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«Birdman» (La Inesperada Virtud de la Ignorancia): toda estrella (venida a menos) tiene su contra

Tiempo de lectura: 5 minutos

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Es difícil supongo, ser original en el enfoque de una película tan debatida por la crítica mundial. «Birdman» es sujeto de discusión en todos los estratos de la industria.

Para muchos, es una cinta sin imaginación, que abusa de algunos tecnicismos (la cámara cenital y el plano secuencia con el que acompaña la acción, por ejemplo), rígida e incapaz de despegar de su espíritu «teatral». Eso, sin contar que no todos están de acuerdos con su cosecha en la temporada de premios de enero…

Se opina en algunos círculos que Alejandro González Iñárritu es un director sobrevaluado por sus colegas y que sin su guionista estrella, Guillermo Arriaga (peleados después de un duelo de cartel en la presentación de «Babel», hace tiempo, en Cannes), sus propuestas carecen del delicado equilibrio que él podía lograr con sus diálogos… No lo se. Realmente no me parece tampoco importante.  

Desconocer el talento del director de «Amores Perros» (una de las mejores películas lationamericana de los últimos 20 años) es, cuanto menos, temerario. Este tipo sabe de cine y cuando filma, da gusto verlo. Y si, con nuevos escritores, vienen ideas distintas. Aunque el mexicano conserve su intenso arsenal hay otro estilo aquí, neurótico y desenfrenado.

O sea…»Birdman» podrá gustarte o no, pero discutir su calidad cinematográfica es ir por el camino equivocado.

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Para los que no lo saben, Iñárritu se agenció un par de reconodios guionistas (Nicolás Giacobone y Armando Bo, argentinos!) y se lanzó a explorar el mundo del espectáculo y el ego de los actores a través de este nuevo proyecto.

La historia (que trae la emocionante reaparición de Michael Keaton en un papel que lo devuelve a los primeros planos después de años) es la de un actor que alguna vez fue famoso (Riggan Thomson) por interpretar a un superhéroe llamado «Birdman» y que intenta volver a los primeros planos sobre las tablas en Broadway, con una obra de Carver.  Hace tiempo que no goza del favor del público y eso se nota.

Pero además (y más importante), su ego le juega una dura competencia: nuestro protagonista sufre de un desorden psicológico que ha dado vida (fantaseada, por supuesto) al mismo Birdman en persona. Con él, discute diariamente los pormenores del accidentado montaje de su obra (él la produce además) y otros aspectos de su vida personal.

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Digamos que a su particular visión de las cosas (con esta dualidad inflamable), se le suman los problemas naturales de sostener la cohesión de su grupo de actores, dentro de los cuales se encuentran algunos secundarios lujosísimos (Naomi Watts y Edward Norton encabezan este grupo) y encauzar la complicada relación con su hija, Sam (Emma Stone), entre otras cuestiones, todas muy importantes y urgentes.

Iñárritu le imprime a la cinta un trato vertiginoso, desperdiga escenarios móviles y personajes nerviosos, irritados y eufóricos. Invita al espectador a sostener un ritmo de acompañamiento, casí físico diría, por los pasillos y camarines del teatro donde se prepara la obra. Discusiones económicas, de cartel, odios, amores y decepciones desfilan a ritmo veloz, mientras Riggan intenta sacar a flote su resurgimiento como actor de primera línea, a cualquier precio.

«Birdman» habla de los sinsabores del ocaso, la complejidad de trabajar con las emociones (el rol dramático) una vez que te volves popular y la lucha de egos que hay en el show business de cualquier actividad creativa.

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No, no es perfecta. Sí es intensa, adrenalínica y voraz. Hay en «Birdman» una preocupación por conmover, afectar y comprometer afectivamente a su audiencia como pocas veces en estos últimos tiempos. No se trata sólo de la vida de Riggan y su destino, sino de como se abordan y desarrollan las emociones que aquí convergen. Fracaso? Exito? Doble personalidad? Dolor? Angustia? Desarrollo personal? Muerte? Legado? Aparecen todas ellas y se juegan en cada línea, en cada cruce de escaleras o arriba del escenario.

Keaton hace, seguramente, el mejor papel de su carrera. Y los guionistas se llevan los laureles al entregarnos 119 minutos de feroz entretenimiento. Comedia y drama en partes iguales, no es un viaje para estómagos delicados, desde ya. Tampoco para melancólicos. Polémica y visceral, despareja y discutible (sobre todo por las escenas de ensoñación y el cierre post-climax), «Birdman» es un plato artificioso que rara vez se encuentra en el menú.

Así que ir por él. Está a un precio justo y su calidad está probada. Merecidas nominaciones a su elenco y equipo. Para alentar debates y discutir sus valores, hay que verla.

Anexo de crítica por Patricia Relats

“Birdman” fue el personaje que hizo a Riggan Thompson una estrella de Hollywood. Hizo la primera, la segunda y la tercera entrega, pero algo en él se rompió y ya no pudo firmar para la cuarta. Desde entonces es un actor en busca de su retorno al spotlight y por eso se decidió a adaptar una obra, dirigirla y actuarla en un teatro en Broadway (frente al tradicional Majestic donde aún se da el Fantasma de la Ópera) que alquiló con lo último que le quedaba puesto. Esta es la historia de esa posibilidad y lo que significa para él.

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Que Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos, Babel) haya elegido para el papel principal a Michael Keaton es probablemente uno de los guiños más atractivos de la premisa, ya que nuestro querido Batman ochentoso vuelve para interpretar una historia que perfectamente puede ser la de él.

Filmada con una cámara nerviosa, que muchas veces no puede mantenerse estática mientras los personajes están en ebullición, cuenta con una batería interesante de actores entre los que se destacan un enorme Edward Norton, Emma Stone y Naomi Watts. No puede dejarse de lado la música impecable que quiere irrumpir en escena cual si fuera parte de la historia, lo que le da un tono absurdo y teatral maravilloso.

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Aún así, no todo es rosa en este film. Hay muchos temas que no intenta explicar pero que resultan innecesarios, hay personajes que aparecen y desaparecen y delirios que se manifiestan de una forma relativamente débil como para los extremos a lo que lo quiere llevar.

Y es como si fuera dividida en dos: todo lo divertido y lo liviano se queda en la primera mitad y luego vamos en espiral hacia toda la basura humana que tanto le gusta al director para revolvernos ahí y encontrar lo más bajo que pueda presentar de una manera que al principio descoloca un poco. Si bien tiene un tono definido, este quiebre en los momentos del film genera ruido.

El resultado final es una buena película que tiene excelentes actuaciones. Si bien no es mi favorita de Alejandro, creo que tiene mucho de su mala leche (para hacer humor sobre personajes más te vale tenerla) y, aunque se hace un poco lenta, la verdad es que la disfruté, la encontré renovadora, un enfoque entretenido y una vuelta al candelero de actores que hace mucho perdí de vista.

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