«Moacir»: Soñando por cantar (y porqué no, bailar también)

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Lo bueno de a veces no leer gacetillas de prensa es que entrás a la sala dispuesto a la aventura. Si el director hizo una gran película, su acierto fue doble, porque te agarra desapercibido (sin estar contaminado previamente de conceptos de otras visiones) y perdura en el tiempo ese efecto placentero que es, haber disfrutado de una buena propuesta. Es así, no se cuáles son los mecanismos psicológicos que operan, pero por eso, será debo decir que «Moacir» me gustó mucho y salí de la sala satisfecho por haber tenido la suerte de conocer semejante personaje…

«Moacir» es un documental pero… no siento que encuadre exactamente en esa categoría. En cierta manera, hay una intervención del director para llevar, sutilmente, a su personaje principal a un recorrido que no es lineal, pero tampoco se escapa mucho de lo programado. Tomás Lipgot, el director, elige somo tema, una excusa: la invitación a un músico brasileño de avanzada edad para grabar un disco. No es cualquier hombre, desde ya. Moacir Dos Santos vive en la Argentina desde hace muchos años, pero su condición es casi la de un marginal: fue desocupado al llegar de su patria (Brasil) -sufrió penurias económicas en ámbos países-, se enfermó y terminó en el Borda. Pasó mucho tiempo allí y logró el alta. Eso, sumado a una pensión, le permitieron cobrar confianza para enfrentar esta etapa de su vida.

Lipgot ya nos lo había presentado en su largo sobre pacientes en rehabilitación, «Fortalezas» (del 2010). Ahí, Moacir era uno de los casos en que el director había puesto su mirada, impresionado de su historia de vida. En esta oportunidad, van juntos a concretar un sueño: Dos Santos tiene cierto talento musical (canta y baila) y eso impulsa al cineasta a pensar un encuadre particular para esta grabación. Convoca a Sergio Pángaro para que asesore musicalmente al carismático carioca y filma, relajadamente, el recorrido que hace Moacir desde la génesis del proyecto hasta su concreción final.

Ustedes se preguntarán… vale la pena seguir ese recorrido?

Totalmente. Si bien a veces Lipgot deja que ciertas escenas de monólogos de su hombre sean demasiado extensas y algunas, demasiado prefabricadas, (la irrupción sobre la banda de músicos brasileños en la que el protagonista descolla, por ejemplo, la visita a su ex psicóloga, etc), lo cierto es que la personalidad de Moacir sostiene cualquier película. Es un tipo cálido, limitado pero profundamente comunicativo. Representa cabalmente el espíritu de la gente de su tierra: tiene humor, candidez y no se omnubila ante sus limitaciones, busca superarse, siempre. Y eso se siente desde la butaca. Encima, el tipo lleva el ritmo en la sangre.

La historia, como dijimos es un recorte temporal que se cierra con la concreción del disco. Ahí, en el cierre, el film termina con un clip que emociona, absolutamente imperdible.

No hay que olvidarse que todos tenemos sueños, y verlos concretados en un semejante, siempre moviliza. Bien por «Moacir», un documental que brilla con luz propia.

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