«Jobs»: Kutcher se calza una piel controversial

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Salí de ver «Jobs» con una idea en la cabeza,… como ha cambiado el cine a lo largo de los años. La referencia inmediata que vino a mi mente fue la de otra “biopic” sobre un magnate, Citizen Kane del y con el maestro Orson Welles; sus miradas sobre el poder son tan distintas, tan ideológicamente opuestas que al segundo comprendí que era inútil continuar con esa comparación.

Aún generalizando podemos encontrar películas biográficas sobre grandes personalidades de la humanidad, o por lo menos que dejaron su huella; pero «Jobs» es heredera del éxito de «Red Social» y el camino parece ser otro, el de la benevolencia.

En los primeros veinte minutos de este film de Joshua Michael Stern encontramos sus más grandes falencias, aunque es cierto decir que luego mejora bastante. Una presentación ante empleados en 2001 del propio Steve Jobs para adelantar el lanzamiento de un invento revolucionario que cambiará la vida de las personas, el Ipod, es el punto de partida para este recorrido(para quienes no lo sepan un reproductor digital de música).

De este modo abre el film para luego pasar directamente a escenas en la universidad del personaje que a la manera de un hippie se viste andrajosamente, no usa calzado alguno y no tiene otro rumbo que no sea descansar, pasar sus días y engañar a sus amoríos; todo finalizado con una secuencia cuasi musical en la cual Steve salta por un prado mientras resuena un poupurri de éxitos de los setenta.

«Jobs» se propone presentarnos la vida de un genio de la computación, desde sus primeros años creativos al término de la universidad hasta casi la actualidad cuando vuelva a ser nombrado CEO de su multinacional Apple y su liderazgo, que llevó a su empresa a transformarse en símbolo de prestigio e innovación tecnológica con mayúsculas.

En primer lugar, la duda más grande, y lo que mayor expectativa creaba, es acerca del protagonista. Ashton Kutcher cumple en su caracterización casi mimética. El modo de caminar, mirar, hablar y actuar es muy similar al Steve Jobs real, y el carisma del actor ayuda cuando se quiere demostrar la habilidad en los negocios; este es el mayor acierto del film.

Los roles secundarios también son otro punto a favor, pese a que muchos nombres conocidos pasen como un cameo de una escena; los personajes de Woz (Josh Gad) la mente creativa originaria detrás de Apple y Mark Markkula (Dermot Mulroney), el inversor original, tienen el peso necesario y se roban muchas escenas, más aún Gad como una suerte de comic relief.

Pero detrás de los personajes bien delineados lo que encontramos es una historia que avanza a saltos, que muestra momentos importantes y trascendentales de una vida, y que hace énfasis en un mensaje de progreso cueste lo que cueste.

La idea de mostrar a Jobs como un ser ambicioso, (casi) inescrupuloso, que pase sin más de ser un idealista a un empresario cuyo único objetivo sea el bienestar económico, no parece ser inocente; y aún en los obligados y escasos momentos cuestionables de su vida que se exponen, para cada uno de ellos habrá un momento de redención.

Es más ni siquiera se lo enfatiza como un genio informático, prevalece un lugar empresarial dejándole la creación en manos de otros.

Stern hace un buen trabajo de recreación de época e imprime tensión a la historia como un thriller de negocios; también habrá momentos logrados con una cuidada fotografía; pero la idea cuasi heroica copa todo el relato y la sensación de ve estar viendo un institucional de Apple es más fuerte que la de ver una verdadera historia de vida. Es extraño decir esto de una biopic, en «Jobs» sobran los aspectos técnicos pero falta el aspecto vital.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

“JOBS” (USA, 2013), de Joshua Michael Stern, biopic sobre la vida de una de las mentes revolucionarias más importantes de los últimos tiempos, Steve Jobs, destaca por la soberbia actuación de Ashton Kutcher en la piel del genio rebelde.

La cinta arranca en una asamblea de empleados de Apple (del año 2001) en la que se presenta el revolucionario iPod. Cámara en mano y registrando la espalda de Jobs, conoceremos las oficinas de la empresa que en el año 2012 se convirtió en la más valiosa del mundo entero.

Luego la acción se retrotrae a la década del 70 del siglo pasado, una década en la que conoceremos a un Jobs libre de prejuicios, impregnado del flower power y el hipismo y drogas duras. Esa libertad con la que se manejaba será la que luego intentará mantener en toda su vida, chocando con todo aquel que se oponga a, por ejemplo, sus ganas de no utilizar calzado o falta de higiene.

Jobs es rebelde, o eso cree, y no desea que nada ni nadie lo ate a nada, así, en una película condescendiente con él, que continúa con la construcción de un mito de bronce intocable, no veremos profundizar sobre sus problemas psicológicos, su misoginia, y mucho menos su abandono para con su primera hija, ni hablar de su deterioro y enfermedad. Estos claroscuros son apenas enumerados.

La película se enfoca, más que nada, en la construcción de Apple. En cómo de un pequeño garage, un grupo de inadaptados (nerds, solitarios) empezó a erigir tras la visión y manipulación de Jobs uno de los proyectos más influyentes e inspiradores de la historia.

El proceso obviamente no será fácil, y mucho menos cuando las decisiones que se tomarán para avanzar casi siempre dejan de lado a alguno de los miembros originales del proyecto (algo que deja muy claro “JOBS” es que para triunfar y avanzar se debe traicionar a todo el mundo y en la cinta dejan en claro que Jobs siempre fue su peor enemigo).

Si bien la película posee una estructura y narración líneal y tradicional, es en la reconstrucción de época (vestuario, viviendas, movilidad) y en una efectiva banda de sonido en que destaca. Vaticino una nominación en la temporada de premiación para Kutcher por su gran labor (excepto en dos escenas en la que se escapan alguno de sus tics tradicionales, en casi todo el metraje compone con exactitud la impronta de Jobs). Si me equivoco, al menos acérquense al cine para ver si podría o no estar errado.

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