«Amor sin limites» (Ondine): Cuento de hadas a la irlandesa

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Neil Jordan es un cineasta de prestigio cuya línea de trabajo es abordar los límites entre la fantasía, lo silencioso pero presente en cada sujeto, y la terrible realidad en que éste está inmerso. Si recordamos «The Crying Game» o «Interview with the vampire», distintas como son, vemos claro que Jordan coquetea con lo oculto y en general, siempre sale bien parado de esas construcciones. En esta oportunidad, este director irlandés vuelve a su tierra para filmar un cuento de hadas romántico, un relato sobre la fantasía y su contraste con la más dura realidad. Una historia sobre perdedores que se vuelven ganadores y cómo eso altera el equilibrio del medio en el que se mueven, mostrando lo peor del corazón humano.

«Ondine» es un relato ambientado en la costa de un pequeño pueblo pesquero en Irlanda. Allí conoceremos a Syracuse (Colin Farrell), quien es un trabajador independiente, separado y con problemas financieros. Ha sido alcoholico años anteriores y de ahí el apodo que tiene en el pueblo: «Circus». En aquel remoto lugar, Syracuse sale con su barcaza a pescar, aunque tampoco eso es su fuerte: tiene muchas deudas y apenas puede darle algo de dinero a su ex esposa para mantener a su hija, la encantadora Annie (Alison Barry). Ella está enferma, tiene una disfunción en uno de sus riñones y recorre su pueblo (para hacer los trayectos desde y hacia su escuela) en una silla de ruedas. Annie es absolutamente luminosa: es muy inteligente, dulce y es capaz de entender rápidamente las situaciones nuevas. Un día, su padre saldrá a navegar y encontrará una… sirena. Bueno, en realidad, al subir su red de pesca encontrará enrededada a una bella mujer. Ella se llama Ondine (Alicja Bachelda, habla poco (y tiene un lenguaje particular que usa en ciertos momentos) y no quiere ser vista ni relacionarse con la gente. Canta, con una voz única y cada vez que lo hace, la red de Syracuse se llena de peces. De todo tipo de peces, lo cual es muy complicado de explicar a las autoridades que controlan la pesca de la zona. Pero lo central es que Ondine es una mujer, en apariencia, sin pasado. Syracuse, carente de todo en la vida, se enamorará perdidamente de ella pero con el correr de los días, la noticia de su llegada a ese pequeño pueblo (donde todos se conocen), traerá complicaciones a la relación y el conflicto se instalará en el seno de esa comunidad.

Superficialmente, «Ondine» puede ser vendida como una historia de amor, «sin límites». Prefiero pensar que es más que ello. Primero, porque hay un gran trabajo desde lo visual que enmarca la acción con prolija e intensa emoción (la fotografía estuvo a cargo de un Christopher Doyle, quien hizo 8 películas con Kar Wai Kong), las colinas costeras de Irlanda fotografiadas con una paleta apagada y melancólica son el marco perfecto para este tipo de historias. Segundo, porque el cast ha sido exacto: cada papel está perfectamente dibujado e incluso los secundarios que tienen poca participación, hacen lo suyo a la perfección (Maura y el sacerdote -jugado por un actor fetiche del director, Stephen Rea). Hay mucho trabajo en lo que aparentemente parece una película chiquita, y  que no lo es.

El punto neurálgico del relato no es, la existencia de una sirena que irrumpe en la vida de un pobre pescador, sino la modificación de un equilibrio que está preestablecido en cierta comunidad. Lo extraño, mágico o inusual es asimilado de diferentes maneras por la gente que nos rodea, y «Ondine», muestra en los rostros asombrados de ese pueblo, esa sensación de ser testigos de algo único y no poder entenderlo desde la mente. En definitiva, ciertos eventos de la vida de las personas, sólo son asequibles mediante la emoción. Si no hay corazón, no hay manera de decodificarlo. Bueno, Neil Jordan y su equipo nos muestran una historia de amor, pero más que eso, buscan instalarla en un terreno donde las miradas y las acciones de los hombres muestran el desconcierto ante la alteración de lo que, en apariencia, es inmodificable.

Lo rico de «Amor sin límites», está en la mirada triste de cada personaje y su viaje hacia el asombro y la emoción más primaria. Desde ese punto de vista, me resisto a recomendarla como una historia de amor tradicional.

Un film para ver con lentes curiosos e inquietos. Ideal para compañías sensibles y gente que le gusta asomarse a las sensaciones encontradas, donde el descubrimiento de lo mágico, tiene que ver con un descenso a las profundidades del corazón humano. Volvió Neil Jordan, y eso siempre es una buena noticia.

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