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«The Conjuring» (El conjuro): La mística detrás de la creencia

Tiempo de lectura: 3 minutos

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El matrimonio Warren se autodefine como “investigadores de lo paranormal” y se ríen de aquellos que los tildan como “cazafantasmas” o “embaucadores”. Hace años que se dedican a ayudar a aquellos que sienten que sus vidas cotidianas son amenzadas por la presencia de “seres” que alteran sus descansos y rutinas.

Ed (Patrick Wilson) es muy precavido con la elección de casos para investigar desde que Lorraine (Vera Farmiga), en medio de un exorcismo, quedó muy impresionada por algo que vio y dejó de comer y levantarse de la cama por ocho días.

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Así es como en medio de una presentación, en 1971, los aborda Carolyn Perron (Lily Taylor –recuperada para la pantalla grande, ¡gracias!-) para que vayan a su casa de Rhode Island, para analizar, según la mujer, algo o alguien que está haciéndoles la vida imposible a sus cinco hijas y marido (Ron Livingston). El matrimonio acepta sin saber que su propias vidas y la de su pequeña hija será amenazada.

“El Conjuro” (USA, 2013) de James Wan (“Saw” e “Insidious”) retoma la narrativa de las clásicas películas de terror (espacios, planos, música, colores, texturas) de los años setenta y ochenta del siglo pasado (“The Omen”, “The Fury”, “The Exorcist”, “The Entity”, entre otras) y hasta los trazos gráficos de los títulos. Pero también tiene mucho de la primera temporada de “AHS”, esto de una vivienda con un oscuro secreto.

Wan nos cuenta esta historia de casa “embrujada” de manera pausada, con momentos laxos que van generando familiaridad con la historia y con lo visible de la pantalla. El suspenso puede detonarse por un ruido o una “presencia” y hasta el último minuto de su duración nos logra mantener en vilo. Es que ¿hay algo más amenazante que los ruidos de una casa desconocida en medio de la madrugada?

Uno de los grandes aciertos del director es la elección del casting, desde los adultos a los niños. Cada uno de ellos se ofrece a la interpretación con sobriedad y profesionalismo y llevan el tema del filme, que ya se ha versionado en cientos de oportunidades, como si fuera la primera vez.

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La casona de los Perron, inmensa, casi abandonada, recibe a la familia con los brazos abiertos (menos a Sadie, la perra que no quiere entrar), hasta que jugando, las niñas descubren un sótano (infaltable en una película de género) y ahí empiezan a suceder cosas raras. A las 3.07 AM los relojes se paran y el frío y el hedor comienza a circular por la propiedad.

Moretones, manos que agarran brazos y piernas mientras descansan, y, principalmente, ruidos, muchos, hacen que la familia no pueda continuar con su vida. Por eso contactan a los Warren, quienes con sus técnicas y equipamiento podrán descifrar qué está pasando en realidad en esa vieja casa.

“El miedo se define como la sensación que proviene de la inminencia  del peligro” dice el personaje Ed en un momento, y en ese esperar el impacto, es en lo que Wan logra su mayor punto en el filme. Nunca sabemos qué pasará, qué imagen horrenda nos asustará, o sí, pero ahí está el disfrute de este tipo de películas.

Multiplicidad de estrategias discursivas (cámara en mano, planos secuencias, travellings), una excelente reconstrucción de época (en la vestimenta, automóviles –Rambler Ambassador-, música, programas televisivos –La tribu Brady, en un juego de diferencias y semejanzas con los protagonistas-, en la vivienda-empapelados, amplitud-, etc.) y un guión que con solvencia retoma mitos y clásicos del género (“Las brujas de Salem”, muñecos endemoniados, Batsheba, insultos a la santísima trinidad, exorcismos, etc.) hacen de “El Conjuro” una de las mejores propuestas del género de los últimos tiempos.

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