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“Muralla” (review 2): El arrepentido

El segundo largometraje de Rodrigo “Gory” Patiño, Muralla, éxito en su país de origen Bolivia, es una sensible mezcla entre el policial negro actual, y el cine de denuncia social frente a una realidad inocultable como la trata de blancas. No es ninguna novedad, en las zonas limítrofes, el tráfico de personas, así como el narcotráfico, es algo más corriente de lo deseable.

Hay muchísimos informes periodísticos, novelas, y películas al respecto. Muralla, segunda película de Gory Patiño luego de Cielito lindo, viene a entregar su propio granito de arena.

Si por algo se destaca Muralla de otras similares (Traffic y Sicario como títulos muy conocidos) es por la sensibilidad y honestidad con la que aborda su tratamiento al que siempre pretende mantener con verosimilitud a rajatabla, más allá de algunos clichés en momentos claves.

Quizás la razón de esto la dio el propio Patiño en una entrevista en la que relató que la génesis de su segundo opus comenzó con una investigación que una sus guionistas Camila Urioste (en conjunto con Fernando Arze Echalar – también protagonista – y el propio Patiño) realizó sobre el tema para la puesta de una obra de teatro.

El asunto les resonó y desencadenó la realización de esta co-producción con Argentina, que el año pasado se convirtió en todo un éxito en nuestro país vecino. Muralla puede hacer referencia a una pared metafórica que habrá que atravesar. Pero también se refiere al sobrenombre del personaje protagonista, Jorge, o Coco Rivera (Fernando Arze Echalar), al que apodan Muralla gracias al mito de ser un arquero infranqueable durante los años ’90.

La realidad de hoy en día lo encuentran conduciendo una combi o mini bus con la que intenta trasladar distinta mercadería y personas, para hacerse de un dinero que le permita operar a su hijo enfermo grave.

La situación se le complica, el trabajo escasea y se cae, el tiempo apremia, y los nervios aumentan. En un momento de desesperación, Muralla va a realizar un acto del que luego se arrepentirá, terminará vendiendo a una joven que encuentra desamparada en la ruta a una red de prostitución clandestina.

Esto, lejos de solucionar algo, lo complica todo. La tensión aumenta, y cuando la tragedia lo visite, Muralla querrá redimirse liberando a lo joven, metiéndose en un submundo muy peligroso. Patiño, Arza Echalar, y Urioste no innovan demasiado en un guion que va desde el drama personal y social, hacia el policial negro más tradicional del bajo mundo.

Pero se guarda sus mejores herramientas en una puesta que utiliza cámara subjetiva, seguimiento personal, y primeros planos para lograr una cercanía tan agobiante como empática. Bolivia es presentada como una zona de contraste, con algo de turística, y mucho de crudeza y oscuridad aún a pleno rayo de sol que no da tregua.

Pero no genera una estigmatización como si lo supone las usuales miradas externas plagadas de prejuicios. Aún recurriendo a lugares comunes y clichés, queda claro que no todo está podrido, y hay personajes buenos, y hay muchos grises, y posibilidades de redención. No es un mirada estigmatizante que asocia a la pobreza con la delincuencia.

De hecho, su villano (un Pablo Echarri que tarda en aparecer pero convence), es un hombre al que apodan Doctor, y se adivina con un pasar bastante mejor que el resto de los personajes. Filmada con muchísimos exteriores, con las complicaciones que eso genera en la zonas que presenta, Muralla lo resuelve de un modo muy competente, pese a tratarse claramente de una producción modesta. Su tratamiento visual es pulcro y logrado.

En el apartado de sonido, si presenta algunas dificultades menores no muy graves. Arza Echalar se carga un protagónico absoluto y lo saca a flote, un personaje doliente, y difícil, que debe generar empatía aún luego de haber cometido un hecho muy reprochable. Quizás el haber participado también del guion lo ayuda a comprenderlo y hacer que los espectadores puedan sentir su posicionamiento frente a la desesperación y la espalda de la realidad social.

Echarri cuenta con un villano prototípico, como el resto de los secundarios, pero consigue un buen resultado gracias a su solvencia y el medio tono que le da un permiso a la sobreactuación esporádica de un personaje que tiene que ser desagradable. Muralla no pretende quedar en la historia como una obra maestra del policial.

Juega sus cartas nobles, y balancea bien entre la trama de género, y una realidad cruda e insoslayable presentada sin edulcoraciones ni estigmatizaciones, de un delito tan aberrante como corriente. Una propuesta para tener en cuenta de una filmografía no tan usual como la boliviana. Algo a destacar en la cartelera local.

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