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«Pistas para volver a casa»: dos para la aventura

Tiempo de lectura: 5 minutos

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En su segundo opus como directora y primero “en soledad”, Jazmin Stuart vuelve a insistir sobre los vínculos familiares, y de algún modo parentales; aunque el tono general es decididamente diferente al de la ácida y oscura Desmadre.

En «Pistas para volver a casa», si bien se conserva una mirada ácida sobre ciertas cuestiones (sobre todo en la personalidad de sus protagonistas), el tono termina siendo el de la levedad, del matiz que suaviza todo sin que esto signifique falta de profundidad.

Clásica road movie de aprendizaje, Dina y Pascual (Érica Rivas y Juan Minujín) son dos hermanos no relacionados más que por el vínculo de sangre. No se visitan, no tienen rastros uno de otro, y llevan vidas bien separadas, diferentes aunque con características comunes; ambos a su modo, son patéticos.

Pascual está separado y desempleado, tiene dos hijos, y lo más cercano que tiene a un contacto con el otro es la relación carnal/sexual con su vecina a cambio del oficio de niñera.

Dina, devota religiosa, trabaja en una lavandería pero su aspecto físico es antagónico con ese trabajo.

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Por supuesto que no habría película si no existiese una razón que haga que estos dos seres tengan que unirse circunstancialmente. El padre de ambos (Hugo Arana) ha decidido ir a visitar a su ex esposa que los abandonó cuando los hijos eran chicos. En el medio tiene un accidente y queda hospitalizado.

Así se sucede el primer encuentro; pero eso no es todo, el hombre les comenta de un dinero de apuestas que escondió en el bosque pero no sabe dónde ¿y a que no saben quién parece que sí sabe dónde está el dinero? Mamá.

Esto es el puntapié inicial para que los dos hermanos se unan y desanden el camino familiar visitando a los progenitores, pero no porque quieran recomponer los vínculos, porque quieren el dinero, o por lo menos en la capa superficial.

Este film, también escrito por Stuart tiene la particularidad de destacar más por lo que no es. Dada su premisa básica, perfectamente teníamos la base para un melodrama de moco tendido, para una historia aleccionadora sobre la famiglia unita, para el cúmulo de clichés y lugares comunes de los antagónicos; y no, «Pistas…» elude todo esto categóricamente.

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Hablamos de una comedia, asentada en los pilares del road movie (viaje iniciático, personajes polarizados, vehículo destartalado, intenciones encubiertas) y tratamiento de comedia casi pasatista. Los diálogos son chispeantes y el acierto está en los personajes.

Érica Rivas nos vuelva a sorprender (y van…), un personaje que pareciera delineado especialmente para ella, una mujer irritada, encolerizada, podía interpretarlo sin esfuerzo como las mujeres que usualmente le piden que haga (el estigma de Casados con hijos), y no, su Dina es diferente, tiene rabia pero la expresa de otra manera, todo lo canaliza por lo religioso.

A Juan Minujin le tocó en suerte un personaje con mucha miseria, difícil de digerir, y lo saca a cuestas. De todos modos, en los contrapuntos entre ambos estará el jugo de la película.

Un poco como «Dos Hermanos» de Burman, un poco como la maravillosa «Road Juli», un poco como «Una historia sencilla»; Stuart invita al espectador a vivir una simpática aventura en la búsqueda del tesoro, sea este cual fuera, más tangible o más metafórico, y en ese viaje nos entrega un producto sumamente entretenido.

Anexo de crítica por Rolando Gallego

 En su segundo largometraje, Jazmín Stuart logra consolidarse como directora con la entretenida «Pistas para volver a casa» (Argentina, 2014), un filme que hace de la anécdota una historia sólida y que apoya su fuerza en la interpretación de su dúo protagónico Érica Rivas y Juan Minujin.

Ambos interpretaran a Dina y Pascualino, dos hermanos que acuden inmediatamente a un llamado de un hospital de un pequeño pueblo del interior del país en donde su padre (Hugo Arana) está internado y «desorientado» luego de sufrir un accidente.

Dina es una mujer que trabaja en un lavadero y es devota religiosa y refleja en su aspecto la tristeza con la que convive a diario. Por otro lado Pascual es un hombre que carga en sus hombros la difícil tarea de criar solo a dos niños y hace malabarismos con el poco dinero que llega a sus manos.

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Arriba de un destartalado Renault 12 break llegarán para ver el estado de su progenitor y de a poco, en el viaje y durante la estadía en el hospital, los hermanos recordarán situaciones del pasado, principalmente relacionadas con su madre (Beatriz Spelzini), quien los abandono de pequeños, y se sorprenderán al escuchar a su padre hablar de ésta y de cómo la ha encontrado en la actualidad.

Sin saber si esto es cierto, y sumado a que una importante suma de dinero fue enterrada en un bosque cercano (siempre según su padre), Dina y Pascual deciden tratar de verificar si las dos historias son reales.

La película deambula con solvencia entre dos géneros, la comedia y el policial, pero también hay algo de road movie y de drama, y mixtura todo con una serie de recursos que avalan el desarrollo temporal de la historia y el cambio de estilo y tempo.

Si esos hermanos estaban alejados y de a poco se dan cuenta que en realidad se tienen el uno para el otro y siempre fue así, el relato avanza con esta revelación mientras se confiesan sus deseos y anhelos profundos, como así también la frustración de un presente hasta ese viaje tan oscuro y predecible como sus rutinas y status social se los permite.

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Porque los hermanos en soledad superaron la partida de la madre como pudieron, cumplieron algunos mandatos y hasta repitieron la historia de sus padres (al Pascual la mujer lo abandonó con dos hijos), y por eso este viaje será tan importante para descubrir, descubrirse y brindarse al otro sin prejuicios.

Stuart deposita en los personajes la absoluta confianza para que hilvanen los acontecimientos y además les da el lugar para que vayan realizando una suerte de catarsis en la que no solo los hermanos se re descubrirán como tales, sino que también, desde las carencias que cada uno presenta, se podrán volver a ver como hijos, algo que hace mucho tiempo no les sucedía.

La anécdota de encontrar el tesoro escondido es la excusa para que la multiplicidad de las historias se propaguen y en el camino de seguir las pistas, en ese juego casi infantil, hay detrás algo mucho más importante, poder recuperar la familia como centro de la historia personal, algo que los protagonistas habían perdido y que se erige como lo más importante para la película.

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