«LA TRINCHERA INFINITA»: Historia del miedo

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Los directores de «Loreak» y «Handia» vuelven a lucirse con una historia de encierro para protegerse del horror del Franquismo.

Hubo una indudable ráfaga de aire fresco en el cine español cuando aparecen los vascos Jon Garaño, José María Goenaga y Aitor Arregui con el novedoso guión de “Flores/Loreak”, un relato coral entrecruzado en donde tres ramos de flores marcarán tres historias femeninas de forma sumamente particular.

Allí en “Flores/Loreak”  el trío participó del guión pero la dirección corrió a cargo de Jon Garaño y en su segundo trabajo, “Handia”, le tocó el turno a Aitor Arregui para estar detrás de la cámara.

El cine de este terceto vasco volvió a lucirse ahora con una historia diferente a su trabajo anterior y en “Handia” revalidaron, a través de un aire de fábula visualmente deslumbrante, que su cine estaba lleno de poesía, incluso para contar una historia dura sobre los diferentes, lo monstruoso y lo extraordinario, y los lazos familiares.

Con esta misma sensibilidad pero, en esta oportunidad, con un esquema mucho más clásico y tradicional, este tercer proyecto los encuentra a los tres comprometidos tanto dentro del guion como a cargo de la dirección de “LA TRINCHERA INFINITA”, donde presentarán un caso real y particular, reflejando a través de éste, la historia de quienes tuvieron que refugiarse del régimen franquista en sus propios hogares. Lo que comenzó como un simple escondite, un lugar  donde ocultarse para salvar sus propias vidas, fue prologándose en el tiempo y fue así como se han conocido relatos de quienes han pasado más de treinta años en ese cautiverio autoimpuesto.

La historia se inicia en pleno año 1936, y apenas estalla la Guerra Civil, los nacionales llegan a un pequeño pueblo andaluz para reclutar a los hombres de cada familia: algunos de ellos se entregarán sin resistencia, mientras que otros tratarán de escapar por diversos medios, bajo la implacable persecución del ejército y a riesgo de perder sus vidas en ese intento de fuga, casi nunca exitoso.

Este arranque con un ritmo electrizante y de tensión permanente, atraviesa toda esta primera parte de “LA TRINCHERA INFINITA” donde Higinio, un sindicalista republicano, vivirá esta fuga llena de peligro que desembocará, sin mayores alternativas, en permanecer atrincherado en un agujero dentro de su propia casa, pasando desapercibido y aguardando que se aquietase la situación política.

A través de las vivencias del matrimonio de Higinio y Rosa (excelentes Antonio de la Torre y Belén Cuesta –ganadora del Goya a la mejor actriz por este trabajo-), seremos testigos de diversos hechos de la historia española que van atravesando este relato en donde los autores no solamente intentan plantear lo sucedido a lo largo de treinta años de historia española -con la Guerra Civil y el Franquismo como marco-, sino que además trabajan sobre un relato íntimo y conmovedor para mostrar esta vida paralela de los “topos” y las implicancias que sufrieron sus familiares cercanos. Un encierro físico que muta en un encierro psicológico, alimentado por miedos y mentiras.  

El ritmo del relato no da respiro, con una permanente tensión que se sostiene a través de diversos hechos que suceden dentro de la casa y a través de los personajes de los vecinos poder introducir ese peligro que produce cualquier elemento exterior que pueda desembocar en delatar la situación que se está viviendo dentro de la casa.

Una vez más Antonio de la Torre entrega un trabajo formidable (como sus anteriores por ejemplo en “La isla mínima” “La noche de doce años” “El reino” “Tarde para la ira”) con un personaje que le demanda no solamente una gran entrega física sino una composición abocada a los detalles. La entrega de De la Torre es total y vivimos su cautiverio con ese estado de alerta, peligro, y angustiante desesperación que respira su personaje.

En el rol de  Rosa, lo acompaña magistralmente Belén Cuesta, quien refleja la opresión y el agobio de vivir como una viuda puertas afuera y seguir con sus proyectos de familia, puertas adentro.

Quizás pueda reprocharse una duración algo extensa, pero lo que quizás puede jugar en contra, la favorece para ir creando diversos climas y dar esa sensación de encierro prolongado en el tiempo. Mientras el mundo de Higinio parece haberse quedado algo detenido en el tiempo, es Rosa y ese afuera que irrumpe en esa casa de tanto en tanto, los que marcan el irremediable e implacable paso del tiempo y esa vida que sólo se permite entrar a través de ese personaje femenino que va acompañando con sus actos, la permanente tensión entre esos dos mundos, dentro / fuera, ficción / realidad, encierro / libertad.

Tal como lo probaron en sus trabajos anteriores, los directores arman una cuidada puesta tanto desde lo técnico (hay un excelente trabajo de iluminación y de sonido) como de los diferentes detalles con los que nutren un guion que permite recorrer la historia de la España reciente hasta llegar al momento de la  amnistía de Abril de 1969.

Han pasado más de treinta años y el equipo de Garaño, Goenaga y Arregui nos ha convertido en sus mejores testigos, y de esta misma manera nos cautivarán con un hermoso epílogo, donde finalmente, después de toda una vida de encierro, algunos de estos protagonistas, puedan comenzar a ver la luz en un territorio de heridas que aún hoy siguen abiertas esperando justicia.

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