«To Rome with love» (A Roma con amor): Enredos a la italiana

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Tras visitar París y Barcelona, Woody Allen marchó rumbo a Roma para filmar esta película, en lo que algunos denominan su «etapa turística». Se trata de una comedia de enredos, con muchas historias paralelas, un elenco lleno de actores conocidos, como es habitual en Allen, y la escenografía natural de una ciudad hermosa.

Parcialmente hablada en inglés, el resto en italiano, los temas de las historias varían: la fidelidad, el amor, la fama injustificada y efímera, la angustia por la pérdida de un «lugar» en la vida, la muerte. En particular el personaje que interpreta el propio Woody Allen, un músico jubilado, transmite mucho de los miedos habituales en sus caracterizaciones, especialmente el miedo a las enfermedades. Pero también nos expone uno de los que podrían ser los miedos actuales del director: el temor a la inactividad, a dejar de hacer lo que siempre hizo. El análisis que hace su esposa psiquiatra en la ficción es que equipara el retiro a la muerte, y bien podría ser la razón tras la prolífica producción de Allen en este último tiempo.

Algo que puede desconcertar al espectador, es que si bien las historias están narradas en paralelo, no todas tienen la misma duración temporal. La historia de Penélope Cruz, una prostituta que se equivoca de cliente, por ejemplo, transcurre en un día, mientras que la de Allen, potencial suegro de un italiano defensor de los trabajadores cuyo padre es funebrero – nada más y nada menos – implica mucho más tiempo. Otras de las historias son la de Jesse Eisemberg, estudiante de arquitectura que se ve envuelto en una situación complicada con la mejor amiga de su novia, y la de Roberto Benigni, un ignoto empleado clase media, que de la noche a la mañana se hace famoso. De todas, ésta es quizás la historia con más trasfondo, al dejar en ridículo toda la maquinería mediática, e incluso las reacciones de la gente común ante las «celebridades».

Si bien no es su mejor film, no por eso A Roma con amor deja de entretener y resultar agradable. Es una película con una atmósfera fresca, música simpática que remite al cine italiano de los años ’70, y bellísimas locaciones. Hay gags muy divertidos, y otros no tanto, pero la película funciona y está bien resuelta.

Con otra tónica que «Medianoche en París», Woody Allen mantuvo la tipografía de sus títulos, pero en esta oportunidad, salimos del cine cantado «Volare».

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