«La Reconstrucción»: mapa del corazón humano

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Juan Taratuto, hasta este film, era conocido en el medio como un hacedor de sólidas comedias románticas, productos a los que les fue bien en la taquilla y que lo posicionaron bien en la industria. En su cuarto opus como director, decide dar un golpe de timón y escribir, junto a Diego Peretti, un drama hecho y derecho. Y el hombre demuestra estar a la altura del desafío.

Decididamente, “La reconstrucción” es la película más personal de Taratuto. Lo percibimos en cada fotograma, en la prolija manera de narrar silencios a través de la imagen y en el alto nivel de las interpretaciones logradas: aquí hay corazón, y se nota. Ambientada en el sur, la historia de un hombre abrumado por la adversidad, inmóvil y abandonado, cala hondo en los espectadores y moviliza emociones y procesos reflexivos que desde la butaca, se valoran y agradecen. El relato presenta a Eduardo (Peretti), parco y cortante ingeniero hidráulico que trabaja en Río Grande y desde su manera de conducirse en su mundo, sabemos que algo está mal. Es visible que alguna tragedia personal lo ha hecho perder su centro y él está entregado a su dolor, sin poder reaccionar.

 

Un viejo amigo de la infancia, Mario (Alfredo Casero), llama para pedirle un favor enorme: que pase por Usuahia a hacerse cargo de su negocio por unos días, dado que él debe ausentarse y no quiere descuidarlo. Eduardo acepta y parte a dar una mano, no sin antes protestar de lo lindo: él rehúye el contacto humano, su dolor le impide abrirse al mundo. El afecto de Mario y familia (su esposa es jugada por una destacada Claudia Fontán) le abren las puertas de su casa, y pronto, Eduardo se encontrará con la necesidad de (re) crear vínculos nuevos, amplios, complejos, de manera de poner afuera lo que tiene en su pecho y… sanar, o dejarse ir.

“La reconstrucción” posee un guión interesante, en el que dominan escenas donde las palabras, sobran. Basta ver la enorme interpretación de Peretti, como elemento basal del andamiaje propuesto: su interioridad desborda, invade, conmueve. Es gesto adusto y transmisión de infinita melancolía.

 

El relato (hay que reconcer), es áspero, incómodo de a ratos pero magnético: difícil desconectarse de los sentimientos que genera. Taratuto se apoya en la belleza natural de la zona donde filma y eso le suma: el frío cala los huesos y la platea lo siente, hay mucho hielo (y angustia) en el corazón de los protagonistas y es una sensación palpable, física.

En síntesis, un film que propone poner el lente en los procesos de reconstrucción personales e íntimos. Acierta en casi toda su extensión (aunque nos hubiese gustado algún giro menos previsible para su resolución) aunque demanda mucho trabajo interno en el espectador, ya que es de las propuestas que tocan situaciones límites y la intrincada geografía del corazón humano. Dentro de la profunda oscuridad, siempre hay posibilidad de generar un cambio, ahí nace el gen de la reconstrucción aquí propuesta. Muy buena alternativa para este fin de semana largo.

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