«Balada triste de trompeta»: nariz rojo sangre y circo para todos

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No voy a contarles quien es Alex de la Iglesia. La mayoría de ustedes debe saber que es uno de los más originales y audaces cineastas españoles, reconocido a nivel mundial casi tanto como Pedro Almodovar. Su filmografía está plagada de alusiones al mundo de la historieta, el humor grotesco y la oscuridad que devora las buenas intenciones de sus personajes. Hoy en día el hombre es un ícono freak al que hay que prestarle mucha atención. Si no vieron sus hits más intensos, anoten no perderse «El día de la bestia», «Muertos de risa» y «Perdita Durango», ineludibles influencias de esta «Balada triste de trompeta» que llega a nuestras salas.

De la Iglesia es un revolucionario de la imagen. Espíritu inquieto que parece haber perdido el freno inhibitorio que la mayoría de los mortales tenemos, sus producciones plantean universos en llamas, sujetos atormentados o amenazas sobrenaturales. El tema es que, hasta ahora, sus cintas giraban sobre uno o dos conflictos primarios y su búsqueda estaba centrada sobre lo perverso de lo vincular en ciertas relaciones. En general, relaciones duales. Aquí, nuestro transgresor amigo elige traernos un triángulo amoroso muy filoso, enmarcado en un contexto histórico que se juega durante y post dictadura de Franco, que nutre y refuerza algunas ideas que él quiere dejar claras sobre lo fluctuante que ha sido el pueblo español bajo el gobierno de semejante tirano.

No se si será una estrategia de prensa, pero él dice que esta es la película que más lo representa en su carrera. Textualmente, en su blog, dice:

«Nunca en mi vida me las he pasado más putas.
Nunca en mi vida he disfrutado tanto.
Nunca me he sentido más cerca.»

Elijo sus palabras para graficar mi impresión sobre «Balada…». Alex de la Iglesia ha dejado la vida misma en esta cinta. Eso es lo que vemos. Un film desbordante al que el espectador debe albergar para poder explorarlo. Hay tanta energía puesta, tanta pasión y dolor, que en algún momento, deja de ser cine y parece otra cosa. Una explosión de emociones encontradas o simplemente un pastiche recargado que apabulla con su nervioso pulso. Un caos. Sinceramente, al promediar el metraje ya había pasado por todos los estados de ánimo (desde la ternura hasta el odio más visceral, matizado con asombro y enojo en partes iguales) y seguía sin encontrar la mirada para definir si ese desenfreno y locura que venía de la pantalla, tenía sentido.

Luego de dos cafés post proyección, encontré la respuesta. Para contar una buena historia no se necesitan dinamitar escenarios, masacrar gente o lacerar cuerpos de la manera que lo hace Alex en toda su plenitud aquí . Hay que ponerle el corazón y encontrar ese puente con el público que permita vincularse con el relato y narrar con un tempo que nos abrigue a todos, en la misma sintonía. En ese sentido, hay tanto colorido temático en esta producción que por momentos parecía una noche en el carnaval de Río. Un exceso con todas las letras.

Si te gusta De la Iglesia, ya sabés lo que vas a encontrar, por ende mi opinión va para el público que quiere acercarse a la película y no es simpatizante de este tipo de cine…

La historia es la de un payaso triste, Javier (Carlos Areces) es un chico que no tuvo suerte en la vida. La tragedia tiñó varias escenas de sus primeros años y lo marcó sin piedad al punto que él se convenció de que nunca será feliz y que sólo podrá hacer reír en su rol de payaso si juega a ser el melancólico e inepto que recibe los golpes e insultos de su eventual pareja. Trabajando en un circo en esos duros días en que el régimen desplegaba sus fichas, se topará con Sergio (Antonio de la Torre), a quien el rol de payaso fuerte le queda de perlas. Mientras que Javier es dulce y atento, su compañero es todo lo contrario: violento, golpeador y racista. De lo peor. Encima, en ese circo, tiene una novia increíble, la bella y enigmática Natalia (Carolina Bang), quien parece, de cierta forma disfrutar el trato siniestro que él le da. Ahí se arman los parantes de la carpa, el triángulo se enciende fácilmente y los dos hombres pelearán por el corazón de una mujer a la que no alcanzan (en mi juicio) a entender ni de lejos. Su disputa entremezcla lo profesional y se amplifica a la luz de la disputa.

En manos de otro director sería un producto casi convencional. Pero Alex de la Iglesia puebla la historia con imágenes de noticieros de la época, canciones que marcaron tendencia y menciones en los diálogos que tratan de graficar de alguna manera (tosca, para mí), el ideario Franquista que su pueblo aceptaba a regañadientes. Le da cierta carga social al relato que lo hace interesante, desde algún lugar, pero es combustible para disociar el escenario interno y sintetizar muchos conceptos desde una misma imagen. Pareciera esa ser su intención… Pero el tema es que lo visceral traspasa lo tolerable y el exceso de tensión va desgastando el interés en el destino de los protagonistas. Hay tantos elementos jugando con fuerza que al llegar al clímax, sentimos que ya lo vivimos varias veces de acuerdo a las señales que nuestro cuerpo da mucho antes en el recorrido.

Reconozco el valor del artista, pero eso no hace que me sumerja en su locura y la alabe. Creo que el guión de este film busca impactar de cualquier forma y eso le resta puntos al conjunto final. Muchos artilugios no garantizan un espectáculo de primera.

«Balada triste de trompeta», es un espejo fiel de su mentor. La vas a amar o te vas a ir con el estómago revuelto, si no estás acostumbrado a cómo filma este hombre. Yo debo decir que me pareció un trabajo correcto, en la línea que De la Iglesia desarrolla sus películas, pero adolesce de cierta redondez que sí tienen sus mejores films. Tengo esa impresión, diría que es estridente y poderosa, innecesariamente. Si hubiese bajado un par de cambios, como dicen en el barrio, sería una obra maestra… Claro, De la Iglesia viene con automático (o automática, según el calibre que use ese día!!)…

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