«La pasión de Michelangelo»: creer o…

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¿Qué pasa cuando una sociedad quebrada, dolida, humillada, empieza a creer en algo que no debería? ¿Qué sucede cuando la fe puesta en el otro se rompe y se apela a buscar algún aliciente para una vida triste y gris que ya no se llena con rezos y plegarias? Algunas respuestas las podrán encontrar en “La Pasión de Michelangelo” (Chile, 2012) de Esteban Larraín (sí un Larraín más en el cine).

La película retrata un suceso acontecido a comienzos de la década del ochenta (1983) del siglo pasado en Chile. En un pequeño pueblo llamado “Peñablanca” un joven de 14 años llamado Miguel Ángel (Sebastián Ayala) dice a los cuatro vientos que la Virgen María se le ha aparecido y le indica mensajes porque él es su hijo. El joven conmociona al pueblo con sus revelaciones y miles de fieles de todo el país se acercan a verlo al monte desde donde despliega su carisma. “La fe mueve montañas” dice un refrán. Acá la fe hace que todos vayan a la montaña para conocer a Miguel Ángel.

Pero detrás de los mensajes y esa imagen angelical hay un secreto, el que intentará descubrir el Padre Ruiz Tagle (Patricio Contreras) enviado por la comisión episcopal. En ese descubrir y proceso de investigación canónica (que lleva más de dos meses) el propio padre pondrá en duda sus verdaderas creencias y su vocación caritativa.

Los medios de comunicación y la prensa inscripta en la matriz popular se hacen eco del fenómeno y también los habitantes del pueblo, quienes ven en Miguel Ángel y sus revelaciones una posibilidad de volver a creer en algo, desatendiendo a la dura realidad de la dictadura comandada por Augusto Pinochet.

El cura es el único capaz de ver a nivel macro lo que realmente sucede. Miguel Ángel víctima del bullying por su homosexualidad, comienza a manipular al cura del pueblo (Aníbal Reyna), quien con su doble moral estimula al adolescente, y los vecinos (Catalina Saavedra) para poder sacar su propio rédito.

La amenaza de superchería, de falsos estigmas y adoración a deidades erróneas siempre ha molestado a la Iglesia, y más cuando el fin de lucro acompaña.  “La Virgen ha venido a salvar almas” grita el joven. Los fieles, hasta aquellos que han dudado, lo alaban nuevamente.

¿Cuál es el truco? ¿Cuál es el engaño? El Padre Ruiz Tagle habla con los habitantes, uno le dice “Si ellos quieren creer, hay que dejarlos”. Pero sabe que no es lo correcto. Más cuando Miguel Ángel cambia su pasiva actitud a la de un caprichoso dictador que manipula el entorno a su favor. “Sáquense los zapatos. Coman Tierra” grita. Y sólo unos pocos continúan ciegamente confiando en que es verdad todo lo que ven.

Larraín logra un filme emotivo, cargado de imaginería popular, con altas dosis de tensión sexual y suspenso, y muestra la perversa transformación de un pueblo y un joven sin ambiciones en un medio para continuar controlando los impulsos de una sociedad reprimida y retrógrada.

Fuerte, contundente, clara y bien construida, una paradoja de la fe y su relación con la sociedad y los fenómenos mediáticos, la película cuenta con grandes actuaciones, como la del joven que interpreta a Miguel Ángel (Ayala) y al matrimonio conformado por Modesto (Roberto Farías) e Irma (Saavedra, otra vez dando clase luego de “La Nana”), pero que sobresale por la sobriedad y el estilo de uno de los mejores actores del continente, Patricio Contreras. De visión imprescindible.

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