«Elvis»: You ain’t nothin’ but a hound dog

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Después de casi diez años desde The Great Gatsby, regresa Baz Luhrmann con una historia que le permite desplegar su amor por los números musicales con un estilo estridente desde lo visual y narrativo. Para retratar ni más ni menos que a Elvis Presley el elegido fue Austin Butler, un actor que después de enamorar a Carrie Bradshaw en la serie The Carrie Diaries ha conseguido papeles con Jim Jarmusch y Quentin Tarantino (y será parte de la segunda parte de Dune, de Denis Villeneuve). Más allá de la lograda caracterización, Butler se entrega con soltura y confianza a un papel difícil y se destaca ante Tom Hanks, un actor reconocido y premiado que queda deslucido bajo capas de maquillaje y con un personaje que nunca logra desplegar matices interesantes.

Elvis no es ni pretende ser una simple biopic sobre la mítica estrella, por eso opta por una perspectiva cambiada, pero aun así recae en ciertos tópicos usuales de este subgénero. El protagonista es Tom Hanks como el Coronel Tom Parker, el hombre que algunos dicen que descubrió a Presley y otros tanto que lo estafó, que lo explotó y se hizo rico gracias a él. Luhrmann muestra poco de los inicios del músico para adentrarse más que nada en esa relación que comienza promisoria y se torna asfixiante mientras el estrellato asciende. La historia de Elvis siempre termina volviendo a la de Parker y es una decisión extraña que no termina de funcionar en el guion.

De Tom Parker poco se sabe pero él siempre se presenta como un hombre confiado y decidido. Desde el principio se anuncia que tiene problemas con el juego y el resto de la película lo muestra queriendo o necesitando ganar cada vez más dinero, así a veces forzando a Elvis a convertirse en un tipo de estrellita que no le sienta natural. Es incluso un pionero del marketing vendiendo merchandising de la popular estrella lo que demuestra que lo tiene como un negocio, un objeto a comercializar. Pero Elvis tiene carisma, tiene encanto y sobre todo tiene un sex appeal que despierta a una generación de mujeres acostumbradas a contener y reprimir el deseo sexual. Sus movimientos provocan suspiros y un montón de sensaciones que no pueden describir porque nunca antes la habían sentido. En este aspecto, Luhrmann logra retratar de manera precisa la fiebre que provoca el músico.

En cuanto a específicos personajes femeninos, como el de su madre o el de su mujer Priscilla, quedan reducidas a estereotipos, con poca o nula profundidad sobre quiénes y cómo eran. Desde el aspecto histórico entonces no aporta mucho más que un repaso biográfico que se puede encontrar sin mucha dificultad.

También el personaje de Tom Parker queda en un costado cuando el director prefiere lucirse con frenéticos números musicales y de a poco poner en escena el declive de Elvis a causa de varios motivos, como la muerte de su madre, la adicción a los medicamentos, una fama repentina para la que nadie está preparado, y el encierro que siente cuando su carrera se estanca en un solo lugar, un hotel de Las Vegas, sin poder salirse de esa agenda y dejando de lado a una esposa, a una hija y a las promesas de una carrera internacional. Sin embargo todo sucede rápido y de una manera espectacular, sin momentos de una intimidad real, lo que da la sensación a la película de ser un resumen muy largo, como un trailer que te cuenta toda la película pero sin la gracia de ésta.

El resultado es entonces desparejo y llamativo. No consigue aburrir pero tampoco asimilar nada: ni la muerte de esa madre a la que siempre se quiso complacer sin éxito, ni el matrimonio que fracasa, la hija de la que se va alejando cada vez más, la adicción a las drogas que apenas se percibe en ciertas escenas puntuales. Incluso su narrador, el representante, insinúa de manera textual que podría adicionar una mirada distinta a la imagen que se ha creado la gente de él pero la película no deja muchas dudas, no brinda muchas posibilidades diferentes y queda como el explotador que se conoce, con un perfil siempre manipulador.

Visualmente apabullante y con todos los hits de Presley (a veces saltando muy rápido de uno a otro), Luhrmann pone el ojo, el despliegue más que nada en el escenario y descuida los momentos que harían crecer mejor a sus personajes. En este duelo actoral Butler sale ganando porque no deja que la caracterización ni ciertas gesticulaciones se coman al personaje. Al contrario sucede con Hanks, quizás desacostumbrado a un personaje de intenciones oscuras y demasiado entorpecido por el maquillaje. Elvis resulta liviana y superficial a la hora de retratar a estas dos figuras contrapuestas.

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