«Un cuento chino»: choque de culturas en clave nacional

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Es imposible comenzar cualquier crítica de este film, sin hablar de Ricardo Darín. Un consagrado actor argentino, de proyección internacional que, merced a su talento y carisma, ha llegado a convertirse en un profesional seguido incondicionalmente por el público. Hace poco decía, un poco en broma y otro poco en serio, que Darín podría hacer «Los tres chanchitos» y que irían 100000 espectadores a verlo seguro, el fin de semana del estreno. Ese atributo que posee, hace que «Un cuento chino» haya sido elegida en forma masiva por la audiencia, a poco de estrenarse. Proyecto apoyado económicamente por muchos notables del mundo de la industria y de afuera, le llega el momento a su director, de dirigir un film masivo y elige apoyarse en la solidez de un intérprete notable que blinda la película ante cualquier tipo de fracaso.

Este trabajo de Sebastián Borenzstein no me parece uno notable, ni mucho menos (en más, si no estuviera el hombre en cuestión estaría dentro de las regulares, promedio que el cine argentino nos trae en forma bastante habitual), pero completa su cometido primario: entretener al público con nobles armas. Cuando el guión se queda corto, hay alguien que toma las riendas y no podemos dejar de seguir en pantalla, con lo cual, la llegada a la audiencia está garantizada. Señores, es Ricardo Darín, alguien puede quitar los ojos de la pantalla cuando él domina la escena?  

«Un cuento chino» es el segundo largo en nuestras tierras del conocido guionista y productor, Sebastián Borenzstein, el anterior («La suerte está echada») ya había plasmado cual sería el leiv motiv de su línea, el azar, las situaciones cotidianas que devienen en complicaciones, leves, pero molestas, la incomunicación, la voluntad para enfrentar lo que el destino trae. A Borenzstein eso le interesa y mucho. Su veta deviene rica, si se piensa en que hay un campo fecundo para desarrollar ideas divertidas e intensas en esos contextos. Y también, porque no, pensarlas con sesgo dramático. Este cineasta es muy hábil en la construcción de situaciones en las que la ironía fina de dibuja en los rostros de sus personajes, aunque no haya palabras que la pongan en juego en el afuera. O sea, la línea del film será entonces, cómo la suerte, de alguna manera, juega de extraña manera en la vida de los sujetos y cómo, por mucho que intentemos esquivarla, nos termina golpeando en la cabeza. Bah, como una vaca caída del cielo.

Esa es la anécdota (real?) de salida: Jun (Ignacio Huang) vive en una provincia china, está enamorado e invita a su novia a dar un paseo en bote. En esa circunstancia, y cuando él se prepara para proponerle casamiento, desde el cielo se desploma la nombrada vaca y… bueno, fin del romance. Esta depresión hará que Jun viaje a Buenos Aires, con una dirección escrita en un brazo a buscar a su tío, en busca de consuelo y protección ante tanta adversidad.

Aquí, aparecerá Roberto (Darín), un hosco y duro ferretero que parece vivir encerrado en sus propias fobias y neurosis. Posee un local donde atiende al público y la casa en el mismo lugar, es ex combatiente de Malvinas y está soltero. Su madre murió cuando nació y su padre, a los 18 años. Está solo, y no es broma: su vida es devastadoramente rutinaria. Horarios asfixiantes, panes comidos sólo en su miga, miedo al amor (es perseguido por una encantadora Muriel Santa Ana, en un rol luminoso para la trama) y obsesión por los detalles son su carta de presentación. Y nada más. Indudablemente, la vida golpeó fuertemente a Roberto y lo endureció, está preso de sus costumbres y creencias. Pero es un buen tipo. Es noble. Y eso, termina haciendo querible al personaje.

Ricardo Darín corporiza al argentino medio, 50 años, culto a la muerte (y no lo digo en forma despectiva, sino como rasgo notable) y veneración del pasado, barrio, nobleza, ironía y apego a las tradiciones. Su Roberto levanta la ceja y todo el cine contiene la respiración, para emocionarse o para reirse. Todos somos Roberto y eso permite que el relato, que no es gran cosa, cobre vida y altitud.

Cuando Jun se cruza, solo y deseperado, con Roberto a pocos metros del aeroparque, el destino cambiará para los dos. El muchacho que viene de oriente sólo habla chino y Roberto, bueno, no. Este ruido en la comunicación hará que el choque cultural sea más interesante para ver, porque no estará expresado en palabras sino en gestos. Cuando los dos acuerdan (tácitamente) convivir hasta que aparezca el tío de Jun, el ser nacional se enfrentará con el ser chino y será entretenido ver cómo se articulan las dos culturas, en una situación extraña, a veces delirante, pero que termina siendo creible por el oficio de Darín y el correcto trabajo de Huang.

Lo que del film no termina de cerrar es esta contenida disyuntiva entre el relato cómico, o el drama sutil. «Un cuento chino» coquetea con los dos, le agrega crítica social (la escena en la comisaría lo muestra) y muestra un tablado austero donde hay muchos gestos y pocas palabras. Como historia, me parece que le falta definirse, como producto para pasar un buen rato, le sobra. El problema es que el guión es lento (y para marcar las rutinas, abusa de algunos señalamientos) y el film es un poco largo, la anécdota inicial atrae durante el principio, pero cuando las sonrisas comienzan a escasear y lo inevitable se aproxima, falta intensidad dramática. El tono elegido no está en la paleta del director y eso hace que el cierre pierda fuerza. De todas maneras, a esa altura, la entrada está pagada con un par de escenas donde el malentendido brilla con fuerza. No hay problema.

Todos salen del cine con la sensación de que la pasaron bien, pero que esperaban más. Quizás porque profundizando la veta del desencuentro, la película podría haber sido inolvidable. Y si se hubiese elegido ir en busca de un drama hecho y derecho, con todas las de la ley, seguramente también, Materia prima había de sobra. Pero en esta vuelta, nos quedamos a mitad de camino y sólo podemos confirmar que la última película de Sebastian Borenzstein es aceptable, genera buen diálogo con el público y se deja ver. No es un film de fuste (ni creo que pretenda serlo) ni mucho menos. Es sólo una correcta cinta para pasar el rato. Es esperable un salto de calidad en este director de cara a lo que viene: ya tiene al público de su lado. Gracias a Ricardo Darín, por supuesto.

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