«Lymelife» (Aprender a vivir): Familias disfuncionales viviendo el «sueño americano»

Tiempo de lectura: 4 minutos

«Lymelife» hace referencia al nombre de una enfermedad. Es transmitida por las garrapatas y su característica saliente, es que se presenta generando diferentes síndromes que hacen que su marca no se pueda determinar con exactitud. Digamos que el virus actúa como un camaleón, va mutando en distintas áreas (por ejemplo genera cansancio, daño neurológico y cardíaco) y a veces es difícil encontrar alguien que lo diagnostique acertadamente. Si bien con antibióticos puede ser tratada con éxito, lo cierto es que la idea de Derek Martini (director y guionista junto a su hermano Steven) apuntaba a comparar los síntomas difusos que las familias y sujetos de cierta comunidad manifiestan y que hacen difícil operar sobre ellos al estar tan disfrazado. Digamos que la disfuncionalidad de ciertas conductas están ocultas por un manto que las asemeja a devenires habituales, pero si no se instala el ojo crítico sobre ellas, pasan desapercibidas hasta que es demasiado tarde.

Lo mismo sucede con «Lymelife». Es una gran película. Pero tiende a no ser valorada en su justa medida, por el tono y la temática que presenta. Con un presupuesto pequeño pero apadrinado por Martin Scorcese, Martini debutaba en las grandes ligas en aquel lejano 2008 (el film fue estrenado en agosto de ese año en Canadá) con un drama familiar muy interesante. Si bien no está a la altura de «American Beauty» de Sam Mendes, film ideal para comparar por su tópico, lo cierto es que para haber sido un inicio de carrera, fue auspicioso. El tema de ámbas es cómo sobrevivir al «sueño americano», cuando éste, en la práctica y por el contexto histórico, demuestra ser sólo un paradigma inexacto que nunca termina de ser abordado desde suficientes aristas hasta desarmarlo por completo, hincando el diente en su jugosa veta.

 

El realizador, aquí intenta mostrar dos familias con serios problemas vinculares en relación con sus modos de vida y perspectiva del mundo. Por un lado tenemos a Scott (Rory Culkin en una actuación sólida y convincente), un chico de 15 años que tiene serios problemas para comunicarse. Diría mi abuela, algunos caramelos le faltan en el frasco. No es sólo que es tímido, sino que su actitud inmadura esconde ciertas dificultades que nadie parece ver a pesar de lo presente que están en la vida familiar. Su mamá, Brenda (Jil Henessey) ve que algo no anda bien y tiende a sobreprotegerlo, pero su papá, Mickey (Alec Baldwin, genial como siempre) casi no le presta atención. Está dedicado a amasar dinero, es constructor y vende terrenos en la zona de Long Island, Nueva Jersey. Estamos (dato importante) a fines de los 70. La masa laboral vive una dualidad a la hora de buscar casa: por las condiciones económicas, debe alejarse de las grandes ciudades y vivir en los suburbios para ser propietaria, pero eso no es nada sencilo: las operaciones inmobiliarias se hacían sobre lotes sin infraestructura, con lo cual el estar en el mercado impulsando la tendencia en aquel recorte histórico era garantizar una entrada importante que marcaría un ascenso social rápido y seguro.

 

De más está decir que como familia se llevan mal. Encima tienen otro hijo, militar, Jimmy (Kieran Culkin, con Rory, hermanos en la vida real) que hace un culto a la violencia incitado por la hombría de su padre. Mickey no cree en la fidelidad marital y tiene una relación paralela con una empleada, Melisa (Cinthia Nixon) cabeza económica de los Bragg, vecinos en el barrio. Su marido, Charlie (Timothy Hutton) es quien se presenta como el emergente (el enfermo) de la trama familiar: se resiste a conseguir trabajo, anda todo el tiempo armado con un rifle de alto poder y pasa gran cantidad de horas en el sótano. Su hobby es cazar ciervos, faenarlos y guardarlos en un amplio freezer. No alcanza a ver que su universo está mal y que su aislamiento de sus seres queridos se agrava minuto a minuto. Su hija, la bella Adrianna (Emma Roberts), comienza a relacionarse con Scott, aunque no de la manera tradicional.

Todos tienen muchos conflictos y demonios interiores que desplegar en este compleja trama y el no sentirse bien en el lugar donde cada uno está (satisfecho, digamos), sumado a la frustración personal que muchos de ellos deben atravesar, va generando un caldo espeso que levanta la temperatura de la sala, como si fuera una olla a punto de hervir. Hay pocas locaciones y los diálogos sostienen un andamiaje acorde a la gravedad de los conflictos que se juegan en cada familia.

«Lymelife» tiene fuerza y está bien condimentada, es un suculento plato familiar para quienes lo prefieren intensos y con matices, tiene actuaciones sobresalientes  y logra instalarse en la preferencia del espectador, con armas absolutamente nobles: cuenta una historia que reflexiona sobre los valores imperantes de construcción parental y relacional en un momento particular de la vida del Gran País del Norte. Lo contextual juega mucho en la trama y aunque hay alguna gaffe de peso (que Jimmy se vaya a la guerra de las «Falklands», por ejemplo, siendo él parte del ejército americano cuando el conflicto armado haya tenido lugar en 1982 es grave), lo rescatable es la sana intención de discutir dialécticamente sobre creencias y mitos de forma de ver cómo un grupo de individuos en crisis lo resuelven.  En definitiva, es lo que director y equipo sienten sobre la ruptura y el fracaso del «American dream». Los tiempos han cambiado y esta cinta logra mirar para atrás con acierto.

Se que está en DVD extendido en las salas de cine arte, aunque quizás la copia que trajo el Cine Monumental sea de 35 mm. No estoy seguro de que haya llegado en fílmico… Nos hubiese gustado que llegase en un formato acorde a sus valores artísticos, pero no la dejen pasar, si tienen preferencias por el género dramático, «Lymelife» es una sólida propuesta en este difícl momento para el público adulto que es vacaciones de invierno (la cartelera está poblada de películas para chicos y es difícil ver algo que escape a esa realidad), tenerla en cuenta.

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