«El gran simulador»: El ilusionista

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Uno de los documentales más interesantes del BAFICI pasado fue, sin dudas, «El gran simulador». Reflexionaba luego de la función y me decía que aquí no es relevante tanto la manera en la que se narra la historia del gran prestidigitador y experto en cartomancia Héctor René Lavandera, con su única mano (más conocido como René Lavand), sino en el color que el propio protagonista utiliza para contarnos su presente y rememorar su pasado.

En realidad, la que recuerda su pasado es Nora González, eterna compañera de René (hace más de 30 años que están juntos), sentada en su dormitorio y poniendo DVD’s y VHS de viejas presentaciones en todo el mundo del mago (aunque odie Lavand que se lo llame así). Esta celebridad es una estrella mundial y hace tiempo que vive en Tandil. En su hogar, una cabaña de madera con todos los recuerdos de una carrera impresionante, conocemos su intimidad y sus costumbres (grapa con miel, su laboratorio, su cuchillo/tenedor).

Hay una anécdota que quizás todos esperan escuchar (cómo perdió su mano) pero con el avance de los minutos la misma deja de tener importancia. Es más interesante, por ejemplo, saber si le llega de Estados Unidos una réplica de su mano, o si lo continúan llamando de manera equivocada para pedirle un remís. Lavand es un personaje con estirpe, de convicciones, y Frenkel sabe cómo introducirnos en su mundo, por momentos convirtiéndonos en vouyeres y en otros ficcionando parte de la historia.

La música dice presente desde los títulos, con un charlestón mostrando trucos de cartas y los planos en silencio, como el detalle de los ojos de René hacen que todo el metraje se marque con una atmósfera de gran nostalgia. Nostalgia no por lo que ya no es, sino por lo que está por venir.

Es que a sus largos 80 el protagonista continúa de gira por el mundo, mostrando sus habilidades y formando a unos pocos elegidos. “Parezco culto pero soy un contrabandista de frases”; “Todo hombre debe tener un lugar para volver”, “Me molesta que me pidan autógrafos, pero también me molesta que no me los pidan”, algunas de sus afirmaciones, simples, con mucha profundidad e inteligencia que irá mencionando a lo largo de la cinta.

Una mano dibujando un retrato de René Lavand va acompasando el tiempo de la película. Cuando el dibujo se termina, también se terminan los trucos y las anécdotas. Una manera diferente de acercarse a este mito. Otro gran trabajo de un documentalista de lujo, Néstor Frenkel. Muy lograda y accesible incluso para los que no son amantes de este género.

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