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"Transformers 3": los juguetes de Michael Bay abruman pero ya no entretienen

Cuando hablamos de una saga que llega a su tercera entrega, ya sabemos que a la industria el film le cerró. La idea puede estar buena o no , pero fundamentalmente los números dan y entonces, seguimos produciendo porque la rueda gira y la recaudación tienta. "Transformers", la primera, fue realmente original porque salir del universo de Hasbro para crear estos autos-máquinas de guerra y darles vida en algún relato que se pueda digerir, fue un hallazgo. Yo no soy fan de estos vehículos pero si reconozco que el ángel de Shia LeBouf, la sensualidad de Megan Fox y las escenas de metálica y furiosa acción llamaban la atención. Cuando ví la segunda, me costó no verla como un producto forzado, hecho exclusivamente para recaudar y al salir de la tercera, me terminé de convencer que esto no da para más y a no ser que sean espectadores muy livianos (de esos que no van mucho al cine pero abarrotan los complejos en vacaciones de invierno solamente, por ejemplo), les costará irse satisfechos del cine. "Transformers 3" tira por la borda el trabajo bien hecho en la primera parte y profundiza la falta de ideas de la segunda, llevando a tener que generar una escena final de 50 minutos, copiada de otra película.

Advertencia: ustedes saben que yo siempre cuento demasiado del argumento de una película aunque nunca el final. Aquí, habrá alusiones al cierre de la película por lo cual, si quieren verla sí o sí, debo advertirles que dejen de leer. Es lo que dicen en la jerga, una post-crítica. Nunca me gustó separarlas (pre-críticas es cuando no contiene mucho que revele el argumento), porque mi estilo para escribir fluctúa según mi ánimo pero no puedo evitar hacer referencia a todo lo que destruye Michael Bay para que el film evite hundirse en las frías aguas del río que atraviesa Chicago (el que desemboca en el lago Michigan) luego de abrumadores 157 minutos...

"Midnight in Paris": vuelve la magia

Mientras promediaba la proyección de "Midnight in Paris", hacía un mapa mental de los últimos trabajos de Woody en estos diez años. Todos, excepto "Match point", muy flojos. A ver, alguno de ellos superior a la media, pero del genio que hizo "Manhattan" uno siempre espera producciones de alto vuelo. Ya con "Whatever works", perdí las esperanzas de ver alguna idea nueva  y estaba convencido de que ya no había nada más que ver de él. Duro no? Si, pero llegó Cannes (este año, hace unos meses), las noticias alentadoras de que Allen había frotado la lámpara y... Bueno, fui a confirmar si el milagro se había producido.

Y así fue. Woody Allen rodó uno de sus mejores trabajos de los últimos tiempos. Si bien siento que "Midnight in Paris" se nutre del espíritu y varias de las concepciones ya mostradas en "The purple rose of Cairo" (innegable influencia para la construcción de este universo paralelo), lo cierto es que construye una fábula en tono fantástico que sorprende por su sencillez y contundencia. Sabemos que este prolífico cineasta (47 títulos) hace rato que filma lo que tiene ganas, de hecho, la secuencia de apertura con esos largos minutos de postales parisinas sin diálogo a otro quizás no se la perdonaríamos y en él la subrayamos como "un homenaje a la Ciudad Luz". Allen está enamorado de Paris (no tanto así de Londres y Barcelona, a las cuales deja bien paradas cuando filmó en ellas en este último tiempo pero a las que no le dedica una apertura tan fotográfica) y todos los personajes ilustres que desfilan en esta película, (anclados en aquellos luminosos años 20' y que han recorrido las angostas calles de París), han sido influencia vital para su prodigiosa manera de narrar. Aquí, todos ellos tendrán su espacio y lo llenarán con textos que definen rasgos únicos de sus personalidades, de manera que desde la butaca, por momentos, uno no puede evitar emocionarse ante semejante muestrario de talento. Cada escena donde escritores, pintores, cantantes y musas se relacionan con el protagonista, Gil (Owen Wilson), se vive desde la platea con asombro y goce: nuevamente, como hace tanto tiempo, Woody toca nuestra fibra íntima, se mete debajo de nuestra piel y nos regala un cuento maravilloso que reflexiona sobre la superficialidad del mundo actual, de las clases acomodadas y su pérdida de lo importante y rinde homenaje a una época en la que todos quisiéramos vivir.

"Aballay": Regreso del cine gaucho, con mayúsculas

Cuando entré al cine a ver "Aballay", todavía no había leído las críticas de mis colegas. Sabía, por lo que recibía en twitter (y lo que recordaba haber leído cuando fue presentada en el Festival de Cine de Mar del Plata), que iba a ser uno de los estrenos nacionales más esperados del año, así que me predispuse a internarme en el universo telúrico que proponen Fernando Spiner y su gente con mucha curiosidad por ver que sucedía con un film de este tipo... Extraño para nuestra cartelera. Cuando volví de verla, fui directo a mi biblioteca para repasar mis notas en un libro de Ana Laura Lusnich, "El drama social folklórico", compendio que aborda las representaciones en el cine del mundo gauchesco entre 1933 y 1956. La idea era recordar aquellos grandes clásicos rurales y ver si "Aballay" estaba a la altura. Más tarde busqué "La guerra gaucha" en VHS y otras más, como "Pampa bárbara" y "Frontera Sur" y al volver a verlas, me di cuenta que si bien el trabajo de Spiner habla de otra época histórica que aquellos films legendarios, lo cierto es que la manera en que plantea el conflicto principal y lo plasma, es personal, poderosa y atrayente... Y si bien es imposible trazar un paralelismo por la época en que fueron filmadas, el tópico ayudó a vislumbrar la verdadera estatura de la cinta en cuestión

Un rato después, terminé de convencerme que si bien tiene algún exceso en cuanto al retrato paisajístico que hace del territorio que muestra (es largo y por más que sea bello, se vuelve innecesario), "Aballay" es una joyita del nuevo cine argentino. Salud.

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