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“Algunas Chicas”: Desaparecidas

Tiempo de lectura: 5 minutos

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Con tres películas, Santiago Palavecino (La vida nueva) es un claro exponente del cine Indie local. Como en sus films anteriores se vale del género para adentrarse en una narración mucho más particular.

El universo de Algunas Chicas es femenino, las mujeres son las que expresan sus emociones y dejan sus pulsiones a flor de piel. Un enigmático cuento de suspenso, el centro son cinco mujeres, pero el punto de vista lo posee Celina (Cecilia Rainiero) quien llega a un pequeño pueblo para instalarse en la casa de una amiga a quien hace muchos años no ve.

Celina es médica cirujana y viene huyendo de una relación quebrada. Al llegar al hogar de su amiga, casada, nota la ausencia de Paula (Agostina López) la hijastra de la mujer. Quien parece está encerrada en su dormitorio y no quiere salir de él.

Este halo de misterio se acrecienta cuando al día siguiente Celina salga a recorrer el pueblo y se encuentre con otras dos mujeres, amigas o conocidas de Paula, cada una con características particulares, que la increpan por el destino de la ausente y pronto entran en confianza.

Celina cada vez más se introduce en la historia de Paula, de estas dos mujeres y de su amiga, llenando todo de un misterio palpable. También se siente la necesidad de olvidar, Celina se deja llevar, recorre la zona con cada una de las mujeres, deja que le cuenten más que hablar de ella misma.

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El misterio se agiganta y los lazos extraños comienzan a tejerse, más aún cuando la mentada Paula diga presente. No hablamos de hombres, que los hay, pero no ocupan el rol central, Palavecino los ubica en lugar periférico, de circunstancia o detonante.

El padre de Paula, un dealer, un chofer, y otro par que se revela sobre el final. Todos están ahí, en escena, haciendo sus aportes a las historias de cada una de estas mujeres que son las que expresan qué es lo que les sucede.

El guión se desarrolla cual viñetas, instantes separados en la estadía de Celina, que inicia así un viaje de auto descubrimiento. Como un mosaico gigante que podría funcionar también como gran estructura teatral.

Hay algunos giros importantes en la historia que no conviene desarrollar, pero que un ojo atento puede adivinar a los pocos minutos. Esto no desmerece un guión que finalmente no se inclina tanto por el misterio como por la introspección.

Palavecino es un sólido director actoral, y eso se nota en la armonía lograda en cada escena. Las cinco mujeres logran momentos destacables, en solitario o en apoyo. En especial se destaca la labor de Ailin Salas a quien la cámara adora desde la primera escena.

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Salas, poseedora de esa belleza salvaje y de esos gestos rabiosos sin necesidad de sobre expresión (casi todo lo contrario) acapara cada cuadro en que participa, se adueña de la mirada del espectador; con el personaje más enigmático de todos.

Un gran trabajo en la fotografía, a cargo de Fernando Lockett, quien junto a la disimulada banda sonora generan un cuadro entre lo ominoso y lo cotidiano de quien se adueña de la noche para olvidar sus días.

Finalmente Algunas Chicas no es un thriller, se vale de él para profundizar en un drama sobre mujeres que sufren cada una a su modo, o al mismo modo de todas en conjunto. Donde la identificación con el público femenino es probable que surja de modo natural.

Aquellos espectadores que busquen modos narrativos diferentes saldrán mucho más favorecidos que quienes se introduzcan en la búsqueda de un relato lineal.

Palavecino no sólo habla desde el texto, se vale de la potencia de la imagen, de la gestualidad, y hasta de lo no expresado para que entendamos lo que nos está queriendo contar, algo mucho más regular de lo que aparenta.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Luego de un impasse autoimpuesto, y con una demora de varios años, llega a las carteleras porteñas “Algunas Chicas” (Argentina, 2013), tercer largometraje del realizador Santiago Palavecino, figura clave del cine independiente argentino.

La película bucea en diferentes géneros y estilos para construir una sugerente, hipnótica y enigmática película, que dispara múltiples significantes ya desde su primera escena, que serán apreciados por aquellos espectadores que gustan de las películas en las que nada está predeterminado ni establecido.

En el arranque vemos a una joven en medio de la noche. La misma asume el rol de un espectro quejoso y camina por una vivienda y luego por el parque de la misma sin saber certeramente el porqué de su comportamiento errático.

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Esa es la primera chica (Ailin Salas), de las muchas que irán apareciendo a lo largo de la narración, la que, con una estructura disruptiva, va sugiriendo a partir de la incorporación de otros personajes, situaciones que podrían configurar un contexto para que los mismos circulen, pero que en realidad, y en el fondo, nunca sabremos a qué plano pertenecen.

Lo onírico, presente todo el tiempo en “Algunas Chicas”, es favorecido en el relato a partir de las escenas nocturnas en las que las pesadillas recurrentes de una joven llamada Paula, hija de una mujer llamada Celina, recién llegada al lugar en donde todo acontece, serán sólo la excusa para recomponer el infierno que amenaza a Celina, disparado de su situación particular de recién separada y fugada de su casa.

Así, mientras Celina intenta obtener respuestas sobre su hija y las amigas de ésta, se meterá de lleno en las rutinas a las que las jóvenes están acostumbradas, un errabundeo por los campos, las viviendas abandonadas, y la visita a un misterioso ser (uno de los pocos hombres que componen el universo del filme) que las llena de alcohol, comida y drogas, para que las mujeres continúen su derrotero sin encontrar un rumbo claro.

Esteban, la pareja de Celina, es otra de las figuras masculinas, y la misma es evocada por comentarios verbales, mensajes en contestadores automáticos o en una escena hacia el final en la que asume el rol de participante secundario del “sueño” en el que su mujer se ve inmersa.

 

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La reiteración de algunas situaciones, como así también la inevitable y necesaria duplicación de escenas (las del taxi manejado por Edgardo Cozarinsky son esenciales en este punto), producen la inevitable y orgánica confusión generalizada inherente a la estructura de “Algunas Chicas”, una desorientación que se percibe durante todo el largometraje, y que son la clave del disfrute de la historia.

La lograda puesta en escena y una cuidada fotografía de Fernando Lockett, son las que realzan la calidad del producto, la que, más allá de las experimentaciones que Palavecino implementa con retroproyecciones en algunos cuadros y la artificialidad de cada uno de los viajes en automóvil de los intérpretes, también configuran el universo particular que imaginó para sus “chicas”.

En la búsqueda de una expresividad que pueda reflejar de una manera más fuerte la intención de jugar con los géneros, es en donde este filme, más allá de lagunas, y situaciones inconclusas, se pueda apreciar la intención general de “Algunas Chicas”.

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