«Las malas intenciones»: Canción para mi muerte

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¿Cuál es la frecuencia con la que podemos disfrutar en nuestro país de una película de nacionalidad peruana? Ya este sólo dato amerita aunque sea una visión curiosa de Las malas intenciones, debut en la dirección de Rosario García Montero, también autora del guión. Pasada esa curiosidad, descubrimos que además estamos frente a un pequeño gran film, toda una sorpresa.

Hay algo que está caracterizando a la mayoría del cine latinoamericano (incluyendo Argentina) de los últimos tiempos, una revisión de su historia reciente de manera crítica pero escapando a lo panfletario; muchas de ellas en cinematografía nacientes como en este caso.

Resumiendo un guión con muchos ángulos, la visión recae en Cayetana (Fátima Buntinx) una niña de ocho años, de clase algo acomodada, a comienzos de los años ochenta. Oscura e inteligente como es (hace recordar a la pequeña de El encanto del erizo, otro gran film con puntos en común con este) ve su entorno convulsionado de un modo entre áspero y aniñado. La poca alegría que se vislumbra en ella cae estrepitosamente cuando su madre (de inminente divorcio y con nueva pareja) regresa de un viaje con una noticia, está embarazada. La reacción de la niña será clara y directa, se encierra en su dormitorio y dicta un anuncio a modo de presagio, profecía, el día que su hermano nazca será el día de su muerte. Contar más sería innecesario y quitaría algo de sorpresa; solamente agregar que el entorno social e histórico tendrá mucho que ver en el relato, la presencia del grupo Sendero Luminoso está ahí.

    

En esta co-producción entre Perú, Argentina y Alemania, García Moreno construye un juego minucioso en donde todo parece importar. No hace falta decir que Las malas intenciones no es un film de acciones rápidas, acelerado; tiene sus tiempos propios, y el espectador debería saber si los podrá apreciar de ante mano.

También pareciera necesario poder observarla con algo de conocimiento previo sobre la historia más importante de Perú, o por lo menos de Latinoamérica; ese conocimiento previo hará que determinados momentos que parecen confusos (como algunas “alucinaciones”) se comprendan mejor. La directora expone su “idea” de esos años a través de la mirada entre inocente y perturbadora de una niña conflictuada, decisión inteligente; la película intenta abrir un debate desde el pasado (con un reconstrucción lograda), y lo logra.

      

Si se entra en su mecánica se podrá ver que estamos ante un funcionamiento exacto, preciso, construido de a paso. La estética pareciera simple, austera, y sin embargo fuerte y con matices. Lo mismo sucede en la dirección actoral bien marcada.

Fátima Buntinx se lleva todos los aplausos con un protagonismo que nada tiene que envidiarle a actores de más edad y más experimentados; el resto del elenco acompaña y apoya muy bien.

La película ofrece un clima extraño, oscuro, como siempre a punto de estallar, y esa incomodidad lograda en el espectador también es un logro. Hay momentos en los que el argumento se estanca, se traba, y pareciera no tener más qué contar; momentos en fin pequeños.

Como lo aclare, Las malas intenciones no es un film para un público general, puede tener muchísimos detractores que le encontrarán varias fallas, especialmente en el ritmo sino se acostumbran a él. Por el contrario, quienes gusten de un momento pausado, de reflexiones, y así mismo de fuertes mensajes y grandes analogías, encontrarán una pequeña joya, una visión histórica más que interesante, por supuesto, con consecuencias directas en el presente, la invitación está hecha.

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