«Fausto»: La belleza de lo repulsivo

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En 1999, el cineasta ruso Alexander Sokurov emprendió el comienzo de lo que sería una tetralogía sobre “hombres del poder” con Moloc, metiéndose con la figura de Adolf Hitler, seguiría luego con Tauto (Lenin) y El Sol (Hiroito), para “desembocar” en la figura del Fausto de Goethe, a diferencia de los otros, seres reales e históricos, un personaje de ficción, pero que encarna muchas de las  caraxcterísticas de los anteriores, sobre todo bajo el entendimiento que Sokurov le da a la historia y al personaje.

No, no estamos frente a una clásica adaptación del relato de Goethe; pero también es cierto que esta historia a dado tela para cortar desde Murnau a Brian Yuzna, pasando por Luis Saslavski y Chespirito en uno de sus cortos inolvidables.

  

Brevemente para los que no leyeron el libro ni vieron ninguna adaptación, el Dr. Fausto vende su alma al diablo, o en este caso al Prestamista, un emisario de aquel, a cambio del eterno amor de la joven Margarita (al que Fausto asesina a su hermano), eterna juventud, y descubrimiento del significado del alma.

Sokurov no se centra tanto en lo que en la obra de Goethe era fundamental, el pacto con el diablo, la venta del alma; sino que directamente indaga, desde el comienzo, ¿existe el alma? ¿qué es? ¿dónde se encuentra?; y pone el acento en su protagonista, que no se convertirá en un monstruo directo, como lo podría imaginar una película de terror; entrará en una decadencia, física, psíquica, y moral, en definitiva algo mucho peor.

En realidad, el argumento pareciera importar poco, desde el comienzo Fausto y el Prestamista viven en mundo oscuro, degradante, putrefacto; pero a medida que avancen los hechos y Fausto vaya perdiendo la poca dignidad que le queda, la decadencia en ese mundo será peor y peor. Esto, Sokurov intenta compararlo con el mundo de Margarita, mucho más refinado en un principio, pero que también con el correr del metraje se sumergirá en lo oscuro, siniestro y revulsivo.

En pos de cerrar su tetralogía, el director, nos muestra hasta dónde se puede llegar en la búsqueda de más poder, poder para subordinar al otro; una necesidad desenfrenada, que termina convirtiendo a su protagonista en algo peor que una cosa, un ser amoral, realmente perverso, perdido. En este punto, las interpretaciones de Johannes Séller (de gran parecido con Ralph Fiennes) y Anton Adasinsky como Fausto y El Prestamista respectivamente, son esenciales, y Sokurov logra una dirección que los lleva a la excelencia.

Habiendo visto algo de la filmografía del director de «Madre e hijo» y «El Arca Rusa», no es sorprendente que encuentre belleza en medio de tanta fealdad buscada adrede. Cada toma, cada plano, hasta cada fotograma, subyuga más que el anterior.  La película busca crear una repulsión desde el minuto cero, y sin embargo no se pueden despegar los ojos de la pantalla.

Hay que hacer una aclaración, para quienes nunca hayan visto una película del director y desconozcan de quien se trate, «Fausto» no es una película para un público masivo, no será del gusto de muchos, su ritmo es lento, la historia es algo confusa y los 140 minutos se notan; es una película de impacto visual, muy personal, para los que amamos el costado más artístico del cine. Tampoco será una película para os que quedaron impactados con la grandilocuencia y el preciosismo de «El arca Rusa»; si bien estamos frente a un film de enorme calidad, es mucho más pequeño que aquel.

Es una pena que estos materiales, no lleguen aquí en fílmico, formato que permitiría un mayor disfrute; igualmente, es un gusto que se empiece a estrenar más seguido obras de este director del cual en nuestro país son contadas con los dedos de una mano lo que pudimos disfrutar en sala. Esperemos, sea una costumbre que no se pierda.

 

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