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«Los bañeros más locos del mundo»: La Playa del Recuerdo

Tiempo de lectura: 3 minutos

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Atención ochentosos y admiradores del cine nacional pasatista, esta semana hay una cita obligada en el cine para ustedes. Los Bañeros más Locos del Mundo, una de nuestras comedias de producción en serie más recordadas regresó a los cines de la mano de un grupo de trabajo que se dedica a realizar una suerte de rescate de todo aquello icónico de una época que, a simple vista parece haberse perdido.

Éxito rotundo en su momento e infatigable repetición de los fines de semana de la TV de aire, ¿Habrá alguien que no sepa de qué se trata? Es la tercer película de la Brigada Z (Emilio Disi, Berugo «Benito» Carambula, Gino Renni, y Alberto Fernandez de Rosa) y la primera en comenzar a bifurcarse de la idea original de una comedia con toques policiales a lo Locademia de Policías. Acá el “homenaje” podría encontrarse en Tiburón, o directamente hablar de un aprovechamiento de un paisaje tan característico de nuestras vacaciones populares como lo es Mar del Plata.

Luego de un incidente durante un ágape protocolar, el Sargento Vinagre (Mario Castiglione) envía a la Brigada a unas vacaciones obligadas. Juntan unos pesos y haciendo dedo quieren llegar a La Feliz, pero los problemas empiezan desde el principio, una “chorra” les roba la mochila con el dinero y terminarán acampando en plena playa. Luego de probar varios trabajos sin suerte, terminarán con tratados como bañeros (aún sin saber nadar) en el balneario de Victoria (Mónica Gonzaga), enamorada de su bañero principal León (Adrián “Facha” Martel). Claro, también habrá problemas con los malhechores, una banda de mafiosos, planea un robo al Casino, y así los muchachos deberán entrar de vuelta en acción.

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La llegada del 3D masivo y la digitalización a las grandes pantallas, trajo esta arista de re-estrenar clásicos de todo tipo en estos formatos. Pero como ya sucedía con Esperando la Carroza, si bien el trabajo de reconstrucción es impecable, el sonido se escucha de maravillas, y la tridimensionalidad le queda simpática; en realidad no deja de ser una excusa para poder volver en pantalla grande estos títulos que, valores más valores menos, quedaron en la memoria de todos; y bienvenido que así sea.

Ver de nuevo a Los Bañeros… en sala es una verdadera fiesta. Estas películas siempre tuvieron y tienen sus detractores, pero lo cierto es que traían una cuota de frescura a la pantalla. No se puede negar que son representativas de su época y que tienen un público bien definido y fiel.

Ni Carlos Galettini quería ser Steven Spielberg, ni Salvador Valverde Calvo buscaba escribir un guión galardonado. Lo mejor de estas películas es la autoconciencia de saber lo que son, puro entretenimiento.

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En alguna entrevista Valverde Calvo hablaba sobre la titánica tarea de trabajar en producciones cinematográficas en serie, en donde para el verano estrenaban una y ya trabajan en la próxima para el invierno. Eso, como otros datos de color, la hacen única de su época. Los Bañeros… no puede ser vista sin contextualizarla dentro de su período.

El humor inocente, la picardía sexual naif, el cuasi romanceo de la pareja protagónica, y ese espíritu bien clase B desprejuiciado; pese a ser la burla de varios, es lo que la convierte en adorable y lo que su público venera una y otra vez.

Como un chapuzón de buenos momentos llegan estos bañeros, para el gusto de los fanáticos, y para que aquellos que no lo son tengan, por lo menos, la oportunidad de ver algo de una época en donde los valores predominaban por sobre la grandilocuencia.

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