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«Big Eyes»: ojos para no verte mejor

Tiempo de lectura: 4 minutos

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Un amigo siempre dice que cualquier película que parta de estar basada en una historia real, automáticamente suma puntos. No estoy muy segura de eso, pero me gusta arrancar de esta idea: sí, Burton quiere redireccionar su cine (lo cual incluye hacer casting y no llamar a Depp y su ex mujer para cualquier película) y se inclinó por este guión bien clásico inspirado en la vida de Margaret Keane.

Cuenta la leyenda que esta particular artista de una timidez crónica, divorciada y con una hija, se encontró a mediados de los 50 con su segundo marido, quien la cuidó tanto que terminó llevándose el mérito por las obras que ella pintaba, diciendo que eran de él.

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El casting, para esto, viene como anillo al dedo: Amy Adams como esta chica tímida y sumamente creativa y Christoph Waltz como este personaje perverso que es mezcla de artista frustrado con un abusador, pasando por lapsos de locura en el que él mismo se creía su ficción y ella empieza a alucinar (cuando digo que es clásico y básico, soy sincera).

La película está cargada de colores brillantes, esa paleta ficticia que Tim Burton tanto usa y abusa. Basta con recordar algunos decorados de “El Gran Pez” o el barrio perfecto de “El Joven Manos de Tijera” para fundamentar esto y a medida que el ánimo de nuestra protagonista cae, va haciéndose sombrío, sello absoluto de su director que si nos quedamos sin contenido suena más a vicio que a sello.

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Si bien ambos actores han recibido nominaciones y nadie puede dudar de su forma de construir personajes, honestamente terminan pareciendo un poco maquetados en este titiritero mundo burtoniano, donde todo radica en la estética y en la música (compuesta por su eterno partenaire Elfman) y los actores no buscan el naturalismo. Acá lo que prima es la cáscara y la historia, pero no es un film de personajes.

Las dos canciones de Lana del Rey son memorables y el resultado es más que llevadero, sin pasar por alto a la batería de secundarios que ayuda mucho a elevar su nivel. El resultado final, si no conocés la historia original sobre todo, es bueno, pero en esta búsqueda de rumbo nuevo Tim se quedó con los vicios y perdió la identidad: entregó una película formalmente apenas correcta y desperdició recursos que muchos directores matarían por tener.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Con pocos destellos de genio y mucho de director tradicional Tim Burton en «Big Eyes» (USA, 2014) profundiza en la tormentosa relacion entre el matrimonio Kaen, Walter (Amy Adams) y Margaret (Christoph Waltz) demostrando su habilidad de narrador. Poniéndose en el lugar de Margaret y partiendo desde la primera huida de ella, cuando se separa de su primer marido, y conoce a Walter, Burton construye un relato tenso que avanza a fuerza de impacto para mostrar una complicada relación.

Este vínculo, que si bien en un principio se consensuó y decidió mantener en el anonimato a uno de ellos para vender cuadros, luego termino obligando a una de las partes a ocultarse ad infinitum para mantener un estándar de vida y un renombre. Walter fue el hacedor del éxito de Margaret, la incluyó en los circuitos de arte, pero utilizó su firma mostrándose como el realizador de unos cuadros, que no por virtuosos, sino por «originales», terminaron por venderse como pan caliente y lo colocaron en la cima del mundo pictórico.

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Burton profundiza en la enfermiza relación sin detenerse mucho más que en algunos trazos gruesos, a explicar las motivaciones de Walter y Margaret para seguir adelante con un engaño, consensuado, y luego desechado, que transformó un estilo particular a la categoría de arte. Porque en el fondo, en realidad, Burton quiere hablar sobre esto, sobre la irreversible mecanización y mercantilización del arte sobre el inexpugnable deseo de compra casi impulsiva de productos que se escapan a la definición de lo que es el arte.

Si tu intención hubiese sido la de crear un biopic sobre directamente la artista que construyó un nuevo universo estético, en realidad tendría que haberse detenido mucho en la psicología de la artista, a quien la muestra débil y pasiva. Por momentos Burton reposa más en las características del personaje de Waltz, un terrible déspota con un látigo manchado de colores y acrílicos, y avanza en el relato sin la magia a la que nos tiene acostumbrados, en una clara y poco lograda narrativa de opresión y castigo mucho más clásica y tradicional.

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«Big eyes» tiene algún que otro momento provocativo, de esos que nos gusta que Burton pueda lograr en la pantalla, pero terminan por licuar las expectativas de sus seguidores cuando avanza con la dinámica detrás de la tiránica teoría del amo y el esclavo. En este punto está más que claro que en algún momento la pintora se va a revelar, y que iba a querer que sus cuadros tengan su firma, y dejar de hacer caso al malvado castigador que la obliga a seguir produciendo, pero eso ya lo sabemos de antemano, pero nunca se esperaba que el relato fuera tan lineal y tradicional.

A destacar las actuaciones de Amy Adams y Chiristoph Waltz y una reconstrucción de época qué permite situar la historia en tiempo y forma, y no mucho más que eso.

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