«Aballay»: Regreso del cine gaucho, con mayúsculas

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Cuando entré al cine a ver «Aballay», todavía no había leído las críticas de mis colegas. Sabía, por lo que recibía en twitter (y lo que recordaba haber leído cuando fue presentada en el Festival de Cine de Mar del Plata), que iba a ser uno de los estrenos nacionales más esperados del año, así que me predispuse a internarme en el universo telúrico que proponen Fernando Spiner y su gente con mucha curiosidad por ver que sucedía con un film de este tipo… Extraño para nuestra cartelera. Cuando volví de verla, fui directo a mi biblioteca para repasar mis notas en un libro de Ana Laura Lusnich, «El drama social folklórico», compendio que aborda las representaciones en el cine del mundo gauchesco entre 1933 y 1956. La idea era recordar aquellos grandes clásicos rurales y ver si «Aballay» estaba a la altura. Más tarde busqué «La guerra gaucha» en VHS y otras más, como «Pampa bárbara» y «Frontera Sur» y al volver a verlas, me di cuenta que si bien el trabajo de Spiner habla de otra época histórica que aquellos films legendarios, lo cierto es que la manera en que plantea el conflicto principal y lo plasma, es personal, poderosa y atrayente… Y si bien es imposible trazar un paralelismo por la época en que fueron filmadas, el tópico ayudó a vislumbrar la verdadera estatura de la cinta en cuestión

Un rato después, terminé de convencerme que si bien tiene algún exceso en cuanto al retrato paisajístico que hace del territorio que muestra (es largo y por más que sea bello, se vuelve innecesario), «Aballay» es una joyita del nuevo cine argentino. Salud.

Muchos colegas hablan de un «western gaucho», haciendo referencia a las relaciones que encuentran entre esta película y los grandes representantes del género (se me viene a la cabeza John Ford inmediatamente). Las tiene. Seguramente no son un guiño, sino forman parte de la ideología cinematográfica de su director, quien siento que homenajea desde nuestro Favio hasta el mítico Howard Hawks. Spiner rinde culto a sus influencias y las sintetiza en una equilibrada y cuidada producción, trayéndonos una realización de fuste, casi diría única en su género donde se funden el espíritu popular gauchesco argentino y el encuadre de un western clásico al estilo norteamericano.

Aballay  (Pablo Cedrón) es un cuatrero duro y de ley. Un día, luego de un sangriento asalto a una «diligencia» (perdón, un carruaje!), encuentra a un niño escondido debajo del asiento del coche. El y sus delincuentes han matado a su padre y al resto de quienes protegían el convoy, por lo que sería hasta lógico que hicieran lo propio con el pequeño. Pero al ver los ojos asustados y profundos del niño, el jefe de la banda comenzará a replantearse su vida. Esa mirada lo hará cambiar de vida, dejará los asaltos y los asesinatos y se aislará en la parte alta de los cerros, buscando penitencia por sus pecados. El creerá que aislado del mundo, podrá hacer otro tipo de vida. Durante un largo tiempo su pista y su nombre se perderán. Pasará a ser «El pobre».

Claro, su deseo se verá complicado en unos años, el hijo de aquel acaudalado hombre que mató, Julián (Nazareno Casero) volverá a los pagos a impartir la justicia que nunca tuvo: quiere asesinar a odos los miembros del grupo que asaltó aquel carruaje. «El muerto» (Claudio Rissi), segundo de Aballay y encumbrado líder del grupo de violentos vándalos ante su ida, será el objetivo principal de la revancha (recordemos que sigue asolando a las poblaciones de la zona), aunque la tarea se anticipa complicada. Julián es porteño, no conoce mucho del lugar y su sed de venganza le juega en contra. Encima se enamorará de  la bella Juana (Mariana Anghileri), quien es pretendida por el ahora número uno de la banda. Titánica tarea.

La historia transcurre en maravillosos paisajes de Tucumán y está filmada con un gran sentido estético. La trama está presentada con las palabras justas, ninguna sobra (ninguna falta) y el film despliega un importante recorrido por la religiosidad pagana de nuestros gauchos. Hay una jugada intencionalidad de ahondar en la cultura popular y mirarla con respeto que se agradece. La reconstrucción de época es prolija y las actuaciones son las que dan el salto de cualidad, destacandose el villano que juega Rissi, irónico , letal y sanguinario. Cedrón le pone el pecho a su forajido arrepentido y corporiza a un sujeto atravesado por fantasmas, atormentado y sereno a la vez cuyo misticismo se agradece como espectador: es un ser que busca redención y perdón y tendrá un duro peregrinar para terminar de saldar sus deudas.

Me gustaría hablarles más de «Aballay», pero creo que es imprescindible que la veas, si te gusta el cine bien hecho. Y más, en este caso, que presenta un relato de nuestra tierra, hablado en lenguaje local y con todo el calor de lo conocido. Excelente film, hasta hoy, lo del mejor del año para nuestra filmografía.

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