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«L’écume des jours» (La espuma de los días): amor surrealista

Tiempo de lectura: 4 minutos

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La nueva película de Michel Gondry (director de una trayectoria interesante pero que sin duda tuvo su momento cumbre con una de las mejores películas de los últimos tiempos, «Eterno resplandor de una mente sin recuerdos») vuelve a contar una historia de amor y esta vez del modo más surrealista que puede hacerlo.

Para eso contó con un trabajo de arte muy cuidado y creativo, sin duda producto de una imaginación desbordante. Así, Gondry sitúa a sus dos protagonistas en un mundo que se parece al nuestro pero nunca del todo.

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Basada en la novela póstuma de Boris Vian, el protagonista es Romain Duris, uno de los actores franceses que más ha trabajado en los últimos años, en el papel de Colin, un hombre que quiere enamorarse a toda costa pero no lo logra hasta que acude a una fiesta donde conoce a Chloe, Audrey Tautou (quien ya protagonizó con Duris la trilogía del director Cédric Klapisch), una muchacha bonita y adorable a la que un día le crece una flor en el pulmón y a partir de ahí enferma y, cada vez más débil, debe ser tratada con mayor cuidado.

A partir de ese momento es fácil suponer para qué lado, y tono, apunta la película. Y además, una de las decisiones estéticas más simples e interesantes, el director decide que la película vaya perdiendo color a medida que la historia avanza y ésta se va tornando más dramática.

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«La espuma de los días» es una película inventiva, colorida y divertida, más allá del tono dramático que va adquiriendo a medida que se sucede. Su director incluso se permite un pequeño papel en ella y entrega una propuesta bella que, de todos modos, no puede evitar depender más de lo visual, donde es desbordante, que de lo narrativo, donde apela a una trama más bien simple y predecible.

En medio de tanta imagen hay unos cuantos símbolos interesantes (algunos más obvios que otros) y si bien su duración es un poco más extensa quizás de lo necesario lo cierto es que es una película muy disfrutable.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Hay oportunidades en las que es bueno saber parar con la demagogia para evitar seguir ensalzando propuestas atribuladas sin corazón que sólo buscan el impacto visual para así justificar su razón de ser.

Tambièn hay que saber advertir cuando un realizador, como en este caso, Michel Gondry, está presentando un producto menor, que termina por refritar muchas de las ideas que hace tiempo tiene sobre aquello que considera cine, y que tal vez otrora, pudiese impresionar o sorprender a los espectadores y la cinefilia.

Dueño de una filmografía particular, en donde el surrealismo y hasta cierto realismo mágico han dictaminado los vectores narrativos de sus películas, en «La espuma de los días» (Francia/Bélgica, 2013), la adaptación que hizo de la novela de Boris Vian, la propuesta termina fagocitando las buenas intenciones con las que inició el relato y termina por plasmar ciertas ideas del cuento pero transformando su transposición en un lienzo kitch sin sentido.

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Si quizás el barroco escenario que armó para los protagonistas Chloe (Audrey Tatou) y Colin (Romain Duris), dos enamorados trágicos, que sienten su pasión con alegría, pero también con mucho dolor, hubiese quedado más en un segundo plano, quizás el resultado hubiese sido otro.

Pero no, en «La espuma de los días» el cómo supera a el qué, por lo que se termina por una vez más perdiendo una estructura narrativa principal, y bien sabemos que Gondry no es Terry Gilliam, por lo que su vuelo visual nunca puede terminar por generar más interés que la totalidad del filme.

Gondry, una vez más, cree que puede seguir apostando más a la forma que al contenido y así es como termina por resentir la propuesta sin ninguna justificación acerca de la utilización de determinados elementos que no tienen razón de ser en el filme.

Tatou y Duris hacen lo que pueden con el material que el director les acerca, y aceptan jugar en cada uno de los artificios que éste creó para la historia.

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Si en «L’écume des jours» Vian analizaba, con buen tino, la historia de amor desesperada entre los protagonistas, quienes deben de alguna manera poder superar la enfermedad de ella (una flor le está creciendo en los pulmones) a fuerza del empeño por el para progresar y superar los obstáculos que le aparecen, Gondry hiperboliza esto y termina por ridiculizar el verosímil que Vian había podido construir a lo largo de las páginas de la novela.

Mientras la enfermedad avanza, «La espuma de los días» busca hacerlo también con el universo que se va conformando alrededor de ellos, un espacio en el que se comienza a cerrar sobre sus pasos y en el que ni siquiera la música (Colin es amante del jazz) liberará de sus cadenas a cada uno de los amantes en desgracia.

Fallida transposición en la que el director se coloca por encima de la historia y de sus protagonistas, es hora que alguien pueda acercarse a Gondry, pedirle más contenido y exigirle, de una vez por todas, que deje de envolver sus productos con un envoltorio ambicioso y que en el fondo termina en el piso luego de abrir el paquete.

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