«Before midnight» (Antes de la medianoche): una visión realista sobre el amor (y ahora, las cuatro décadas)

Tiempo de lectura: 7 minutos

Cruda, honesta, real. Así es la tercera entrega de la saga del director Richard Linklater, que tiene a Julie Delpy y Ethan Hawke encarnando una vez más a la francesa Céline y al norteamericano Jesse, los protagonistas de esta historia de amor prolongada en el tiempo.

En el comienzo hubo un tren, en donde tuvimos la primera aproximación a unos veinteañeros entusiastas que parecían tener el mundo por delante, quienes pasaron una intensa noche juntos en Viena, en la romántica Antes del Amanecer (1995). Nueve años después, en Antes del Atardecer (2004), presenciamos el tan ansiado –y postergado- reencuentro en París, en donde los ya treintañeros se burlan de sus ideales del primer encuentro (la falta de intercambio de datos, por caso) mientras exponen abiertamente sus miedos, su creciente cinismo ante la vida, especialmente ante las relaciones, y donde se confirma que este es un vínculo al cual no pueden –ni pretenden- decir adiós tan fácilmente.

Años más tarde, ahora con una hermosa Grecia como telón de fondo, estos entrañables personajes retornan para generar un sinfín de emociones.

En la tercera parte que ¿da cierre? a la saga, ya sin la evidencia de la lozanía y la juventud en sus cuerpos, con arrugas y transitando sus cuarenta años, los protagonistas lucen más bellos que nunca. Sus rostros evidencian el paso inexorable del tiempo, pero reafirmando la experiencia vivida, la vida compartida, con las alegrías y sinsabores que ello implica. Y esta es la línea narrativa que prevalece: la de Jesse y Céline profundizando esa relación, haciéndose cargo de la rutina, en ese intento por sostener los pilares de su unión, asumiendo las complicaciones.

El camino por recorrer no es ameno; se trata de un viaje emotivo en el cual estos personajes, soportados por las sólidas actuaciones de Delpy y Hawke, nos entregan su corazón y una visión realista sobre las relaciones amorosas.


Antes de la Medianoche reencuentra a Jesse y Céline de vacaciones en Grecia. Su situación sentimental queda en claro a pocos minutos del comienzo del film; han ocurrido cambios radicales desde que los vimos la última vez en Francia. Sabemos que él ha logrado consolidarse como escritor y que ella obtiene una oportunidad laboral que deseaba, aunque no sin dudas.

Pero esa situación que parece acomodada para ellos se ve desestabilizada por cuestionamientos que se hace Jesse sobre su relación con su hijo, con quien – entiende- debe pasar más tiempo. A partir de allí, y ante ciertas diferencias de criterios, se desatan una serie de conflictos (miedos, reclamos, inseguridades, y demás cuestiones), con los que ambos lidian a lo largo de la película.

Una vez más, los diálogos son inteligentes, brillantes y conmovedores, manteniendo el nivel expuesto en las anteriores entregas. Debates filosóficos, cuestionamientos de ida y vuelta a la moral y las convenciones, sagaces observaciones sobre la vida cotidiana. Hay momento para la risa, el llanto, y la ternura. Los protagonistas consolidan su nivel actoral al brindar interpretaciones sobresalientes. Hawke y Delpy son Jesse y Céline, y la química entre ambos queda demostrada en cada toma, en cada línea de diálogo que se dicen el uno al otro.


Es de destacar la evolución coherente de los personajes con el avance de los films. La neurosis y los miedos que Céline expresa en aquel inolvidable viaje en taxi en París, ahora se han acrecentado y se manifiestan a cada momento, llegando a un punto en que puede resulta exasperante, aunque revelando así también cierto grado de vulnerabilidad. Por su parte, Hawke entrega un Jesse con más aplomo, aunque con la simpatía y empuje necesarios para hacerlo un personaje querible. Tanto Céline como Jesse continúan buceando en la sinceridad con esa naturalidad que los caracteriza y que genera tanta empatía con ellos.

Linklater aplica un tratamiento amoroso a los personajes, a esa historia que continúa, y se nota en cada toma. En las primeras películas el director filmó preciosos planos de Viena, de París, con música de fondo que funcionaba como nexo con otras escenas de mayor intensidad dramática. Pero también hubo momentos musicales autónomos en cada film, que perduran como secuencias memorables.

Como esa complicidad compartida en la disquería al escuchar “Come Here» de Kath Bloom en la primera película; o el valz que le canta Céline a Jesse en su casa en París en la segunda y que, según nos deja en claro con sus gestos y miradas, lo enamora aún más. En esta tercera película, la fotografía toda está puesta al servicio de la narración.


Si bien la Grecia que nos entrega Linklater es bella – más precisamente en el paradisíaco Peloponeso- el director encuentra la forma de traducir en imágenes la melancolía que se manifiesta en la trama; imágenes nocturnas que también quedarán grabadas en la memoria. Con pocas escenas, pero sin escatimar en planos a la pareja, nos inserta en una honda familiaridad en su relación, una intimidad más profunda que en las anteriores películas, captando con gran naturalidad ese mayor conocimiento sobre el otro.

Una vez más, el film apela al juego de las opciones, y los interrogantes y las posibilidades quedan ahí, abiertos. La película interpela constantemente con una crudeza y sensibilidad que nos hace sentir que quienes están expuestos en la pantalla somos nosotros mismos. Y lo que ocurra a partir de ahí dependerá de nuestras expectativas y nuestra visión de mundo.

Cierre perfecto para una gran trilogía, Antes de la Medianoche es una película sobre el amor, la familia, las relaciones y el paso del tiempo. Una película como la vida misma.

 

Anexo de crítica por Jessica Johanna

Supongo que hay personajes que terminan convirtiéndose en importantes en la vida de uno. Y sobre todo creo que el hecho de que  pertenezcan a una saga ayuda, porque los vemos crecer, en definitiva, los vemos vivir. En la saga que dirige Richard Linklater y protagonizan Ethan Hawke y Julie Delpy, el tiempo es fundamental para la historia, o las historias que se quieren contar.

Me gusta la forma en que lo definió el propio Ethan: «La primer película es sobre lo que podría haber sido. La segunda, sobre lo que debería haber sido. Y Before Midnight, sobre lo que es».

Mientras en Before Sunrise ellos eran dos jóvenes, hacía no mucho que habían dejado la adolescencia, y juegan a ser adultos y racionales y así es que terminan separándose, en Before Sunset parecían lamentarlo, al fin y al cabo sus vidas separadas no habían salido del modo en que ellos lo esperaban, y, como dice Celine, todo lo romántica que podía ser se quedó en esa noche hacía nueve años.

Pero el final de esta segunda entrega, era una de las escenas más simples y memorables y perfectas del cine de estos últimos tiempos. Dos palabras, «I know», eran suficientes para saber, o al menos imaginar, qué podía pasar después.

Pero nueve años después ellos nos dan la sorpresa y tras haber filmado secretamente esta tercer entrega, vuelven con «Before Midnight». Ya desde el trailer (como pasó también con la segunda) nos adelantan imágenes que algunos podrían considerar spoilers, pero creo que en películas como estas, por lo menos a mí me sucede así, no me arruina nada el saber que sí, que finalmente decidieron darse una oportunidad juntos, sino, todo lo contrario, esto aumentó mis expectativas.

Con Grecia como escenario esta vez, Jesse y Celine ya no son jóvenes, y tienen dos hermosas niñas llamadas como Nina Simone y Ella Fitzgerald. Mientras Jesse lidia con la relación a distancia que tiene con su primer hijo y con su vida como escritor, Celine está más abocada a su papel de madre aunque intenta no dejar su lado como activista, aunque a veces no pueda evitar sentirse un poco frustrada.

Before Midnight es la menos romántica, la más graciosa pero también la más agridulce de las entregas. Escrita por sus protagonistas junto al director, se centra en el final de unas vacaciones en Grecia, que van a ser definitivas para la pareja. No hay un deadline, el tiempo ya corrió lo suficiente, pero se percibe que aquella noche en que se ven casi forzados a pasar la noche a solas en un hotel va a generar algo importante. Y es que todo lo que antes era una fantasía, ahora se tornó real. Y al tornarse real, imperfecto.

También se diferencia de las otras dos, en que acá aparecen unos personajes secundarios. No sólo sus hijos, sino la gente que los alojó en Grecia, un escritor veterano, una joven pareja… Y son precisamente estos últimos los que se van a encargar de marcar algo importante que jugó en contra de la pareja que no fue pareja hasta muchos años después: la tecnología.

Mientras antes, por no pasarse un número telefónico, no pudieron reencontrarse sino hasta nueve años después, y gracias al libro que Jesse escribió no sólo para no olvidarla, sino para poder encontrarla, hoy en día la parejita joven se comunica por Skype. Y es que otra hubiese sido la historia si ellos se hubiesen conocido en este siglo, pero no, por suerte, ellos se conocieron en los 90s.

Pero así como el tiempo, la época y la situación marca ciertas diferencias, también tiene similitudes. Y la principal es lo bien trabajado que están los diálogos. Más cínicos esta vez, pero la película tiene esas pequeñas líneas que te dicen todo en pocas palabras. Pero para que ustedes puedan descubrirlas en la sala, decido abstenerme de empezar a citar.

También los largos planos secuencia que siguen a sus protagonistas y son testigos de esas conversaciones que pueden ser tan superfluas como profundas. Y la química entre Delpy y Hawke se mantiene intacta, en ningún momento parecería que estuvieran actuando, y creo que eso también contribuyó a que los sintamos tan parte de nuestras vidas.

Resumiendo, no podría decir si es la mejor de las entregas, cada una funciona tanto por separado como unidad y tiene imágenes que quedan grabadas en nuestra retina, y líneas con las que nos podemos sentir muy identificados. Pero sí es diferente. Más agria. No obstante, necesaria. Para no quedarnos con la fantasía, y comprobar que Jesse y Celine se parecen a nosotros mucho más de lo que creíamos.

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