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«On the Road»(En el camino): Muevan sus pies para saber que están vivos

Tiempo de lectura: 5 minutos

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En el camino es una novela icónica. Claro que lo es: es la pieza cumbre de la cultura beat y de todas esa búsqueda que hasta el día de hoy nos llama tanto la atención que queremos contagiarnos. Pero nuestra generación nada tiene que ver con ese hambre de identidad propia y es por eso que a la mitad, nos distanciamos de nuevo.

Jack Keroac es el verdadero Sal, que recorrió todas esas rutas de Estados Unidos manifestando que en realidad él no tiene nada que destaque, más allá de que le atrae esta gente loca, con hambre de vivir. Ama con hambre, baila con hambre, habla con hambre. Es una existencia que lo devora todo para no quedarse fuera de nada. Frente a este panorama, que Walter Salles se haga cargo de este proyecto parecía lo ideal.

Ya ha sido él quien nos llevó por los Diarios de Motocicletas y su maravillosa fotografía y la pérdida de la inocencia de Estación Central y toda su magia. Para esta película era necesario un casting joven por lo que se pedía de los papeles pero me hubiera gustado que fueran nombres que sonaran menos para que no estuviéramos marcados por “el chico de Tron”, “la de Crepúsculo”, “La de Spiderman”. Aún así ha tenido algunos aciertos.

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Kristen Dunst como Camille le da ese aura de clase y distancia que tiene que tener el papel que nunca termina de encajar del todo con la historia. La excesiva Marylou está tal vez un poco encorsetada en Stewart, pero por momentos logra ser ese ser pasional (tal vez la mejor escena sea cuando baila con Dean) pero mi favorito ha sido Garreth como Dean. Ha logrado tener ese carisma y esa desesperación en comerse el mundo.

Puede ser quien se roba la pantalla por momentos y por otros puede parecer un chico desesperado por amor, por atención, por sentir que no pasa desapercibido por esta vida. Pero a estos jóvenes se unen los actores consagrados que no pueden quedarse afuera de esta historia. Memorable Viggo Mortensen como el viejo Lee, Amy Adams como siempre impecable en breve papel, Terrence Howard hace vibrar al jazz por unos minutos, Steve Buscemi impacta por sus segundos y parece eso: que todos estuvimos esperando tanto tiempo por esta adaptación que no pudimos elegir una sola parte. Lo queremos todo porque también tenemos hambre de esta historia.

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Si bien creo que es una adaptación ambiciosa, donde los capítulos de gente que conocen terminan superponiéndose a otros y uno llega un punto en el que les pierde el rastro, creo que más allá de definir al gran Dean intenta ser el testimonio de una era. Tengo que hacer una mención aparte de la maravillosa fotografía porque la película es bella a más no poder. Creo que fue un proyecto con buenas intenciones, pero que no llega a ser lo que la historia pedía.

Creo que hace concesiones donde no debe hacerlas y que suma personajes sólo porque José se encariñó con los personajes. Me parece que una adaptación es más que la ilustración del libro pero también es complejo meterse en una adaptación semejante. Los que salimos satisfechos con esta película no es porque la adaptación sea buena o porque el verdadero espíritu de la historia esté presente.

Los que salimos satisfechos es porque nos damos cuenta de la valentía que requirió hacer esto en su momento (no tenemos que olvidarnos que somos una generación que se quiere parecer a nuestros padres. No estamos haciendo nada por cambiar el mundo. Ni cerca) y que nosotros estamos más cerca de no arrancar nunca que de haber conocido la ruta. Nunca seremos Dean, pero por dos horas podemos jugar a sentirnos como él. Se termina la proyección y volvemos a pagar las cuentas y a trabajar de 10 a 18.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Con gran atino y vertiginosidad en la cámara, Walter Salles logra capturar el espíritu de la generación beatnik, que impactó en los años cincuenta del siglo pasado, en su ambiciosa adaptación para la pantalla grande de “En el Camino”(Brasil, Francia, UK,USA, 2012) de Jack Kerouac.

La película narra el viaje iniciático del escritor Sal (Sam Riley), quien luego de la muerte de su padre acepta atravesar los EE.UU junto a Dean Moriarty (Garet Hedlund), un joven amante de la vida al límite y los excesos. Junto a ellos también viajará Marylou (Kristen Stewart que intenta despegarse con su desprejuiciada interpretación de la saga teen “Crepúsculo”), mujer de Dean, una desinhibida y exploradora del mundo y los placeres que rápidamente se convertirá en el objeto de deseo en silencio de Sal. La ruta es el escenario ideal para que este trío conozca a gente y “tendencias” que rápidamente incorporarán a sus propias vidas.

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Sal (personaje que representa al propio Kerouac) se deja llevar por la irresponsabilidad de Dean (“soy capaz de hacer todo al mismo tiempo”, dice en un momento) pero nunca pierde el objetivo de su vida que es escribir. Así, cualquier hoja que cae en sus manos terminará convirtiéndose en aquel espacio para que nada se escape de la travesía y todo quede registrado para cuando en el futuro decida armar el diario de viaje. El estado de ebullición de esta generación que comenzó a incorporar culturas y ritmos musicales provenientes de otros sectores sociales (como el jazz o el mambo, solo para citar algunos) es destacada por Salles en las caras de asombro cuando por ejemplo el grupo de amigos del trío habla con algún escritor o cuando ingresan a un club nocturno a bailar el clásico “Salt Peanuts”.

Hacer el amor al lado de los hijos, trabajar en una plantación de algodón para poder continuar con la vida libre en el camino, hacer dedo, ser pequeños ante la inmensidad del paisaje y la desolación de la ruta, experimentar con peyote en México, enfermarse casi hasta la muerte y disfrutarlo, todo esto y mucho más pasa por la pantalla.

Pero el trío no está solo, lo acompañan un grupo de personajes secundarios que se irán sumando y complicando la trama para bien o para mal (Viggo Mortensen, Kirsten Dunst, Amy Adams, Alice Braga, Elisabeth Moss, etc.) desnudando el Estados Unidos profundo y mostrando sus miserias y particularidades. Independientemente que se puede objetar algún exceso en la caracterización de los protagonistas (Sal muy ingenuo hasta que Dean lo inicia en TODO lo que lo pueda iniciar, por ejemplo) el espíritu de la novela està intacto en estos nómadas sin destino deslumbrados por “la pureza del camino y la línea blanca que se aferra” entre ellos, tal como dice Sal en algún momento.

La película atrapa por su trabajo sobre la disrupción de la linealidad del relato apoyándose en la B.S.O. creada por su asiduo colaborador Gustavo Santaolalla. Esto también hace que muchas de las secuencias tengan mucho más peso por el impacto musical. Película esencial para comprender una generación que evitó comprar el American Way of Life y los WASP y que afirmó que “que no hay un tesoro al final del arco iris, solo mierda y pis”. “En el camino” se destaca por la pasión y las buenas interpretaciones.

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