«El sexo de las madres»: crónica de un oscuro deseo

Tiempo de lectura: 3 minutos

El cine argentino suele tornar en determinadas oportunidades hacia el cine denuncia; el que plantea una polémica para instalar un debate y hacer llaga en la sociedad; este pareciera ser el rumbo de «El sexo de las madres», segundo largometraje de Alejandra Marino luego de la simpática Franzie.

Ana y Laura son dos amigas inseparables de la infancia que se criaron en u n pueblito perdido (y sin nombre para el espectador) en Tucumán. Las vueltas de la vida y algunas circunstancias escabrosas del pasado ayudaron a que ambas se separaran y rehicieran su vida por separado.

Laura (Roxana Blanco) es obstetra, se fue a Buenos Aires, tiene un hijo adolescente, Juan (Tahiel Arévalo); y guarda un oscuro secreto. Ana (Victoria Carreras), en cambio, se quedó en el pueblo, cuida un hotel que lo utiliza también como vivienda junto a su hija Roberta (Carolina Carreras, hija de Victoria, nieta de Enrique); y no está mejor que Laura, casi todo lo contrario, es una ex adicta recuperándose que convive, como puede, con los fantasmas de un hecho ocurrido hace tiempo.

Una noche, Laura recibe un llamado de ayuda de Ana, la situación es insostenible. Sin más, Laura regresa al lugar a reencontrarse con su amiga (a quien le quitaron la tenencia de otros dos hijos), y por supuesto también con el pasado. Mientras tanto, Juan y Roberta se conocen y le escapan a la pesadumbres general enamorándose.Como habrá notado el lector, «El sexo de las madres» hace mucha referencia al pasado, a un secreto, a algo que no se puede contar… y sin embargo, es algo obvio. Está relacionado con una violación, un asesinato, y un aborto… y al decir esto no estoy adelantando nada que no se sepa a los pocos minutos.

Marino intenta esbozar un alegato en contra de la violencia de género, desde varios matices, y como su mirada es femenina (algo similar al de otro estreno de la semana ¿Y ahora adónde vamos?) también se defienden las represalias que las mujeres pueden tomar, más allá del cargo de conciencia posterior.

Si bien en un primer momento uno podría esperar que el argumento, y el tono, viraran hacia el suspenso casi policial; el lugar más cómodo termina hallándolo en el drama. Ana y Laura dialogan, miran al horizonte y desquitan sus penas; Ana y Roberta también dialogan y la primera se enrostra a sí misma no haber podido ser una buena madre. De este modo, la acción oscila entre diálogos extensísimos ( y bastante retóricos) sobre la maternidad (forzada y/o pretendida), la debilidad de la mujer frente al sexo masculino, el amor por descubrir, las marcas que dejan los hechos violentos en las mujeres cuando todavía son niñas, y temas más directos cuando directamente se plantea el aborto clandestino; y otros momentos de silencio eterno, contemplativo, reflexivo… que funcionan como nexos entre charla y charla.

Blanco y Victoria Carreras cumplen sus roles con solvencia, y sobre todo sorprende la segunda en un rol que daba para cierta exageración, y que la ex adolescente insufrible de Sálvese quien pueda, encuadra en un tono medido. No se puede decir lo mismo de su hija que en un plan de contrastarla con el parco Tahiel Arévalo cumple un papel netamente irritante.

Marino sabe aprovechar muy bien las locaciones en las que filma, y hace de la tranquilidad y extraña belleza de las sierras tucumanas otro personaje, las filma como admirándoles, pero sin caer en lo turístico. Son estas escenas “paisajísticas” las que, a veces, salvan al film de su algo agobiante clima.

La intención de Marino, que también se encarga del guión, es la de hablar francamente de temas tabúes, y hacerlo sin tapujos; y en parte el objetivo está logrado, y otras veces pareciera ser simplemente un institucional. No obstante a eso, la película se sigue con interés, y tiene logros interesantes en la construcción de escenas densas matizadas con otras reflexivas; y no olvidar la dirección de actores que parece ser el punto fuerte de la directora.

Con todo, El sexo de las madres es un film con altibajos, interesante, bien filmado y actuado, que intenta plantear determinados debates, pero le va mejor cuando se deja llevar por la historia y no insiste en mantener ocultos los secretos del pasado.

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