«Rosalinda»: Shakespeare a colores

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Esta semana se ofrece en la sala Leopoldo Lugones un programa doble compuesto por un largometraje de escasa duración y un mediometraje, ambos del director Matías Piñeiro, y que, pese a no haber sido trabajados en conjunto, se complementan mutuamente.

El largometraje es «Viola» (resñada por mi compañero Rodrigo Chavero que pueden leer aquí: ,http://bit.ly/13HERcj ) y fue presentado en la última edición del BAFICI y el mediometraje (objeto de esta reseña) lleva por título «Rosalinda», formó parte de un tríptico junto a otros cortometrajes para el Festival de Jeonju en Corea, y está inspirado en otra obra del autor inglés «Como les guste».

Piñeiro es de esos directores a los que les gusta jugar con las formas, manejarse en el borde de lo críptico y lo lúdico, y al fin usar la imagen de un modo sensorial, y en Rosalinda (al igual que en Viola) parece sentirse a sus anchas con este “método”.

El lugar es la Localidad bonaenerense de Tigre, mucho verde, muchos colores, mucho sol. Allí un grupo de jóvenes se encuentra ensayando una puesta en escena de cómo les guste, pero lo que podía empezar como una suerte de movedizo making off, pronto se intercala con una historia dentro de la historia, Rosalinda, una de las chicas comienza a utilizar su celular para resolver problemas sentimentales, y entre el desagrado y desconcentración del grupo comienzan los enredos amorosos propios del Shakespeare inspirado, le letra pasa a la realidad.

Algo similar a lo que ocurre en la excelente «César debe morir», reciente estreno de los hermanos Taviani, pero casi en un sentido opuesto. Piñeiro opta por el trabajo con la imágen, el movimiento constante, la contraposición de formas y colores, y sin dudas, por el texto ligero y alborotado; en momentos casi una puesta Kitsch del clásico en que se inspira.

Es cierto que la obra de este joven cineasta (estudió en NY y su estilo desprejuiciado es difícil de encasillar), parece propicia para el regodeo festivalero, para el público ávido en la intertextualidad, para aquellos que aman el poderío críptico de la imagen. Puede ser útil advertir a un espectador más “desarmado” que se encontrarán con 43 minutos que no serán fáciles de digerir para alguien que busque algo más tradicional, o lineal, por definirlo de alguna manera.


«Rosalinda» maneja los ejes ligeros y chispeantes de una obra directa, pero a la vez con varias vueltas que dejan entrever que no estamos frente a una esquemática comedia inocente.

Lo dicho, este díptico de Piñeiro hará las mieles de quienes admiran un cine que otros consideran selecto, aquellos que van en busca algo más a una sala. Su sentido de la curiosidad y su estilo narrativo le ha significado las palmas en más de un festival y la máxima aprobación en las miradas de muchos entendedores.

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