«Carrie»: la chica que sólo quería, ser feliz

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¿Existirá alguien que no conozca la historia de Carrie? ¿Alguien que no haya visto ni siquiera una imagen de aquella fatídica noche de graduación? Hablamos de una de las novelas de terror más famosas de los últimos tiempos, y de una película que es considerada una obra maestra del género. La excusa cuando se encaran estas remakes es siempre la misma, traer el clásico a las nuevas generaciones, contar la historia desde la mirada de la actualidad.
Más allá de la subestimación al público que hay en esos conceptos, hay algunos exponentes que salieron bien, sin irnos tan lejos, «Posesión Infernal» este año fue una digna sucesora de «Diabólico».
Las expectativas estaban abiertas, «Carrie» se convirtió en uno de los films más esperados del año, y más aún con el retraso de su estreno y el misterio con el que se manejó todo dato de su producción. Lo primero que hay que aclarar es que, a todas luces esta nueva «Carrie» es una película fallida, y por más de una razón. En un repaso rápido por su argumento archi-conocido, recordamos que esta chica es una adolescente atormentada por su madre fanática religiosa y por las compañeras de preparatoria que la molestan por ser retraida y silenciosa.


La tragedia comienza a desatarse con el primer período menstrual – tardío – de Carrie que conllevará una muy desagradable broma de sus compañeras y las primeras muestras de desarrollo de un poder telekinético en la joven. La angustia va en aumento, hay una compañera que se apiada de ella y planea que su novio invite a Carrie al baile de graduación, y ahí, bueno, supongo que habrá quien todavía pueda llevarse una sorpresa así que tendrán que verla para comprobar como se resuelve la cuestión.

Como verán quienes conocen la historia, lo fundamental no se ha modificado, lo lineal sigue siendo lo mismo, y sí se le han hecho cambios para modrnizarla como una clara incorporación de nuevas tecnologías (celulares, videos, internet, etc.) y abordando, lateralmente, temas actuales como el bullying.


Pero no logran redondear un buen producto. Precisamente porque estos cambios no funcionan en ningún sentido.

La directora Kimberly Peirce tiene una trayectoria cinematográfica algo magra con solo un título entre la recordada «Los muchachos no lloran» de 1999 y esta. Pero aquel antecedente que ya trataba el tema del maltrato por discriminación, hacía presuponer que se acrecentaría el drama hacia un lado profundo. El resultado, sin embargo, simplifica todo.

En la primera parte del film, en donde se plantea el conflicto dramático, el asunto no pasa a mayor profundidad que cualquier serie de TV para adolescentes, y no de las mejores, todo es estereotipado y chato, aflora la liviandad, la música moderna y las chicas que se ven lindas sonriendo y yendo a la peluquería; hay, como dijimos, un intento remarcado de denuncia de bullying que no supera a los especiales de MTV sobre el tema.

Ya en entrada la segunda etapa, en donde se desata el horror, ahí sí Peirce descubrirá una carga dramática inusual, y exagerará la ira y los poderes de Carrie hasta el límite del ridículo – había que demostrar el presupuesto en FX’s –. Hay sí tres valores importantísimos en esta remake, Chloë Grace-Moretz demuestra aquí que puede hacer el rol que le toque, ser una chica sensual, reprimida, o de temer y cumplirlo con solvencia. ¿Había alguna duda que Julianne Moore estaría bien en su papel de la enfermiza madre Margareth?


Pese a que cuenta con poco desarrollo desde el guión, Moore vuelve a brillar y demuestra que sigue siendo de las mejores actrices actuales. También logra destacarse Judy Greer como la profesora de gimnasia Desjardin, cumpliendo con una pequeña cuota de frescura y algo de humor. Las tres luchan contra una película que no les da el espacio para crecer, y aún así se lucen.

Estas remakes siempre tienen un punto a favor extra, la necesidad urgente de rever el original, catapultar al film de De Palma del ’76 nuevamente a la categoría de obra maestra, si ese era su propósito, la tarea está cumplida.

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