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"Los últimos románticos" (review 2): botín oriental

Mezcla de géneros y estilos, "Los últimos románticos" de Gabriel Drak, es una comedia con mejores intenciones que logros.

¿Existen las amistades a prueba de cualquier sacrificio? ¿Es verdad eso de que a un amigo no se lo traiciona? El cine dio incontables cantidad de pruebas de que esto no es tan así, y "Los último románticos", segunda película de Gabriel Drak, terminará siendo otra más. ¿Por qué terminará?

Porque en la película del director de "La culpa del cordero", se plantean dos escenarios distintos. Algo que comienza de un modo y a (menos de) mitad de camino virará hacia otro. El cine uruguayo sigue en notable crecimiento; y como si aún no hubiesen podido superar la etapa de lo que acá se conoció como Nuevo Cine Argentino, gran parte de su producción siguen siendo retratos de personajes abúlicos, a los cuales la vida (que no saben qué hacer con ella) y la rutina, les pasó por encima dejando una estela cansina.

Así comienza "Los últimos románticos", contando la historia de dos amigos, Perro (Juan Minujín), y Gordo (Néstor Guzzini), que no hacen mucho de sus vidas más allá de encontrar excusas y seguir eludiendo responsabilidades (como hacerse cargo de la mujer y el hijo que tienen).

Viven en un pequeño pueblo costero olvidado, y ese parece se el lugar ideal para estos dos seres que hacen de su patetismo algo (más o menos) querible. Van de un lado al otro todo el día, plantean diálogos superfluos hablan de conquistas de mujeres, de escribir el guion de una película, y de cómo hacer para seguir viviendo sin tener un trabajo importante que les quite ese estilo de vida.

Ellos están tan quietos como el lugar que habitan. Paralelamente, en montaje paralelo, se nos muestra a Chassale (Ricardo Cuoto), un inspector de policía que es denigrado de su cargo, a hacerse cargo de la comisaría de ese pequeño pueblo. ¿Qué tiene que ver Chassale con lo otro que se nos muestra?

De a poco se irán uniendo ambas historias, y ahí, Los últimos románticos vira hacia otro lado. Chassale quiere hospedarse en un hotel semi abandonado que hay en el lugar, pero Perro y Gordo se lo niegan sistemáticamente.

No quieren que nada ni nadie les interrumpa su estilo de vida que incluye alguna plantación de marihuana (el nuevo tópico star uruguayo). Coincidiendo con la llegada del inspector, que también debe lidiar con los inoperantes policías del lugar, Perro y Gordo encuentran una importante suma de dinero que no parece provenir de manos limpias, pero que les aseguraría poder mantener su vida por un largo tiempo más.

De ahí en más, Drak nos presenta una película de género policial, con pinceladas de comedia, y algo de negrura porque las traiciones y giros estarán a la orden del día. En su ópera prima, Gabriel Drak había presentado algunos problemas de amateurismo, y un guion que se apoyaba demasiado en la rutina.

Los últimos románticos es un paso adelante respecto de La culpa del cordero. Su puesta, sin deslumbrar ni sorprender, responde a cierto criterio, y los personajes, aunque no despierten empatía, están bien encuadrados. El giro policial le otorgará cierto dinamismo, aunque de todos modos se trate de una propuesta que nunca llega despegar y oscila demasiado en mostrar la rutina de los protagonistas.

Una banda sonora esporádica e invasiva, tampoco parece ser del todo acertada. También demuestra una disparidad marcada en las interpretaciones, con Minujín, Adrián Navarro, Vanesa Gonzáles, y Guzzini, colocándose por encima de un elenco muchas veces sobrepasado por lo que se trata de contar. 

En La culpa del cordero, Drak ya había demostrado interés en querer contar historias cotidianas que desmenuzaran miserias humanas. En Los últimos románticos pareciera querer ir por el mismo camino, pero al igual que en aquella, no siempre tiene algo para contar. Sobre el final del trayecto, una sumatoria de giros y vueltas, más o menos sorpresivas (para quienes no vieron ningún policial) repuntarán el resultado y convencerán el conjunto.

En Los últimos románticos se notan las intenciones de una película, de querer dejar plasmada una idea, una visión. No siempre lo consigue, y la sensación es la estar viendo algo aceptable pero que pudo ser notoriamente mejor ¿Alcanza?

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