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"Disobedience" (Desobediencia): el costo emocional de romper las reglas

Luego de un multipremiado debut con “La sagrada familia”, el chileno Sebastián Lelio filmó “Navidad” y “El año del tigre”, pero logra irrumpir con muchísima fuerza en el circuito de festivales con su cuarto largometraje: “Gloria”.

Una hermosa película alrededor de los conflictos interiores de una mujer de más de 50, con una intensa y memorable actuación de Paulina García (la remake americana se encuentra actualmente en post producción, dirigida por el mismo Lelio y protagonizada por Julianne Moore) y que logra posicionar a Lelio en el mercado internacional, mostrándolo ya como uno de los grandes directores latinoamericanos del momento.

Si quedaba alguna duda que Lelio tiene sutileza para contar historias que tienen como eje central el universo femenino, con “Una mujer Fantástica” logra consagrarse definitivamente jugándose con una historia arriesgada.

Su elección de un tema completamente novedoso en la filmografía latinoamericana y con el protagónico excluyente de Daniel Vega, en la piel de una trans que debe atravesar el duelo por su compañero recientemente fallecido, enfrentado en ese duro proceso a la ex mujer y a toda la familia de su amante, le valió a Chile un Oscar como mejor película extranjera en esta última entrega.

Ahora Lelio desembarca en Hollywood con otro relato que vuelve a tocar los temas que evidentemente le preocupan: el mundo femenino, el impacto de las pasiones sobre las emociones, el descubrimiento sexual que plantea cada nueva relación y el goce que se instala en esos vínculos que están destinados, fundamentalmente, a romper con ciertas reglas sociales preestablecidas: común denominador de sus últimos trabajos.

En “DESOBEDIENCIA”, Lelio adapta la novela de Naomi Alderman que plantea un particular triángulo amoroso que acentúa más su espíritu transgresor ya que los personajes pertenecen (directa o indirectamente) a la comunidad judía ortodoxa en Londres. Rachel Weisz es Ronit, hija de un renombrado rabino de esa comunidad, quien hace tiempo se declaró en absoluta rebeldía y actualmente trabaja como fotógrafa en Nueva York, lejos de su entorno familiar religioso.

Ante la noticia del fallecimiento de su padre, deberá volver intempestivamente al lugar de origen para acompañar los ritos funerales y volverá a insertarse, de alguna manera, en ese lugar que abandonó y del que hoy se siente absolutamente ajena.

En este proceso de duelo y despedida de un padre con el que siempre mantuvo una relación antagónica, se reencontrará con Dovid (Alessandro Nivola) quien fue su amigo en la niñez y adolescencia y ahora es una figura de tanto peso dentro de la comunidad, que se lo considera el sucesor natural de su padre dentro del rabinato, hecho no menor para el vínculo que retomarán con Ronit.

Pero la historia de “DESOBEDIENCIA” poco a poco va complejizando este reencuentro: han pasado varios años donde Ronit eligió perder el contacto y por ende, ella tampoco estaba al tanto de Dovid se había casado con Esti (Rachel Mc Adams), quien fuera su mejor amiga y que se desempeña como maestra en la escuela ortodoxa para las jóvenes, otro lugar de mucha visibilidad dentro de la comunidad.

No tardará en saberse que ha sido Esti la que llamó a Londres y le hizo saber de la muerte de su padre para que Ronit “volviese a casa”. Ese llamado no es falto de intención sino que dentro del entramado de los personajes, de a poco se irá develando que Esti y Ronit han tenido una historia amorosa en la adolescencia, la que no tardará en volver a desencadenarse, y ahora con mucha más fuerza.

En toda la primera mitad de la película, donde se van presentando las situaciones de cada uno de los personajes, Lelio acierta en una compleja y detallada descripción, atando sus deseos y sus pulsiones a lo que la comunidad exige de cada uno de ellos ya sea porque acepten el mandato o porque lo rechacen de plano, como en el caso de Ronit / Weisz. Ella viene a despedirse de su padre pero también a intentar ocupar un espacio que ha dejado vacante y a darse la posibilidad de dar una nueva lectura de su pasado.

Sin quererlo, su presencia modifica las otras historias, sobre todo la de Esti, en donde rápidamente aparecerán vientos de cambio sin medir las consecuencias que esto pueda provocar en sus vidas.

El guión adaptado de Lelio y Lenkiewicz sobre la citada novela de Alderman, se mueve brillantemente en toda esta primera parte, sosteniendo una tensión dramática extrema entre los tres personajes. Nada se desarrolla en forma explícita sino que los guionistas trabajan de forma tal que las situaciones vayan decantando a medida que los personajes puedan ir desplegando sus sentimientos y sus pasiones. 

Lelio conduce este trío de actores excepcional, con mano firme, logrando tres avasallantes interpretaciones cada una con el matiz del conflicto ético y moral que su personaje necesita. La sinergia que se genera entre ellos (y en especial en las escenas de Weisz y Mc Adams) es perfecta, son grandes actores y el ojo preciso de Lelio, los aprovecha en su mejor versión.

Pero una vez desatado el conflicto central, el efecto dominó no se hará esperar. Cuando la verdad salga a la luz, primero internamente y luego más abiertamente, las piezas del rompecabezas comienzan a moverse y producen un desplazamiento de los personajes y del centro dramático de la historia.

Es esta segunda parte cuando “DESOBEDIENCIA” pierde el perfil de drama intimista y la audacia de la puesta de Lelio, con esa mirada completamente visceral para sus personajes, para virar hacia un melodrama que prefiere volver a la estructura conservadora y clásica, con personajes que toman caminos que no condicen con el potente desarrollo de la primera mitad del film.

Lelio hace temblar a sus criaturas, lejos del preciosismo estético a ultranza de la “Carol” de Todd Haynes pero tampoco logra la audacia que en algún momento generó “La vida de Adèle”. Queda a mitad de camino con la adaptación de una novela que quizás no arriesga todo lo que el director chileno suele plantear en su cine.

Justamente “DESOBEDIENCIA” fue vista en el último BAFICI, en donde se proyectó también la película israelí “Montana”, con la que finalmente parece dialogar más cómodamente, manteniendo un cierto status quo que dejará mucho más tranquilo al público más conservador y con ganas de más a los que nos gusta el sabor del riesgo.

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