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¿Qué hacemos con Walter?: Cada edificio es un mundo...

Una simple reunión de consorcio en un edificio de un barrio de clase media de la Capital Federal le servirá a Juan José Campanella (el famoso director de cine ganador del Oscar por “El secreto de sus ojos” y de otros éxitos como “Luna de Avellaneda” “El hijo de la Novia” o “Metegol” y que debutó como director teatral con “Parque Lezama” éxito con la dupla Luis Brandoni - Eduardo Blanco) para poder desplegar un abanico de temas íntimamente vinculados con nuestra realidad social.

Hablará de la familia, la convivencia, los rótulos, el racismo, la diferencia de clases, los conflictos, las convicciones, el poder, las decisiones individuales y de conjunto … y tantos otros temas que aparecen en la obra, a medida que cada uno de los consorcistas va planteando sus problemas.

La pluma de Campanella actúa como una lupa que amplifica y pone en escena toda nuestra idiosincrasia, única y distintiva. Cada uno de los personajes es un claro espejo en donde, alternativamente en uno o en otro, nos podremos ver reflejados y sentirnos parte –casi inmediatamente- como si ellos fuesen algún vecino nuestro, o un familiar o un amigo.

O sencillamente, sin ir más lejos, podemos ser nosotros mismos. Los diálogos de Campanella –quien en este caso coescribe la obra con Emanuel Diez- tienen esa riqueza que ya todos hemos descubierto en su cine. Son personajes bien nuestros, hablando como nosotros, con nuestra ironía, con nuestras frases hechas y nuestro “verso” porteño, personajes con los que vibramos en la misma cuerda.

Y esa diferencia se siente en la platea, en cada carcajada, en cada contrapunto de los personajes, en cada frase con la que uno se sonríe por verse íntegramente reflejado de una manera cómplice.

Ante tanto teatro comercial que viene siempre traducido por una misma agencia casi monopólica en donde los actores dicen textos de Arthur Miller o de Jazmina Reza casi con la misma cadencia que los de Harold Pinter o Neil Simon y donde muchas veces no podemos sentir la fuerza de los textos originales, Campanella y Diez nos deleitan en “QUE HACEMOS CON WALTER?” con una pieza de estructura sumamente clásica, con los mecanismos propios de la comedia, pero que al pintar un Consorcio, puede pintar nuestra sociedad, nuestra forma de ser y plantea guiños en donde vernos representados.

Un grupo de consorcistas, siempre los mismos pocos que asisten a la asamblea, quiere deshacerse de Walter, el encargado que hace quince años que trabaja para el Consorcio.

Algunos le echan la culpa de lo mal mantenido que se encuentra el edificio, mientras otros opinarán que la culpa es claramente del Administrador: una nueva grieta. Los diálogos son chispeantes, el ritmo de comedia tiene momentos alocados (hay un par de escenas con un ascensor que abre y cierra con severos problemas y algo que tienen que trasladar al primer piso que es hilarante) y jamás pierde el ritmo.

Para eso cuenta con un elenco completamente ajustado al timing y a la precisión que el texto necesita para dar esas puntadas certeras de una comedia inteligente.

Karina K vuelve a demostrar que es talentosa por donde se la mire. Fue una impresionante Yiya, brilla en cada comedia musical que protagoniza, fue una arrasadora Judy Garland y ahora se pone en la piel de una comunicadora que indefectiblemente quiere tener la razón y menospreciar al resto, acomodando todas las situaciones a su conveniencia. Es, sin dudas, el personaje que tiene las líneas de diálogo más delirantes y Karina K las aprovecha al máximo, disfrutando de los dardos venenosos que dispara su personaje.

Campi está brillante en la piel de ese Administrador de Consorcios que es el paradigma del Administrador que todos hemos conocido en algún momento de nuestra vida si hemos vivido en un edificio.

Chanta de dudosa trayectoria y de escasos modales, el Tito Jáuregui que compone le permite desplegar todo su talento para la comedia, sin excesos y con la mezcla justa de pequeño estafador y personaje querible.

Los trabajos de Victoria Almeida (como la mujer que vive en una crispada lucha con su ex en forma permanente mientras intenta dar su voz en la Asamblea), Federico Ottone (exacto como el estudiante de abogacía que derrama en plena reunión todo su pensamiento “psicobolche” manejando el doble discurso entre los derechos del obrero y venir de una cuna más que acomodada de la que permanentemente intenta despegarse) y Araceli Dvoskin (como la vecina que escucha poco, desvaría bastante y desde su silla de ruedas dispara algunas frases políticamente incorrectas dentro de su falta de registro -o no tanto…-) permiten momentos de lucimiento personal en cada uno de ellos mientras juegan inteligentemente con las cuerdas de sus personajes.

Miguel Angel Rodriguez tiene a su cargo el rol del Presidente del Consorcio, en el que se refleja el prototipo del “varón Campanella”, más bonachón, menos filoso, hombre de barrio sensible, un “looser” querible.

Es el personaje más predecible de la obra, donde no sólo toca la cuerda de la comedia sino que tiene algunos momentos más sensibles a los que Rodriguez le pone el cuerpo, pero en el resultado general, es el que permite un menor lucimiento. Fabio Aste lamentablemente no logra pararse a la altura del resto del elenco, como si no hubiese podido encontrar el alma de su personaje y sólo pudiese armarlo desde una capa demasiado superficial, sin carnadura, desde el estereotipo.

Obviamente su trabajo cuenta con la entrega que tiene la puesta en general, pero en el conjunto, se lo percibe como un escalón por debajo del resto del elenco.

La puesta de Campanella es ingeniosa tanto en la presentación (donde antes del inicio de la obra se proyectan mensajes encontrados en los distintos consorcios que hablan de las delicias de convivir en comunidad) como en un clip sorpresa entre el primer y el segundo acto y nuevamente lo consagra como un riguroso director de actores que logra, como principal virtud, encontrar una reflexión profunda en lo sencillo.

Maneja un texto que no tiene grandes pretensiones ni frases ampulosas, prefiere frases simples pero contundentes, armando la obra de modo tal que sea imposible escaparse del hecho de sentirse reflejado en alguna de las situaciones y poder, desde ese lugar de (auto) reconocimiento, analizarnos tal como somos.

Un texto bien nuestro al que vale la pena acercarse y disfrutar un buen momento donde las risas se pueden mezclar con lo sensible y ese noble espacio de reflexión sobre cómo somos. Ya lo decía Eladia Blázquez “Nos gusta hacer las leyes / después crear la trampa / tirando por la rampa las tangas a rendir. Cargar a voz en cuello / y protestar bajito / prefabricando mitos para poder vivir Vamos! Aprendamos pronto el tomo De asumirnos como somos o no somos nunca más”.

Ultima actualización (Lunes 16 de Julio de 2018 12:31)