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«Sip’ohi, el lugar del manduré»: la búsqueda de los orígenes

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Cuando van menos de diez minutos de duración, una frase se desliza de Sip’Ohi El lugar del Manduré, su figura central Gustavo Salvatierra se dice a sí mismo “Este lugar no tiene nada de Wichi”, y de ahí surge el quiebre que da sentido a este documental de Sebastián Lingiardi ¿Cuál es su lugar en el mundo?

¿Qué es lo que necesitan para ser “felices” y hallarse a sí mismos?

Gustavo Salvatierra vive en la ciudad, pero dura sólo un segundo, una toma en este film que escapa por unos minutos del mediometraje; de inmediato Salvatierra regresa a su Sip’Ohi natal, un lugar pensado para que vivan originarios y criollos, pero que hoy en día funciona como un refugio para aquella población de la que el resto parece no acordarse.

Sip’Ohi El lugar del Manduré habla de la búsqueda de los orígenes, tal vez a muchos de nosotros que pertenecemos a las distintas corrientes inmigratorias nos cueste entrarnos, pero lo que se muestra es esta escasa hora son las raíces de la tierra que sentimos como nuestra.

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Salvatierra recorre el poblado y va recolectando las distintas “fábulas” o leyendas que circulan por ahí desde tiempos incontables, y lo hace visitando a su gente, mostrándolos en el día a día. Su idea es juntar todos esos relatos y darlos a conocer al exterior para que los suyos cuenten con una voz propia.

Lingiardi se decidió por una única voz en off en wichi, la de Salvatierra, y muchos silencios, como si las palabras sobraran. Todo lo que se ve y se cuenta se basa en las fábulas que se van compenetrando como no podía ser de otra modo con la realidad diaria que se expone en pantalla.

Es difícil adelantar la recepción de un trabajo como este en un ámbito tan extrapolado como el de la Ciudad de Buenos Aires; Sip’Ohi El lugar del Manduré maneja un ritmo propio, habla de cosas que tal vez más de uno desconozca, y no se preocupa por la agilidad del relato, importan solamente esas historias wichis plasmadas en imágenes.

A más de uno su corta duración puede parecerle mucho más extensa, pero no es el objetivo de Lingiardi que el espectador tenga un pasatiempo. Este documental propone prestar una voz, hacer que aquellos que nunca tienen un canal de expresión la tengan, y el modo de expresarse que tienen es este.

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Si uno presta atención son muchos los aprendizajes que puede sacar de estas historias, como una buena fábula, Salvatierra recorre a chicos y grandes, entra en una radio, se encuentra con trabajadores de distintas ramas, y busca un ayudante en su tarea de recolección de relatos; y de cada uno parece llevarse algo.

No esperen un hilo conductor clásico, aunque tampoco estemos frente a un típico documental con archivo y entrevistas, es un trabajo introspectivo único y con mucho valor si se lo comprende. Quizás no sea lo más cinematográfico, aunque la potencia de muchas imágenes es innegable, pero no se le puede negar un valor social mucho más fuerte que el artístico.

Lingiardio y Salvatierra nos invitar a escuchar y reflexionar, a prestarle el oído a los que muchas veces no se quiere escuchar; su reclamo, que no está expuesto directamente en pantalla, es justo, esta tierra es de ellos, ¿por qué tienen que refugiarse para poder hallarse?

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