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«El Patrón, radiografía de un crimen»: Mala carne

Tiempo de lectura: 4 minutos

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¿Qué lleva a un hombre a cometer un crimen? ¿Cuáles son los laberintos de la culpa? ¿Cuál es el germen que hace que la carne su pudra?

Hermógenes sufre el peso de la condena social, pero no el de la condena al asesino, la condena por haber nacido donde nació, el de la estampilla indeleble que nos ponen a todos por nuestras condiciones, lo que nos marca sin que podamos decidirlo.

Basado en un libro periodístico/jurídico de Elías Neuman que siguió pasó a paso los hechos reales de un crimen cometido en 1983, el director y guionista Sebastián Schindel hace un formidable debut en la ficción luego de un paso firme que lo posicionó como uno de los mejores documentalistas de nuestro país («Rerum Novarum», «Mundo Alas», «El Rascacielos Latino», «German»).

Y es que, como su título lo adelanta, «El Patrón: Radiografía de un crimen», tiene mucho sino de documental, de verdad irrefutable, de cámara lúcida y consiente que retrata hechos fieles, por más que los nombres hayan sido cambiados, la acción sea en la actualidad, y algún detalle haya sido modificado en pos del relato.

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«El Patrón» es en apariencia, un film simple. Un acomodado abogado (el siempre efectivo Guillermo Pfening) que quiere acelerar una extradición, debe hacerle un favor a la secretaria del juez (Andrea Garrote) tomando el caso de un hombre que ha cometido un asesinato, que se declara culpable y pide su pena de muerte, y del cual el defensor oficial no se hace cargo. Mediante el recurso del flashback, veremos qué es lo que sucedió.

Hermógenes (impresionante Joaquín Furriel), un hachero, analfabeto, que llega de Santiago del Estero y es empleado como peón de carnicería, pronto es nombrado como encargado de uno de los locales de la cadena.

Así, comienza la relación con Latuada (Luis Ziembrowski, en esos villanos miméticos que le salen de taquito), el dueño de la carnicería que lo primero que hace al conocerlo es cambiarle el nombre porque el original es muy complicado, pasa a llamarlo Sebastián.

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Hay dos patas más de la mesa, Gladys (Mónica Lairana, enternecedora), esposa de Hermógenes que va a vivir en el local junto con él y será empleada como mucama por Latuada, y Armando (Germán Da Silva), el encargado de enseñarle el oficio, consejero, y fiel ciervo de su empleador.

El empleador sobreexige, maltrata, desprecia, reduce al peón no sólo a una suerte de esclavitud “encubierta”, sino a una humillación tanto intima como pública; Hermógenes es el chivo expiatorio cada vez que alguien viene  a quejarse del mal estado de la carne.

El hombre agacha la cabeza y trabaja, y traga, y como la carne se va cortando y se va abombando y deteriorando, lo mismo sucede con el hilo que llevan estos dos personajes, que poco a poco, en mínimos gestos, se va tensionando hasta lo imposible.

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Schindel toma el trabajo periodístico/judicial y con él logra un film enorme a partir de pequeños elementos. Cada personaje está ahí por algo, todos tienen su razón, su comienzo, y su objetivo.

Gladys, además de ser otro objeto de humillación, es la voz de la conciencia, ella expresa lo que Hermógenes calla pero muestra en su mirada. Armando es el personaje que quiere ser y no es, aquel en quien no se puede confiar porque sus intenciones pueden ser hasta más turbias que las de Latuada.

En las charlas entre Di Giovani (el abogado) y Hermógenes se pueden desprender miles de deducciones desde la nada, sin necesidad de artificios. Lo mismo sucede con los delicados trazos con que se pinta la relación entre Gladys y su esposo ¿Hasta dónde llega la sumisión? ¿Se termina con la muerte del opresor?

Tampoco es dejada de lado la denuncia, al sistema laboral, al orden judicial, y por supuesto a las técnicas de venta de carne (créanme que causa un gran impacto y no van a ver una carnicería con los mismos ojos después de este film).

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Con un gran trabajo sutil en la fotografía de Marcelo Iaccarino, logrados planos secuencia que hablan tanto como las palabras, y un montaje que decide no apurarse pero tampoco ralentizar más de lo necesario, manejando con solvencia los dos tiempos del relato; hay escenas que serán simplemente memorables (atención a los últimos veinte minutos).

Schindel logra también un correcto manejo en la dirección de actores, el timing es dinámico y ágil, y el nivel interpretativo está todo por encima de la media. Lairana, Pfening, Garrote, Da Silva y Ziembrowski, todos están destacados en sus roles, intercalando sus escenas con excelente solvencia y haciendo de sus personajes criaturas creíbles que despiertan emociones, de odio, comprensión o compasión.

Pero las palmas definitivas recaen en Joaquín Furriel, su Hermógenes es de esos personajes que marcan un antes y un después en la carrera de cualquier actor. Su personaje está en todas partes, en los gestos, la postura, la voz (tonada incluida), actitud, expresión, aspecto físico, todo. Una labor simplemente sublime.

«El Patrón, radiografía de un crimen» roza la perfección. Estamos ante un film de los que no se estrenan todas las semanas, una película que va con su verdad a cuestas y no necesita de manipular de por más al espectador para convencerlo de cada uno de sus postulados. Tampoco necesita ser grandilocuente para tener contundencia. Para todo aquel que la mire debería despertar una cierta conciencia en él; estamos ante más que un buen film, puede ser un gran suceso cinematográfico.

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