«Violeta se fue a los cielos»: música del alma

Tiempo de lectura: 4 minutos

Violeta Parra es una de las figuras emblemáticas del canto latinoamericano. Chilena, artista multifacética (pintora, escultora, bordadora y ceramista), fallecida relativamente joven (a los 49 años, si mal no recuerdo), esta mujer es ícono de la cultura popular andina. Su obra ha dejado huella profunda en la memoria de su pueblo y por eso, esta era una biopic muy esperada desde el momento en que Andrés Wood, (director muy popular en aquel país), presentó su proyecto de recrear esta biografía. Para quienes no la conocen (a Violeta), su talla sería el equivalente a lo que fue para nosotros, Mercedes Sosa. Muchas de sus temas se han vuelto himnos populares (por ejemplo, “Gracias a la vida” y “Volver a los 17” ) y su trabajo de antropóloga musical reconstruyendo las canciones folklóricas tradicionales es símbolo para los estudiosos del tema.

Lo cierto es que ella era una figura de proyección internacional que, por fuertes contradicciones personales, terminó su vida de manera abrupta y dolorosa para sus seguidores. Se quitó la vida tempranamente, afectada por la depresión de un amor no correspondido y su nombre se transformó en leyenda, símbolo del canto trasandino.

 

 

Wood, al comenzar a esbozar lo que sería esta biopic, hizo un gran trabajo de investigación sobre la vida de Parra, pero se apoyó principalmente, en el libro homónimo de Angel, hijo de la cantautora. En él se cuenta, con bastante crudeza, el rostro poco visible de la humanidad de Violeta, las características que la hacían única, pero también sus enormes debilidades, fantasmas y pasiones más complejas, marcas visibles de una artista singular.

«Violeta se fue a los cielos» no es construída linealmente como la mayoría de las películas de su especie. Juega con la temporalidad y la combinación de distintos elementos que subrayan la genialidad y la locura de la cantautora. Conoceremos su infancia (con ese padre docente que bebe de más y muestra dos facetas distintas en su rol), esos primeros años donde esta niña pobre, de rostro poceado y curtido por el sol, da pasos decididos hacia su primer gran amor: la música. Accederemos también a aquellas presentaciones que la marcaron como artista, desde su juventud (prestar atención a la escena donde ella canta a los mineros, magia pura) hasta su adultez, donde la veremos marcar tendencia en Europa (incluso convertirse en la primer expositora de América Latina que tuvo muestra personal en el museo del Louvre con sus creaciones) y enamorarse perdidamente de un músico suizo, Gilbert Favre, a la postre, creador de la legendaria banda boliviana Los Jairas, donde el hombre en cuestión tocaba la quena.

Pero esto no es todo, veremos la muerte accidental de uno de sus hijos, cuando ella parte invitada a cantar a Polonia (durante su primer matrimonio) y otros momentos muy intensos como la creación de la «Universidad del Folklore», (aquella mítica carpa donde se proponía enseñar y formar músicos en la tradición más pura ubicada en «La Reina») y el memorable recital donde se insulta con el embajador enojada por el trato que recibía luego de cantar ante la selecta oligarquía chilena. Postales que se entremezclan como desordenadas en un album, y que van construyendo un retrato de Violeta que conmueve y moviliza al espectador. Aunque no la conozcan, amarán a esta mujer, por la pasión con la que vive su existencia…

El director elige algunos elementos simbólicos y le da entidad mágica, pero son sólo mojones que marcan la trama, la poesía en esta construcción se hace presente desde la cuidada fotografía (esos paisajes andinos…) y una estupenda banda de sonido, con canciones que grafican y potencian muchas escenas de la historia.

Claro, todo esto no podría llevarse adelante sin haber encontrado a alguien como Francisca Gavilán, actriz que sorprende por su versatilidad y compromiso físico con el personaje. Su integración es total, ella ES Violeta. Canta, y lo hace muy bien. Ama, con toda la locura y ternura posible. Su actuación es de los puntos más altos del cine sudamericano este año. Tremenda.

El resto del elenco luce ajustado, pero Gavilán se roba la película de punta a punta.

Muy emotiva, «Violeta se fue a los cielos» es un homenaje exacto y sentido para una figura fundamental de la música popular chilena. Este film la recuerda en su dimensión artística, pero sobre todo, humana, y lo hace con un lenguaje visual y auditivo profundo y vivo.

Gran película. Sus ecos resuenan una vez que se encienden las luces de la sala (el final quizás es un poco sombrío), pero la sensación que nos queda es la de haber sido testigos de una de esas películas que los pueblos adoptan y hacen suyas en su memoria colectiva. Lo que Violeta hubiese querido para ser recordada, con seguridad…

Aún no hay votos.
Please wait...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Follow by Email