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#BAFICI21 (IX): Campusano en estado puro (Comp. Nac)

¿Qué definición podemos dar del cine de autor? Generalmente está emparentado con un director que filma sus propios guiones, al margen de ciertas presiones y limitaciones que puede implicar una producción de estudio comercial, lo que le brindará una mayor libertad a la hora de tomar las decisiones estéticas y que le permitirá plasmar una visión fuertemente identificada con ciertos rasgos que se repiten a través de la obra y hacen que un cierto cine sea perfectamente ligado con ese artista.

Claramente entonces José Celestino Campusano hace cine de autor.

Ya desde las primeras imágenes de “HOMBRES DE PIEL DURA” podemos reconocer la forma de construir esos microcosmos tan particulares y, especialmente, en este caso, vuelve a un ámbito en donde parece sentirse cómodo y libre de ataduras emparentado con una de sus primeras realizaciones “Vil Romance” y absolutamente alejado de su intento (fallido) de retratar a la burguesía local en “Placer y Martirio”.

En este caso, sitúa la historia en un pequeño pueblo agrícola de la provincia de Buenos Aires con lo que el protagonista, Ariel, quien se encuentra en pleno proceso de autodescubrimiento de su sexualidad y tendrá que lidiar con ese refrán que tanto calza al centro de la escena que es “pueblo chico, infierno grande” donde todo se sabe y todo se controla.

Ariel no solamente será discriminado por parte del pueblo sino que será fuertemente negado en el propio seno familiar, situaciones que remiten a “Marilyn”, historia que aún con un registro diferente hablaba de la opresión y asfixia familiar y pueblerina frente a lo diferente.

Campusano, quien escribió el guion de su última película, casi al mismo tiempo que “Vil Romance” y muy cercano a su creación de “El perro Molina”, elige después de más de diez años, volver a revisitar esta historia para retratar dentro del pueblo de Marcos Paz la historia de Ariel, quien además de reencontrarse con su propia identidad sexual, debe resolver un hecho traumático de su historia como ha sido la relación que mantuvo en secreto con el cura del pueblo, el padre Omar, quien no solamente ha abusado de él sino que lidia permanentemente con las dudas de su fe y ha tenido relaciones con otros menores de su congregación.

Y puesto este tema en el ojo del debate, Campusano muestra el encubrimiento dentro de la propia Iglesia y la condena social que sufren los abusadores cuando son descubiertos en su accionar, temas que en la sociedad de hoy tiene plena vigencia y que el cine no suele mostrar con la crudeza que él logra en su relato.

El estilo Campusano se apropia de la pantalla y a diferencia de otra de sus obras, los diálogos surgen más fluidos, el elenco se presenta más homogéneo y el virtuosismo de la cámara logra tomas de gran belleza para captar la inmensidad de ese campo argentino que alberga a los personajes. Innegablemente el guion tiene tintes típicos del cineasta de Quilmes que ya son marca de estilo de su propio cine y, que inclusive, deleitan a sus fanáticos y seguidores.

Algún aire de improvisaciones en las actuaciones y un estilo algo seco en el protagonista (Javier Wall, algo rígido en algunos momentos) podría haberse mejorado, pero “HOMBRES DE PIEL DURA” permite que Campusano vuelva a incomodar con su mirada, apareciendo siempre el toque de denuncia social que lo caracteriza.

En esta ocasión, acompañando a una historia personal en la que el director juega permanentemente con los límites, aborda la escenas de sexo con cierto sentido explícito sin que sea procaz o grotesco y logra de esta forma una historia que, anclada en una geografía muy particular, es a la vez un reflejo del entramado familiar, una historia de deseo y una búsqueda profunda de la propia identidad.