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Entrevista: Franca González “La memoria es algo incómodo”.

La nueva propuesta de la realizadora Franca González, “Miró: Las huellas del olvido” trabaja sobre una premisa simple en la que intenta reflexionar sobre el pasado.

Un pueblo enterrado bajo tierra, un picnic juvenil que descubre la historia escondida. Mariano Miró fue un pueblo de migrantes que terminó bajo tierra. Allí González rastreará los vestigios de una memoria latente que se escapa. Hablamos en exclusiva con ella para conocer más de la propuesta.

La película resume mucho del ocultamiento de la sociedad argentina, esto de esconder debajo de la alfombra cosas que no nos gustan, cuando te enteraste de la historia y la aparición de Mariano Miró ¿qué sentiste?

Soy pampeana, nací a 100 kilómetros de Miró, viví en General Pico y siempre tuve la sensación que la historia de La Pampa es tan reciente, provincia joven, pujante, y me daba cierta envidia la sensación de venir a Buenos Aires, o Rosario, Córdoba, y que tenían un pasado, esto de hacer un pozo en tu casa y no encontrar nada porque no iba a haber nada, pero cuando surgió esto me pareció que era buena posibilidad para desarrollar la historia de La Pampa, porque siempre es el otro, uno pensaba que no iba a encontrar nada acá… como que la historia de los otros siempre era más importante que la de uno.

¿Crees que tiene que ver con el olvidar?

Totalmente, sí, pasa con Miró y muchísimos pueblos de La Pampa, es una metáfora, pueblos que se transformaron en fantasmas, y a veces me pregunto qué hubiese pasado si hubiesen existido, pero esa resistencia a recordar lo traumático es lo que más me atrapó, porqué nadie recuerda a Miró, dónde estaba, de acá o de allá de la vía, entrevisté a una maestra que estaba en la estación y nunca se dedicó a investigar sobre el pueblo, un arqueólogo me dijo que existen lugares míticos y cuando se van a otros lugares está el recuerdo, pero Miró no, quedó en el olvido y me preguntaba por qué no recordamos los fracasos, para que quedara borrado del mapa, y ante situaciones dramáticas uno quiere olvidarlas, tal vez pasó eso.

¿Aquellos que recordaron, qué devolución te hicieron?

Fue maravilloso, porque cuando uno pone en valor, de algo muy chiquito, fijas tu vista y emoción en eso que tenés, pasó que de golpe muchos quisieron sumarse al trabajo de los arqueólogos, y desde allí sueñan trabajar de eso, es como darles de golpe, o poner en valor algo, es como que te diga “mirá ese botón, lo tiene mi abuelo que se lo trajo desde San Petersburgo” y lo revalorizás.

¿Qué fue lo más difícil del rodaje? ¿El encontrar testimonios?

Lo más difícil narrativamente era que tenía una historia muy pequeñita y tenías que encontrar las aristas dramáticas, en otros casos tenes progresión, pero en este caso los conflictos no eran tan evidentes, estaban hasta en mi propia búsqueda, de hecho es un documental difícil de asir, desde qué lugar contarlo, no dislocarte en muchas subtramas, problemática de ferrocarriles, agricultura, etc., tenía que estar muy atenta a qué quería contar y el modo.

¿Cambiaste la idea en el rodaje?

Fui con ideas, pero fue necesario empezar el montaje en paralelo al rodaje, después de tener varias escenas terminadas, en “Al fin del mundo” tuve todo terminado porque no podía volver a ese lugar tan alejado, pero en este caso, que era todo tan volátil, mis herramientas de trabajo eran el vacío, la ausencia, y cuando no querés trabajar con elementos tradicionales del documental se hubiera acabado a los 10 minutos, cualquiera lo hubiera podido contar desde su punto de vista y se terminaba en ese tiempo.

O no…

Claro, porque es cómo funciona la memoria, y las capas se completan con la película incluso ya terminada. En BAFICI luego de una proyección se me acercó una persona y me indicó que tenía un tío que vivía en Miró y que hace muy poquito había encontrado unas cartas en Gijón, que eran las cartas que le mandaba su tío al hermano que había quedado allá, pensás por qué no me llegó antes, pero también podes dejar la posta para una investigación más precisa y concreta, como realizador no hacés algo cerrado, y en La Pampa la película está disparando las ganas de querer saber más.

¿Cómo sigue ese proyecto?

Los arqueólogos han llegado a un lugar que no pueden avanzar más, necesitarían herramientas más precisas que no tienen, y de hecho ellos sólo pueden trabajar en el campo cuando la tierra descansa, que es un mes, y está cubierta como de un rastrojo, ahí realizan sus excavaciones, descubren los muros, llegan a los cimientos, los estudian, toman muestras, cubren de plástico, tapan con tierra y vuelven a cubrir para que pase la sembradora y cosechadora porque son tierras privadas. Hay otros casos en los que los arqueólogos no tienen permiso, pero no es el caso, y esto pasará hasta que haya una ley de arqueología que permita sí o sí el trabajo seguirá. En un punto a mí me resulta como misterioso de Miró, es como una especie de Pompeya pampeana, quedaron los cimientos inalterados, cosas se perdieron, pero eso no, y eso es muy fuerte saber que caminas encima de un pueblo en medio de la nada.

¿Hacer la película te modificó tu idea sobre la memoria y los recuerdos?

Fui pasando por diversos estadios, recuerdo una charla de café con Daniel Rosenfeld sobre Miró y cómo encarar la historia desde un lugar no de investigación pura sino transmitir las emociones en primera persona, a través de las cartas, y eso, y él me dijo que tal vez había cosas que no eran necesarias recordar, mucho se ha filosofado sobre la construcción de la memoria y la imposibilidad del olvido, de algo que lucha siempre por salir o resurgir en el momento menos esperado. La memoria es algo incómodo, pero que inevitablemente en algún momento aparece, eso me parece maravilloso, no forzarlo. Me resultaba más interesante lo que a la gente le aparecía en las capas de su memoria, más que los aportes de arqueólogos y profesionales, cuando uno intenta recordar el nombre de la panadería de su padre, o cuando una mujer hace todo un esfuerzo para recordar, Miró era una excusa, pero en esos momentos encontraba perlitas.

¿Qué te gustaría que pase con la película y Miró?

En principio me encantaría que la gente vaya al cine, es una película que la hice para que se vea en una sala de cine, de verdad que creo que es una experiencia que se está perdiendo, como preguntarle a tus abuelos, que vivieron, la gente se emociona con los relatos en off y es muy fácil acceder a esto, cualquiera lo puede hacer. Mientras trabajaba en la película la gente me agradecía ser escuchada, en una época en la que todo es rápido, dejarse llevar por 90 minutos por sonidos, imágenes, es para mí una emoción que comunica con el escuchar al otro, de dónde venís. El primer lugar donde se vio la película fue en Ecuador, y la gente vive a 4000 metros de altura, muchos ni siquiera saben lo que es la llanura, y contarle a ellos eso, transmitiendo emociones, más allá de las distancias culturales, la hace universal. Me gustaría que se vea en lugares recónditos para que la vean todos.