«Petite Maman»: Lo que fuimos y lo que seremos

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Después del retraso con el que llegó a nuestras carteleras la aclamada y maravillosa Retrato de una mujer en llamas, Céline Sciamma regresa a las pantallas con una película más chiquita y mágica.

Es normal, como mujer, que al menos en algún momento de la vida observemos a nuestra madre y nos preguntemos no sólo cómo era ella cuando tenía nuestra edad sino si hubiésemos podido ser amigas, porque con la diferencia de edad y los roles asignados puede que a veces no sea fácil comprenderse mutuamente. Sciamma parte de esa premisa pequeña y así es como mantiene su historia. Con poco y de manera simple, sin que por eso estemos ante una película menor, al contrario.

Nelly es una niña a la que se le muere su abuela y acompaña a su madre a la casa de su infancia que pronto deberá ser vaciada. Pero esa madre, Nina, vive el duelo como puede y en un momento necesita irse y Nelly se queda con su padre, esperando. Saben que no es una huida definitiva, que es algo que la mujer necesita hacer o al menos lo único que puede hacer. Y en esos días de espera, Nelly sale a jugar al bosque y se encuentra con una niña de su edad y muy parecida a ella. Como en un cuento de hadas, sin apelar a situaciones lógicas y explicadas, Nelly se encuentra con recuerdos más contundentes de lo que esperaba de su madre y ambas pasan unos días como buenas amigas. Ese bosque se convierte en una especie de umbral que la traslada al mismo lugar pero a otro tiempo.

La película de Sciamma se mueve por este tono de realismo mágico, donde la protagonista no intenta entender cómo es posible esto sino que aprovecha para conocer a su madre desde otra perspectiva para, al fin y al cabo, descubrir que son más parecidas de lo que creía. Todo fluye con naturalidad y delicadeza aun en ese terreno extraño y familiar al mismo tiempo, incluso con la presencia de fantasmas.

Apostando por el minimalismo, pocos actores, pocas locaciones, breve duración (apenas supera la hora), Sciamma consigue plasmar una historia pequeña y tornarla mágica y conmovedora. Ayuda y mucho la interpretación de las dos niñas (Josephine y Gabrielle Sanz) que se conocen entre juegos y se mueven con toda la naturalidad que la película desprende. Además la película cuenta con una fotografía muy cuidada y a nivel técnico es muy prolija.

Más allá de ser una película de historia simple y pequeña, Sciamma empieza a moverse por un terreno que es nuevo en su filmografía y tiene que ver con una especie de realismo mágico, al mismo tiempo que plantea cuestiones femeninas que ya han aparecido a lo largo de su impresionante filmografía. Acá aparece con fuerza no sólo el tema de la maternidad como algo que se sale del color rosa con el que suelen pintarla, sino también el rol que tiene la hija.

Tierna y de esas que una siente que le hacen bien al alma, una historia sobre el encuentro entre generaciones de mujeres. Aunque empiece con una muerte no estamos ante una película triste, sino dulce aunque sí conmovedora, a la larga retrata una manera de lidiar el duelo desde la perspectiva de la niña y lo hace con la magia propia de un cuento de hadas. Sciamma sigue consolidándose como una talentosa y sensible realizadora a la que dan muchas ganas de seguir en todo lo que haga.

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