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«La guayaba»: La inocencia y la terrible realidad

Tiempo de lectura: 5 minutos

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En su segundo largometraje Maximiliano Gonzáles se mete de lleno con una realidad escabrosa y una problemática difícil de abordar, la trata de blancas en el interior del país. Tema que ya fue tratado en otras oportunidades, pero aún así lejos está de haber sido abarcado en su totallidad, y menos aún de ser “pasado de época” o volverse remanido.

Es la historia de Florencia (Nadia Ayelen Giménez) de 17 años que viven e Puerto Iguazú, Misiones, justo en la frontera del país. Como tanas otras, Florencia y su familia (que cuenta con cuatro hermanos y su padre) pasan penurias económicas diarias, los aqueja el hambre y la necesidad.

Como bien dice el dicho, ante la necesidad aparece el aprovechador, y ante Florencia aparece una mujer, claramente citadina, en apariencia simpática, amable, y con promesas de conseguirle un trabajo como niñera y mucama cama adentro de un matrimonio adinerado.

Con toda su inocencia Florencia acepta, promete a su hermano comprarle su ansiada bicicleta con el primer sueldo, y se sube al auto de esa misteriosa mujer, que por supuesto en medio del viaje ya no es tan simpática, traspasa la frontera y la lleva a un bar de mala muerte en donde quedará cautiva, sin documentos, y será ofrecida como prostituta de pseudo cabaret.

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Al principio Florencia se resiste, se niega, ¿pero qué puede hacer? Todos sus intentos son infructuosos, y las otras “compañeras” le aconsejan que haga caso, que se acostumbre.

En el bar los personajes son tremendos, desde el dueño que se aprovecha de todos, la mujer del dueño que también es cautiva a su manera aunque se cree mejor que el resto, y está El Oso (Lorenzo Quinteros), quizás el peor de todos, el que atiende el mostrador, el que se encarga del trabajo sucio.

La Guayaba propone una toma de conciencia, hacernos sentir las terribles experiencias de estas chicas de extrema inocencia, presas de un horror inimaginable, y también, acorde vaya avanzando el relato, trazar paralelismos cada vez más fuertes con el horror de los secuestrados en centros de detención durante la Dictadura del ’76.

En este punto, será vital un personaje encarnado por Marilú Marini del cual no conviene adelantar mucho pero que otorgará una suerte de giro en la historia.El film de Gonzáles es de estructura básica, se reconoce austero, con pocas locaciones y dispuesto a mostrar también desde la imagen lo oscuro y ominoso del ambiente.

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El esquematismo tanto del argumento como de los personajes lo vuelven algo rutinario, y hay momentos en que parece que está todo dicho y cuesta avanzar. Los personajes son buenos o malos, no hay grises, salvo el personaje de Bárbara Peters que muestra algunas flaquezas emocionales.

El giro promediando el final es interesante, aunque no llegué a plasmarse de modo totalmente coherente; y el personaje de Marilú Marini (que junto con quinteros se destacan en el elenco por sólidas interpretaciones) parece extraído de otra película, con reminiscencias a La noche de los lápices.

Así y todo, La Guayaba es una película muy interesante y vale una visión aunque más no sea como un desgarrador testimonio de una realidad mucho más terrible que la que aquí se puede adivinar; otra vez se demuestra que estos horrores son incomprensibles.

TRAILER OFICIAL FILM «LA GUAYABA» from maximiliano gonzalez on Vimeo.

Anexo de Critica por Rolando Gallego

Con varios cortos en su haber, el realizador Misionero Maximiliano González impacta con su segundo filme “La Guayaba” (Argentina, 2013) de manera doble. Por un lado trabaja tangencialmente con la temática de la dictadura, y por otro lado, el eje central, sobre la trata y explotación de mujeres.

Florencia (Nadia Ayelen Giménez) es una joven de 17 años que vive de manera humilde con su familia y pasa todas las tardes jugando con su pequeño hermano Joaquín (Álvaro Sacramento). Por las noches con el niño se escapan de la pequeña y atiborrada casa para encontrar imágenes formadas en el cielo por las estrellas. Mientras lo hacen comen el fruto del árbol que da nombre al filme.

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Un día es tentada por una mujer que con regalos y falsas promesas de un trabajo bien pago se la lleva casi a su pesar a la tierra prometida. Pero ese paraíso de perlas de plástico y dinero casi instantáneo termina transformándose en una cárcel con forma de cabaret de mala reputación perdido en algún lugar del litoral. Un plato de comida por un cliente le dice Raúl (Raúl Calandra) su dueño, su amo, su primer hombre forzado, y así Florencia comenzará a transitar en la prostitución de manera obligada y controlada por el Oso (Lorenzo Quinteros) y la pseudo madama Bárbara (Bárbara Peters).

Ella pide ayuda a aquellos “clientes” que ve con ojos buenos. Pero lo que no se da cuenta es que todos están inmiscuidos dentro de una red que contiene al alicaído cabaret y que es sostenida por policías, gobernantes, profesionales y etc. “Lo lindo se termina rápido” le dice Bárbara, y ella espera que alguien la rescate. La visten, le dan tacos, la joven/niña intenta hacer lo que le piden, pero no puede.

“Ningún trabajo es fácil” le escupen en la cara. Y ella lo sabe. Y llora y sufre. Y sueña con su hermano y las estrellas. Un día hay un accidente en la puerta del cabaret. Florencia aprovecha que todos están ayudando a las víctimas y sale afuera.

Alguien la mira desde dentro de un vehículo. Le gritan y la obligan a volver. En ese gesto de acompañar aunque sea sólo con una mirada estará luego su posible salvación, porque sin adelantar mucho, en un momento alguien, gracias a Dios, finalmente le dará una mano a Florencia.

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González filma “La Guayaba”, que ya pasó por el Global Peace Film Fest 2013 y el Festival de Manheim-Heidelberg 2013, no tanto desde un lugar de suntuosidad o exageración, sino más bien desde la simpleza y lo básico de colocar la cámara expectante de las situaciones. Con grandes momentos de digresión, planos detalles, principalmente de los objetos y vestimenta de Florencia, como así también la utilización de algunas elipsis (pasos por escalera) hacen que el centro de la película sea lo que denuncia más allá de cómo lo hace.

Casi al finalizar y luego de una reflexión de la protagonista que hace de esto de “sin clientes no hay trata” una declaración inobjetable, aparece la gran Marilú Marini en un papel que dará mucho que hablar y que la hace la portavoz del mensaje sobre la dictadura que mencioné al inicio de esta reseña. Honesta, simple, sin ambiciones más que la de contar y denunciar, “La Guayaba” cumple con las premisas que quiso contar y un poco más.

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