«Dulce de leche»: y un día, nació el amor…

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Debo confesarlo de entrada, fui a ver «Dulce de Leche» con la esperanza de cruzarme con una película sencillamente bizarra, encontrarme con otras de esas películas que a todos nos gusta destrozar. Al igual que sucedía hace unas semanas con «Un amor de película» (de Diego Musiak); Mariano Galperín es uno de esos directores… digamos polémicos, que sujelen llamar la atención no por la escelsa calidad de su trabajo; veamos, es el director de «Chicos Ricos», «1000 búmerangs» (¿alguien se acuerda de esa “aventura” de Los Cadillacs en una casa quinta?) y El Delantal de Lili, casi venía con un extraño record. Punto, basta de pegarle a Galperín, para mi sorpresa, «Dulce de Leche» está lejos de lo que me esperaba, es un film convencional, agradable (hasta un momento), del cual salí bastante conforme pero no por las razones que creía (lo aclaro, soy amante de las películas malas).

 

Estamos frente a un bella historia de amor iniciático, adolescente. Lucho (Camilo Vitale) es un adolescente que se muda de Buenos Aires a Ramallo para encontrarse con su madre (Florencia Raggi), ahí hace buenos amigas con Pedro (Marcos Rauch), pero también con Anita (Ailin Salas) con la que pronto comenzará un idílico romance… aunque Pedro también se fijo (primero) en ella, y sí, el pibe está medio obsesionado.

En un principio todo marcha sobre ruedas, pero ya sabemos: el amor adolescente y la imcomprensión del mundo adulto; los mayores (falta Luis Ziembrowski como el padre de Ana que de primeras parece macanudo, pero…) se van a oponer, y los tortolitos van a defender su amor hasta lo inimaginable. Todo hasta una vuelta de tuerca que quita de un borrón lo idílico y lo vuelve algo oscuro.

Galperín cuenta la historia con idas y vueltas, lo hace con la ayuda de un lindo escenario campestre; y aunque adquiere el clima correcto para estos films rurales, no e olvida del todo de su pasado videoclipero y le otorga cierto ritmo y una fotografía adecuada.

La película está destinada a un público entre adolescente y joven, que serán quienes se sientan identificados con la parejita; aunque el público general adepto a las historias edulcoradas (repito, hasta un momento en que las cosas se retuercen) no la va a pasar mal. Por otro lado, un agregado de humor en medio del drama ayuda a descontracturar.

En cierta forma, la película peca de tener un estilo algo televisivo, casi de abusar de su simpleza; pero encuentra en los rubros actorales grandes hallazgos. En un tono en general pasable (algunos sobreactúan), es Ailin Salas quien se luce como Anita; esta joven actriz está aún dando sus primeros pasos, pero cada uno es más fuerte que el otro (recordar sus intervenciones sobresalientes en Televisión ara la inclusión y En Terapia); se le augura un gran futuro. La química que logra con Camilo Vitale es más que creíble, y se transforma en el motor del film, lo que hace que uno se sienta cómodo frente a la pantalla.

Dulce de leche es una película para corazones sensibles, llena de buenas intenciones, de amor puro, real, y de decisiones difíciles, de esas que uno debe tomar cuando ama profundamente a alguien.

Mariano Galperín sorprende realmente con este film, no llega a ser una obra perfecta, ni siquiera extremadamente buena, es un film correcto, entretenido, con pocas pretensiones y de resultados modestos. Con eso sólo le alcanza para que sea el mejor trabajo de su carrera cinematográfica, esperemos que siga por este rumbo.

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