar de todo.

 

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