«Midnight in Paris»: vuelve la magia

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Mientras promediaba la proyección de «Midnight in Paris», hacía un mapa mental de los últimos trabajos de Woody en estos diez años. Todos, excepto «Match point», muy flojos. A ver, alguno de ellos superior a la media, pero del genio que hizo «Manhattan» uno siempre espera producciones de alto vuelo. Ya con «Whatever works», perdí las esperanzas de ver alguna idea nueva  y estaba convencido de que ya no había nada más que ver de él. Duro no? Si, pero llegó Cannes (este año, hace unos meses), las noticias alentadoras de que Allen había frotado la lámpara y… Bueno, fui a confirmar si el milagro se había producido.

Y así fue. Woody Allen rodó uno de sus mejores trabajos de los últimos tiempos. Si bien siento que «Midnight in Paris» se nutre del espíritu y varias de las concepciones ya mostradas en «The purple rose of Cairo» (innegable influencia para la construcción de este universo paralelo), lo cierto es que construye una fábula en tono fantástico que sorprende por su sencillez y contundencia. Sabemos que este prolífico cineasta (47 títulos) hace rato que filma lo que tiene ganas, de hecho, la secuencia de apertura con esos largos minutos de postales parisinas sin diálogo a otro quizás no se la perdonaríamos y en él la subrayamos como «un homenaje a la Ciudad Luz». Allen está enamorado de Paris (no tanto así de Londres y Barcelona, a las cuales deja bien paradas cuando filmó en ellas en este último tiempo pero a las que no le dedica una apertura tan fotográfica) y todos los personajes ilustres que desfilan en esta película, (anclados en aquellos luminosos años 20′ y que han recorrido las angostas calles de París), han sido influencia vital para su prodigiosa manera de narrar. Aquí, todos ellos tendrán su espacio y lo llenarán con textos que definen rasgos únicos de sus personalidades, de manera que desde la butaca, por momentos, uno no puede evitar emocionarse ante semejante muestrario de talento. Cada escena donde escritores, pintores, cantantes y musas se relacionan con el protagonista, Gil (Owen Wilson), se vive desde la platea con asombro y goce: nuevamente, como hace tanto tiempo, Woody toca nuestra fibra íntima, se mete debajo de nuestra piel y nos regala un cuento maravilloso que reflexiona sobre la superficialidad del mundo actual, de las clases acomodadas y su pérdida de lo importante y rinde homenaje a una época en la que todos quisiéramos vivir.

Wilson es Gil, un guionista californiano que está de vacaciones en París con su novia, Inez (Rachel McAdams). Ellos están de visita en la ciudad acompañando a los padres de la mujer, quienes vinieron para una fusión empresarial. En el momento en que conocemos los primeros esbozos que pintan a Gil, sabemos que el director eligió construir un ser querible, plástico, impresionable y cálido para llevar adelante la historia: este escritor está en crisis. Tiene una novela de 400 páginas que parece no interesarle a nadie y quiere dejar los guiones livianos que sólo lo ayudan a facturar para volverse un literato serio. De más está decir que no puedo no ver a Woody aquí!!! Si en todas sus películas el protagonista tiene muchos de sus rasgos personales, no pude evitar relacionar esto mismo con la etapa actual de su carrera…, ¿No serán todas los guiones de los últimos años basura hecha para ganar dinero? (perdón cinéfilos, no pude evitar decirlo!) Pero volvamos a Gil, en esa necesidad de redireccionar su carrera, no encontrará eco en su medio. A nadie le interesa que él deje de hacer lo que hace, aunque sea mediocre. Inez lo menosprecia y trata de encasillarlo y limitarlo todo el tiempo, hábilmente poniendo en palabras lo que el realizador siente, la sociedad quiere que hagas dinero y te vuelvas exitoso y no que intentes ser quien realmente sos, respetando tus condiciones y aspiraciones profesionales. Planteado así, una noche que el personaje principal no quiere participar de otra velada con su aburrida novia, se perderá, alcoholizado, por las calles de París para terminar en una plaza, donde un auto misterioso se detendrá y cambiará su vida.

 

Ese auto es un vehículo hacia los años 20′. Aquella increíble época donde en esa ciudad habitaban talentos como Cole Porter, Josephine Baker, Gertrude Stein,Scott y Zelda Fitzgerald, Pablo Picasso, Ernest Hemingway y otros se abrirá a los pies de Gil. Atravesando una barrera temporal que exactamente se presenta de la misma manera cada día (a la medianoche y con un auto como puerta de entrada), este universo modificará la vida de nuestro frustrado escritor para siempre. Owen, de quien nunca espero nada bueno (debo reconocer), sorprende al público poniendose en la piel de Allen (recordemos este rasgo, es imposible despegar al director del protagonista cuando este último siempre es su alter ego en sus films) pero dotandolo de una llegada mayor. El es el puente de muchas ideas que encuentran una vida facilitadora hacia la audiencia. Su empatía se enriquece con las líneas que trae y ese aire de niño sorprendido que vive fascinado por lo que le toca vivir, nos gana desde la primera noche en que se sube al auto para modificar su destino para siempre. El resto del elenco cumple, pero no me imagino «Midnight in Paris» sin Owen. Lejos, el mejor trabajo de su carrera.

No quiero describir las situaciones que él vivirá junto a semejante grupo, ya que Gil transitará la noche parisina con sus nuevos y talentosos amigos y debo decirles que los divertidos episodios que se darán, si bien muchos son previsibles, son absolutamente encantadores. Claro, la realidad de estar en contacto con gente talentosa que modificó la historia, hará que la readaptación a la vida corriente, burguesa y vulgar del día, empiece a ser detestada y con razón. Como le pasa a Allen, o a vos o a mí, nadie quisiera volver a la vida ordinaria cuando está compartiendo momentos tan intensos con seres que han marcado época por su legado literario o artístico. El relato es bastante lineal pero en él, el guión transita lo ya conocido (todas las neurosis de Allen junto a sus preconceptos sobre el mundo), aunque genera ese guiño cómplice que tenía «The purple rose…» en el que abrazamos la fantasía y la hacemos propia, sin dejarla ir.  En definitiva, esto es cine y se trata de ensoñación, así que no sólo está permitido, sino que debe ser así.

No puedo seguir contando más porque tienen que verla. Si les gusta Woody, si no… Es una fábula urbana simple pero entretenida y original. No es de los puntos más altos de su carrera, pero es un saludable retorno a la buenos trabajos de este particular cineasta neoyorkino. Absolutamente recomendable.

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