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«ET» (El Extraterrestre): El mejor amigo del hombre es el Alien

Tiempo de lectura: 3 minutos

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Hay una frase de Spielberg que dice que él sueña como forma de vida y después de haber visto esta peli, les aseguro que no sólo le creo, sino que muchas veces sueño su sueño también. Todavía me acuerdo de la primera vez que la vi: tenía 8 años y mi mamá me dijo que me iba a gustar pero que iba a llorar mucho, que pensara bien si la quería ver.

Un poco por rebelde y otro poco porque ya me había enganchado, me quedé a verla. Me identifiqué en seguida con el mundo que contaba, con los juegos y las travesuras entre hermanos y me quedé sentada en el piso bien cerca de la tele. Cuando llegó el final (y como siempre mi mamá tenía razón), subí corriendo a abrazarla llorando porque no entendía el por qué pero sobre todo porque nadie quiere despedirse de esa historia.

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Tengo que admitir que nunca me recuperé: cada vez que la veo, vuelvo a tener ganas de sentarme en el piso bien cerca de la tele y dejarme llevar por el cuento. ET cuenta la historia de tres hermanos que tienen que sobreponerse al divorcio de sus padres y la ausencia, por ende, del padre. Por eso están más solos de lo que es normal y por eso su madre (que está fuera trabajando) no advierte muchos de los cambios.

El hermano mayor es el más reacio, el más receptivo es el del medio y la hermana pequeña que es tan chica que uno nunca termina de entender si realmente capta lo que sucede o no, pero sabemos que tiene la frescura necesaria para salir airosa del asunto. Es la típica historia del tío Steven: el pueblo chico donde nada en teoría pasa, el cuento de aventuras costumbrista con sus héroes improbables y con la picardía de los chicos y todo eso como si fuera algo simple de contar porque lo hace de una forma que parece que fluye.

Para empezar, está filmada con una altura baja, como si fuera la de un niño. No hay un picado para mostrarte a los chicos inferiores, pero tal vez los adultos son gigantes.

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Para seguir, tiene esos esos gags maravillosos (la conexión que hace que ET tome cerveza y Elliot se emborrache), la música inolvidable (Williams habla “violines”) y esos fotogramas que se quedan grabados en los ojos (La bici contra la luna es mi por siempre fondo de pantallas).

No sólo eso: es una lección de indicios y motivos, donde nada queda sujeto al azar y cada personaje está bien delimitado. No hay nada que no esté milimétricamente presentado y que no desencadene donde debe. En la construcción de una película de aventuras donde las bases son comunes pero tienen que introducir lo fantástico, me parece vital. El hecho de que puedas entrar de a poco sin asustarte desde el principio o alejarte es una invitación al disfrute sin tapujos.

ET todas las veces me conecta con toda esa maravillosa etapa que es la infancia, con los juegos, con las risas sanas, sin sentido y eternas. Con ET soy de nuevo, por un rato, esa nena que mira la tele sentada como indio en el piso y queriendo que la magia no termine. Como siempre, gracias, tío Steven.

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