«Asia»: simplemente, madre e hija

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Siempre son interesantes los exponentes israelíes que llegan a nuestra cartelera. Y esta vez no es la excepción, con la ópera prima de Ruthy Pribar que abre esta semana en Buenos Aires. No soy afecto a los dramas o el subgénero que puede construirse a través de la travesía de dolor y cambio físico que implica el tránsito por una enfermedad terminal.

Como muchos de ustedes, he visto y reseñado, además, una enorme cantidad de títulos en ese sentido y claramente si no hay un enfoque original, distinto, son films que me cuestan. Lo reconozco. Sin embargo, “Asia” logra mostrarse como una propuesta valiosa y personal. Las cintas que mejor funcionan no son las relacionadas con la agonía y el sufrimiento, sino las que logran transmitir con emoción la vinculación profunda que se produce en la pareja protagónica del film. 

Muchas veces hay un interés romántico ahí, pero también en otros, se presenta una relación familiar como el epicentro emotivo de la trama. 

Esto es lo que sucede en “Asia”. La historia nos presenta a una enfermera que fue madre joven que da título al film, (Alena Yiv) y que cría a su hija Vika (Shira Haas), sola. Son dos mujeres que parecen tener una relación más de convivientes y amigas, que de madre e hija. Asia tiene horarios complicados por su trabajo (hace guardias nocturnas) y Vika se va quedando sola, y en esa vuelta se reúne con los chicos del barrio, intentando ser una más.Pero Vika, no lo es. 

Sufre una enfermedad que, al principio de la película parece controlada y permite cierta organización familiar en virtud de que no impide ciertos desplazamientos y acciones, pero con el correr de las primeras escenas, el cuadro cambia y el deterioro de la salud de Vika se vuelve evidente y preocupante.

Desde ya que el diagnóstico es reservado y por mucho esfuerzo de parte de Asia, su destino parece ser el de ir en viaje de ida hacia el deterioro físico en su máxima expresión. Asia, en ese sentido, pasa de tener cierta distancia real hacia su hija, a revincularse en forma intensa y reformular su rol.

Pribar logra construir un escenario dinámico donde las emociones van edificando un clima denso, melancólico pero a la vez, humano y potente. Esta es una cinta dirigida con madurez y soltura, que se apoya en los excelentes trabajos de Yiv y Haas (que es una estrella desde “Poco ortodoxa” de Netflix), quienes presentan un brillo particular al construir esa relación fraternal y única que se da entre madre e hija.En síntesis, un drama sólido y vistoso, pleno de candidez y emoción que no deberías dejar pasar, si sos habitué del género.

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