«Potiche» (Mujeres al poder): florero francés en clave despareja

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Francois Ozon es un cineasta francés bastante resistido por la crítica. Es decir, todos le reconocemos mucha capacidad para cierto tipo de cine (la comedia liviana con toques sociales o thrillers donde las mujeres están en el centro de la escena), pero lo cierto es que algunos trabajos (en especial «Ricky», que a mi me gustó pero a la gran comunidad cinéfila no) terminan siendo anodinos o sin la fuerza necesaria para generar conmoción en el espectador. Lo cierto es que su gusto va desde el drama más fuerte, «Tiempo de vivir» por ejemplo, hasta los films de intriga corales como  «Ocho mujeres». Y en todos sus resultados son variables. Lo cierto es que en su país es muy querido por los artistas pero la relación con la prensa no es de la mejor. Ahora nos llega a las salas «Potiche», que en francés significa «jarrón», del tipo de decoración, término habitual en el país galo para definir a ciertas mujeres que cumplen una función fija en su hogar, sin ningún relieve y que están, pero que no sirven para nada (o si, son «mujeres objeto»). Ya el nombre anticipa lo que vendrá: una película levemente divertida que vira hacia la reflexión social y el problema de la lucha de géneros, desde una óptica serena y amena, que se deja ver sin mayores pretenciones.

«Mujeres al poder» es la historia de Suzanne (Catherine Deneueve, bella y magnética aún a su edad). Corren los últimos años de la década del 70 y está casada con Robert Pujol (Fabrice Luccini), cabeza de una fábrica de paraguas, empresa familiar que lleva adelante y que fue creada por el parde de su esposa. Ella pasa una vida tranquila y apacible. Es el «florero» de una elegante casa y está prácticamente sola todo el tiempo, sus hijos están grandes, hacen su vida y su marido dirige la empresa. Siempre está afuera y como ya suponemos, la engaña con su secretaria y no la tiene en cuenta para ninguna decisión importante. Pero a pesar de poder llevar la fábrica donde quiere, Robert tiene problemas con los líderes sindicales que quieren mejoras sociales en su lugar de trabajo. El, déspota y tirano, se niega a toda negociación hasta que los obreros terminan secuestrándolo. Luego de un incidente grave como este, su salud se deteriora y el médico le recomienda dejar el trabajo. Es entonces cuando Suzanne, por descarte (los hijos se niegan a aceptar), toma la dirección de la empresa. Un ex amante suyo, (de una breve historia hace mucho tiempo), Maurice Babin (Gerard Depardieu, cada día más voluminoso, tanto que temo por su salud) es diputado por la izquierda y se ofrece de nexo entre ella y los delegados sindicales. Juntos, verán de sacar a la empresa adelante y encauzar la situación en un marco distinto (la lucha de mercados naciente para su producto) al de su creación.

La película está basada, así como otras de Ozon, en una obra de teatro. Y se nota, por el ritmo y la manera en que se van jugando las situaciones, no hubo intención de modificar el espíritu de la misma, ya que los cambios no parecen significativos (el libro original es de Pierre Barillet y Jean Pierre Gredy, quienes curiosamente son responsables de la versión original -francesa- de «Just go with it», estreno de hace dos semanas en cartelera) y sólo se buscó aprovechar el carisma de los protagonistas y que jueguen a partir de su química sus líneas para montar la escena y volverla creíble.

En sí, y con el cariño que uno tiene por el cine francés, siempre es interesante ver a dos monstruos como Denueve y Depardieu. Son dos actores con décadas de experiencia y dan cátedra con cualquier rol que elijan, dado el peso de su talento y la versatilidad que tienen. En esta oportunidad, da toda la impresión de que el elenco se ensambló apoyándose en ellos, lo cual hizo que los secundarios se soltaran y dieran lo mejor para acompañar la atmósfera en que se da el relato en cuestión. El problema es que el corazón del film, está basado en dos cuestiones importantes. Por un lado, se instala en la necesidad de entender el reclamo social de los obreros, fuertemente influenciados por las ideas de ese momento histórico (la patronal está caracterizada como el enemigo y desarmar ese preconcepto cuesta y la película lo pincela sólo levemente) y por el otro plantea el rol de las mujeres «florero», que en apariencia están en un rol pasivo y sometidas por el hombre hasta que cierto día, la oportunidad de salir e intentar algo nuevo puebla de ideas nuevas a quien no se tenía en cuenta hasta este momento y le ofrece un renacimiento, donde las mujeres, tomarán indefectiblemente el poder…

El relato es simpático, está bien contado y es agradable de ver. Pero no conmueve y de no tener el cast que tiene, seguramente no convocaría mucho interés del público. Pero nadie que le guste el cine francés dejará de ver «Potiche» viendo los pesos pesados que hay en el elenco. Y Ozon se aprovecha de eso, dejandolos fluir, encuadrando con oficio y subrayando lo mínimo, de manera que lo que él piensa, sea visible desde una óptica curiosa y no sea estridente o recargado. Me inclino a pensar que no es uno de sus mejores trabajos, pero es de obligada visión para quienes siguen a estos próceres del cine galo y para quienes buscan un film liviano para pasar el rato, si el cine europeo es lo suyo. 

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