«El kiosko» (review 2): una grieta moral

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Con un estilo marcadamente costumbrista, Pablo Gonzalo Pérez (que había sido el coprotagonista de la comedia “Mar del Plata” de Klajman & Dietsch) presenta su ópera prima “El Kiosco” de la que también es el guionista, a través de una historia sencilla que apunta directamente a los sentimientos y a nuestra esencia moral.

El protagonista es Mariano (Pablo Echarri), un hombre típicamente común entrado en los cuarenta y en plena crisis, muy poco conforme con su trabajo y que decide, ante la propuesta de un retiro voluntario dentro de la empresa, hacer un cambio en su vida.

Varias señales parecen indicarle que está en el momento ideal para hacer ese cambio que se plantea y finalmente, cuando se entera que el kiosco cerca de la casa de su padre, aquel kiosco de su infancia, se encuentra en venta, decide jugarse el todo por el todo y comprar el fondo de comercio del kiosco de Don Arriaga.

Invertirá no solamente la totalidad de su retiro voluntario sino también el producto de la venta de su auto e inclusive, algunos ahorros que tenían reservados para el pago de un par de cuotas de la hipoteca de su casa.

El entusiasmo inicial de ese lugar que remite a los recuerdos de su niñez, a la vuelta al barrio, a una proximidad con su padre, comenzará a generar cierta fricción en la pareja y sobre todo, en la mirada de su suegra que obviamente ve a ese emprendimiento como algo menor, algo que su hija no merece y que implica poner en riesgo toda la economía familiar.

Todo estalla cuando Mariano descubre que la venta del fondo de comercio fue un completo engaño, que Arriaga se desprendió de ese local mintiendo abiertamente en los motivos de su decisión y omitiendo decir que sabía la calle sobre la que está ubicado su kiosco será próximamente cerrada al tránsito para hacer un viaducto.

Tal como le ha pasado a tantos comerciantes ante la realización de obras municipales que van a favor del progreso de la ciudad pero que en muchos casos atentan y condenan a los emprendimientos más pequeños, Mariano no sabe qué hacer como para poder enfrentar la inminente crisis económica.

Este problema irá tiñendo la relación con su mujer, instalándose un mal clima familiar que va haciendo cada vez más compleja la situación.

Pablo Gonzalo Pérez va tejiendo una historia sencilla sin grandes pretensiones ni con intentos de “bajar línea” sino que poco a poco, y a pesar de algunas situaciones algo desajustadas dentro del guion –que se sostienen y se dejan pasar justamente por ese tono de comedia costumbrista que plantea la propia historia- “EL KIOSCO” va creciendo a medida que el personaje de Mariano se va enfrentando con sus diversos estados de ánimo, con su frustración, con el desengaño de la estafa y con el haberse jugado hasta sus últimos ahorros en ese emprendimiento.

Se podrá decir que “EL KIOSCO” se ve algo resentida por un tono demasiado televisivo en alguna de las situaciones y por personajes algo esquemáticos en su desarrollo que no le permiten demasiado crecimiento en las líneas secundarias del relato, pero indudablemente gana cuando apunta directo a los sentimientos.

Por debajo de una historia que se plantea en el contexto de crisis y de realidad política que la hace tan actual y tan vigente, esta historia con la que de alguna manera es sumamente sencillo identificarse y verse reflejado en alguna de las situaciones que atraviesan los personajes, se va tejiendo una trama donde lo más importante es el mensaje sobre los valores y el cómo enfrentar a los pequeños dilemas morales en lo cotidiano.

¿Seguimos firmes en nuestros ideales y los principios de cada uno o nos traicionamos sumándonos a la ley del “sálvese quien pueda”? ¿Educar a los hijos con el ejemplo o hacer la típica del “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”?

En estos pequeños debates éticos sin grandilocuencias, “EL KIOSCO” sorprende positivamente porque logra, sobre todo en su último tramo, dejar un mensaje contundente sobre el verdadero cambio que tendríamos que lograr a nivel sociedad para que de una vez por todas, las cosas empezaran a funcionar y apareciera un verdadero cambio de paradigma.

El film de Pablo Pérez se transforma de esta manera en una pequeña parábola de no darse por vencido, de no traicionarse y seguir firme en esa escala de valores que no debe alterarse bajo ninguna excusa ni ningún pretexto: poder mirar a los hijos a los ojos y saber que uno ha sido fiel a sí mismo, a pesar de las circunstancias y a pesar de lo que suceda en el alrededor.

Uno de los puntos fuerte de la ópera primea de Pérez es el protagónico absoluto de Pablo Echarri que vuelve a desplegar su mejor versión -después de la fallida “Happy Hour” estrenada recientemente-, y sabe articular los mecanismos para que ese tipo de barrio, conflictuado y en el medio de una gran encrucijada y una fuerte crisis personales, tome cuerpo y sobrelleve el peso del relato.

En roles secundarios Georgina Barbarossa, Roly Serrano y Mario Alarcón aportan sobradamente el oficio y carisma necesarios para completar este fresco barrial y familiar sobre el que se basa la película y Sandra Criolani (a quien habíamos visto en “No te olvides de mí”) en el papel de la esposa de Mariano es, sobre todo en el primer tramo, quien encuentra más dificultades para ponerle el cuerpo a su personaje.

Con ese tono de fábula urbana y apuntando directamente a los sentimientos “EL KIOSCO” es una agradable sorpresa que cierra con una vuelta de tuerca creativa e interesante, una historia donde se ponen los valores en primer plano y donde, a pesar de todo, reflexionamos sobre el valor de las segundas oportunidades. .

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