«La cola»: Ponerse en la fila no es poca cosa

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La idea sobre la que gira esta opera prima de Enrique Liporace y Ezequiel C. Inzaghi es cuanto menos original. Entré a sala seducido por la idea que había leído en las gacetillas y la buena impresión que me dejó el trailer, debo reconocer. El abordaje de la problemática de la falta de inserción laboral, el oficio local de ser «colero» y el multiestelar elenco, alentaban a esperar lo mejor. En líneas generales, creo que «La cola», es un trabajo desparejo, posee algunos señalamientos interesantes, ciertas sólidas actuaciones aunque el guión no alcanza la profundidad deseada para darle vuelo a la cinta.

Félix Cayetano (Awada) es un tipo que nació un 7 de agosto, fiel devoto de San Cayetano. Su actividad es trabajar por ocupar un lugar en filas. Eso. Nada menos. Nada más. La cuestión es que Félix cree que su actividad (y la de sus compañeros) necesita reconocimiento sindical, así que brega por armar un gremio de «coleros». A él se lo tiene bien conceptuado, así que está convencido de que puede llevar adelante el desafío. Además, tiene una hija (Lucrecia Otero) que supuestamente vive en Francia y a la que quiere visitar, haciendo maravillas con el poco dinero que gana… Que dicho sea de paso ni le alcanza para pagar el alquiler del lugar donde vive pero como seduce a la dueña del lugar (Ana María Picchio), logra ir zafando e ilusionandose con dicha imagen.

Dónde anda Yanina (Otero) es una incógnita… o no. Por ahí está cerca, haciendo algo para trascender…

Veremos entonces la lucha de Félix por sacar adelante su vida, mientras unos extraños sueños lo acosan, que mejor, no interpretar…o sí. Ustedes sabrán.

Algo más, en la última parte aparece Antonio Gasalla haciendo de religioso, en un divertido papel que le pone color a un relato que ya a esa altura, necesita un fuerte golpe de timón para cerrar bien. Hay dosis generosas de humor grotesco, mucha crítica social y una metáfora que se ve clara, de esta Argentina que vivimos (y sufrimos) todos, hoy en día.


Siento que la película parte de buenos supuestos pero su concreción no alcanza los niveles de la ideas que la sustentan. Las actuaciones son aceptables (aunque el registro de algunos personajes parece un poco estridente), aunque sí hay que destacar el enorme esfuerzo de Awada para sacar adelante su protagónico, por momentos cargándose la película al hombro, literalmente.

El crédito está abierto, quizás en el próximo trabajo de esta dupla, podamos ver todo su potencial. Por lo pronto, «La cola» cumple en transitar un camino que nuestro cine conoce de sobra: el costumbrismo, en este caso teñido de denuncia y reflexión social, desde la visión de los excluídos para quienes las oportunidades, no suelen estar, precisamente, a la vuelta de la esquna.

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